El vuelo del cernícalo Capítulo 13DE SUEñOS ROTOS Y ANHELOS #4
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Capítulo 13DE SUEñOS ROTOS Y ANHELOS #4

—La mente juega con nosotros para que nos creamos nuestras propias mentiras.

Yo lo hice con Enrique. Cada vez que recibía un golpe, llegaba a pensar que era porque me lo merecía —se sinceró abatida—.

Tú estabas viviendo una bonita historia de amor y no querías que tus malos recuerdos te la manchasen.

—Tú nunca fuiste un mal recuerdo —le aclaró.

—Ya sabes lo que quiero decir.

En ese momento, el teléfono comenzó a sonar y ambos se sobresaltaron.

Antes de levantarse y dirigirse hacia el salón, Diana lo miró con cierta resignación.

No deseaba que la conversación terminara allí ni que sus brazos dejaran de arroparla.

En los últimos años se había sentido tan sola, tan alejada de una realidad que amenazaba con destruirla, que jamás creyó que el regreso de Yeray le devolviera la luz a su vida y que también trajera consigo la oscuridad.

—Tengo que responder —se excusó—. Estoy esperando la llamada del notario para que se haga efectivo el testamento de mi padre.

—¿Y no te llama al móvil? —le preguntó Yeray mientras la dejaba levantarse.

—Probablemente me habrá llamado un par de veces, pero lo he dejado en el dormitorio cargando. No esperaba que me entretuvieras tanto —le dijo esbozando una tímida sonrisa.

Yeray dudó entre esperarla sentado en el comedor o seguirla hasta el salón, ya que, al fin y al cabo, solo una puerta corredera mantenía separadas ambas habitaciones.

Finalmente, se decantó por darle la intimidad que necesitaba y aguardar como un caballero a su regreso mientras reflexionaba sobre cómo abordar el tema de Idaira sin terminar enzarzados en una nueva discusión.

De alguna manera que todavía no tenía pensada, quería formar parte de la vida de la adolescente, pese a que imaginaba que esta no estaría en absoluto de acuerdo.

De pronto, escuchó que Diana alzaba la voz nerviosa:

—¡¿Qué quieres de mí?!

Se giró en la silla y observó su figura inquieta y asustada aferrarse al auricular.

No se lo pensó dos veces y, antes de que ella le hiciera un gesto con la mano para evitar que se acercara, la alcanzó después de varias zancadas.

Luego, con los brazos en jarra, arrugó la frente a la espera de una explicación que Diana se negaba a darle.

—¡He hecho todo tal y como me pediste! —le gritó al supuesto notario—. No eres tú. No eres tú... —Histérica, soltó el teléfono, y el cable cayó tan rápido que terminó estampando el auricular contra el suelo.

Yeray lo recogió con premura y se lo llevó a la oreja para descubrir quién la había agitado de esa manera, pero un pitido agudo impidió que lograra identificar al autor de la llamada.

Lo apartó de él, y cuando quiso acercarlo de nuevo para interrogar al causante del malestar de Diana, ya no había nadie al aparato.

—¿Quién era? —le preguntó desconcertado.

—Es evidente que querían gastarme una broma —le respondió sin querer darle muchas explicaciones—. Me he puesto muy nerviosa y he perdido los papeles. Ya está. No puedo permitir que se burlen de mí.

—Ya, pero ¿quién? —insistió.

—No lo sé —le respondió, todavía afectada—. Me ha dicho que era... mi padre.

—¿Mateo? —Yeray abrió los ojos de par en par y desvió la mirada hacia el teléfono, incrédulo.

Diana quiso restarle importancia a ese dato tan significativo y comenzó a narrarle lo sucedido con tal rapidez que le indicaba que continuaba con los nervios a flor de piel:

—Es evidente que no era él. Farfullaba, y no he entendido la mitad de lo que ha dicho.

Había un ruido infernal de fondo. Ha insistido en que tenía que dejar la casa y largarme de aquí antes de que fuera tarde.

¡Ese no era mi padre! —Negó con la cabeza repetidas veces autoconvenciéndose de que el fantasma de Mateo no la había llamado—.

Mi padre me hizo prometerle tres días antes de morir que jamás la dejaría, así que nunca me pediría algo así.

Y ese... —prosiguió señalando con el dedo índice el teléfono— quería que me fuera.

Yeray observaba el aparato con suspicacia y a la vez con intriga.

No era la primera vez que alguien se identificaba como Mateo en una llamada telefónica, aunque el bromista sabía que el viejo había fallecido y nadie lo tomaría en serio.

No obstante, sí que había conseguido asustar a Diana, quien continuaba temblando de arriba abajo mientras se esforzaba en impedir que las lágrimas volvieran a desfilar rabiosas por su rostro.

La estrechó contra su cuerpo y permitió que su corazón encontrara un respiro entre sus brazos.

—Llegaremos al fondo de esto —le prometió al tiempo que ahogaba un pequeño suspiro antes de que cobrase vida en su boca.

El hombre pájaro no pensaba detenerse. Continuaba con sus bromas sin importarle que hubieran causado dos muertes en el Valle, y tal vez la desaparición de los turistas alemanes, aunque Yeray no contaba con la pieza que lo relacionara con ello.

Pero estaba cansado de no ser considerado siquiera un peón en su juego macabro, y ya era hora de que saltara al tablero por sorpresa y acorralara al hombre pájaro.