Capítulo 13DE SUEñOS ROTOS Y ANHELOS #3
—Soy yo el que tiene que sentirse una mierda.
De hecho, me siento así —se sinceró, abriendo su corazón marcado por tantas cicatrices—.
Soy el último mono que se entera de esto y...
Lo siento mucho. Siento todo por lo que has pasado.
Pero creo que tendrías que haberme contado la verdad. El otro día hasta me reí de ello.
—¿Qué verdad?, ¿la que tú me ocultaste? —Diana arrugó el rostro, todavía más enfadada—.
Estabas con otra y te acostaste conmigo.
Sí, no pongas esa cara de idiota. No soy tonta.
Lo supe las Navidades siguientes, cuando no regresaste y ni siquiera respondiste a mi mensaje de felicitación. Había otra mujer.
Él inspiró aire y quiso soltarlo con la misma rapidez con la que lo había tomado, pero no pudo. Se quedó dentro quemándole los pulmones, y ardían demasiado rápido para no soltarlo por la boca.
—No era yo mismo... Esa noche estaba borracho. Tenía un cacao en la cabeza...
—¿Esa es tu excusa? —lo interrumpió de nuevo—. Me prometiste que volverías todos los veranos, las Navidades y todos los puentes que hicieran falta para verme.
—Lo sé —admitió con torpeza.
Entonces apreció cómo sus ojos se nublaban y se llenaban de una tristeza que jamás habría querido contemplar en ella.
Diana desvió la mirada hacia la pared del fondo y quiso evitar que las primeras lágrimas regaran sus mejillas, ya deshechas.
—Pero tampoco te despediste de mí en condiciones el verano anterior.
—Apretó los dientes para no dejar escapar un pequeño gemido.
No podía permitírselo; no delante de él—.
Estuve esperándote esa noche junto a la ventana y no apareciste, como me habías prometido.
Te largaste sin más a Madrid cuando ya habíamos encontrado un piso en La Laguna para empezar los dos la universidad allí.
Ni siquiera me dijiste que ya no te interesaba estudiar Física, solo que te había caído una gran oportunidad del cielo y no podías desaprovecharla. Y yo no pude decirte nada. ¡Nada!
—Lo sé.
—Me dejaste tirada la primera vez, y cuando regresaste al verano siguiente, pensé que lo habías hecho por mí, que me echabas de menos tanto como lo hacía yo —le confesó, dejando que un hipido la hiciera temblar de arriba abajo—. Y volviste a desaparecer sin darme una explicación.
—Lo sé.
—¡Deja de decir que lo sabes, porque no sabes nada!
—Se llevó una mano a la frente, pues creyó que una fiebre repentina estaba haciéndola tiritar.
No se encontraba bien. Nada bien—. Me hiciste mucho daño, muchísimo.
Tendría que haberle hecho caso a mi hermano y haberme alejado de ti, pero ya era demasiado tarde.
Y luego... —Se tragó la última frase y lo miró creyendo tener delante al joven del que ella se enamoró, valiente y soñador.
—Vale, no digas nada más. —Quiso rodearla con sus brazos.
Se aproximó a ella con cuidado, pero Diana se apartó—.
Me he comportado como un cabrón contigo y no encuentro la manera correcta de decirte que lo siento sin cagarla más.
Pero nunca he sido ningún ogro. Y podrías habérmelo contado, haberme llamado por teléfono y...
—No pudo continuar hablando. Las frases se le atascaban en la garganta y temía soltar una que le hiciera más daño.
Diana le mostró una sonrisa fingida y luego se encogió de hombros.
—No son temas que se traten por teléfono.
—Si me lo hubieras pedido, habría venido.
—¿Seguro?
Lo puso a prueba con esa simple pregunta, y Yeray supo que no iba a estar a la altura para darle una respuesta que la consolara. Entrelazó las manos en la nuca y presionó los ojos con tanta fuerza que pensó que le sangrarían.
—No puedo viajar en el tiempo y deshacer todo lo que hice mal, pero ahora estoy aquí para lo que me necesites.
—Con la mano en el pecho, la miró a los ojos, y con sus siguientes palabras, quiso regalarle toda la sinceridad que le había faltado cuando decidió marcharse lejos—: Lo del otro día, para mí, no fue un simple revolcón.
No quiero que pienses eso... Sigo sintiendo algo por ti; aunque no lo creas, aunque yo mismo tenga que digerirlo porque no me encuentro preparado para dejar entrar a alguien en mi vida otra vez.
Pero estos sentimientos están aquí. Existen.
Ella le dio la espalda porque no quería apreciar un atisbo de luz en su mirada. Eso le daría esperanza, y hacía mucho tiempo que esa palabra había dejado de tener significado en su cabeza.
—Puede que para ti fuera algo más, pero para mí no. Fue como volver al pasado y sentirme esa chiquilla que tú utilizabas cada vez que lo necesitabas.
Yeray entrecerró los ojos al intuir el puñal atravesándole el pecho y hurgando en él con saña.
Ese golpe fatal lo había dejado quebrado, sin ganas de levantarse y seguir luchando.
Sus labios temblaron y sus piernas se tambalearon hasta el punto de dejar de escuchar los latidos de su corazón otra vez.
Sonaban distantes, alejados de toda opción para apelar a su sentido común, para rogarle que le diera una oportunidad y que así, de nuevo, lo contemplase como el chico que la amó con locura, y que volvería a hacerlo si ella se lo permitía, porque nunca la miró como una más.
Jamás. Ella fue su baluarte cuando más lo necesitó, el timón de su barco en mitad de la tormenta, su guerrera más leal y su amante más sincera.
—Eso no es verdad. Nunca te utilicé. Yo te quería. Habría hecho lo inimaginable por ti —le confesó herido.
—¿Y por qué te fuiste?
—Tú lo sabes. Aquí me ahogaba. La historia de Dailos me dejó tocado y necesitaba escapar de mi casa.
—Teníamos planes para irnos a Tenerife. —Diana le hablaba con lágrimas en los ojos; unas lágrimas que no permitió que rodaran por su rostro porque el orgullo le pesaba más que el dolor—. ¿Por qué no continuaste con ellos y te viniste conmigo? Habrías escapado igualmente de tu tormento.
Yeray bajó la cabeza y observó las manchas de sus zapatillas. Todavía tenían restos de barro después de esa tormenta repentina. No las había limpiado bien, y al tomar una bocanada de aire, cayó en la cuenta de lo ridículo de ese pensamiento ahora que trataba de recuperar la confianza de Diana.
—No tengo respuesta para todo —dijo por fin—. Estaba confundido, desesperado, y apareció un primo segundo de mi madre brindándome una oportunidad que no esperaba. Tenía varios primos allí y... Por fin, los astros se conjugaban para regalarme algo.
—Tú nunca has creído en el destino —le dijo sin rabia, sin un maldito reproche que le hizo pensar a Yeray que todavía existía esperanza para los dos.
—Yo no, pero tú sí. —La sujetó de las manos con determinación, y Diana creyó que se desmoronaría allí mismo—. Y estoy seguro de que tú tampoco habrías desperdiciado una oportunidad como esa.
Ella sacudió la cabeza con levedad. No quería concederle la tregua que tanto ansiaba, pero estaba exhausta y no deseaba continuar luchando.
—No sé qué es lo que habría hecho. No lo sé. —Se sentó en una de las sillas del comedor y hundió el rostro entre sus manos.
Yeray le acarició los cabellos con una ternura en la que se mezclaban el amor y la compasión.
No quería que sufriera, no quería contemplar su rostro enrojecido, y menos por su culpa.
Ya había tenido que lidiar con un marido maltratador, escapar de sus garras como había podido e iniciar una nueva vida en el Valle.
Se prometió a sí mismo que no le ocasionaría más angustia ni más dolor.
Arrastró una de las sillas a su lado y se dejó caer, afligido y derrotado.
Entonces la atrajo hacia él y permitió que esas lágrimas contenidas cayeran sobre su camiseta.
Permanecieron así unos minutos, en los que sintió que el remordimiento lo devoraba por dentro muy despacio para que fuera consciente de la agonía que Diana había soportado.
Había sido tan egoísta aquel verano, tan cruel, que le llevaría toda la vida subsanar todos sus errores, y tal vez no lo lograría del todo.
—¿Dónde está Idaira? —le susurró antes de besarle la frente.
—No lo sé. Se ha ido a primera hora de la mañana con su novio. Está tan cabreada conmigo que no me habla desde que regresó de la ermita.
—Entonces, ¿lo sabe? —le preguntó, temiendo su respuesta.
—Sabe sumar dos más dos. —Se sorbió la nariz y se secó las lágrimas con el dorso de la mano—. Aunque tú le aseguraste que era imposible que fueras su padre. Lo leyó en tu cara.
Yeray bajó el mentón, convencido de que se había comportado como un idiota al tratar de demostrarle a la joven que nada tenía que ver con su paternidad.
Ni él mismo pudo medir las consecuencias de sus cálculos erróneos ni de su memoria traicionera que le había hecho recordar todo un verano cargado de fatalidades.
—No me di cuenta hasta ayer, mientras hablaba con ella —admitió avergonzado—.
No sé cómo había olvidado ese verano. Lo tenía mezclado con imágenes del anterior.
Habría asegurado que fui a esa fiesta en la playa antes de irme por primera vez a Madrid, y por lo tanto, para mí, esa noche en tu dormitorio fue nuestra despedida. Una despedida bonita y mágica.
Diana soltó una risa amarga.