El vuelo del cernícalo Capítulo 13DE SUEñOS ROTOS Y ANHELOS #2
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Capítulo 13DE SUEñOS ROTOS Y ANHELOS #2

—Ya lo sé, hijo. No soy idiota. —Extrajo un palillo del bolsillo de su camisa y se lo acercó a la boca.

Después, comenzó a moverlo de un lado a otro a la vez que soltaba algún resoplido—.

Esto nos lleva a pensar que tu hombre pájaro no trabaja solo.

Tiene cómplices. He intentado hablar con uno de esos idiotas que llevan el tricornio en la cabeza.

Les he contado lo de mi denuncia, lo de la foto de ese loco y que puede que esté relacionado con esto.

—¿Y qué te han dicho?

—Que los deje trabajar, que esto no es cosa de aficionados. —Martín refunfuñó y soltó algunas palabras malsonantes en voz baja.

—¡Machangos!

Su padre se alegró al escuchar cómo esa palabra canaria estallaba de los labios de su hijo con desprecio y sonrió, manteniendo el palillo prensado entre los dientes.

—Eso mismo he pensado yo.

Continuó con el rostro repleto de satisfacción hasta que presionó los labios para reprimir una mueca de dolor. Después, comenzó a masajearse el codo con la mano. Tenía una rojez del tamaño de una moneda de dos euros.

—¿Qué tienes ahí? —le preguntó.

—Nada importante. Me he debido de dar un golpe cuando trabajaba en la finca. Gajes del oficio —afirmó simulando una risita.

Yeray negó con la cabeza al recordar todos los percances que había sufrido en las plataneras y miró al frente, frunciendo el entrecejo.

—¿Dónde están Airam y Olivia? —Preocupado, comenzó a tratar de localizarlos con la mirada.

—Haciendo algunas fotos. Ya les he dicho que no se alejen demasiado. Buscan huellas que no sean humanas en la arena.

El viejo soltó una carcajada sincera, aunque no le gustaba que Airam fantasease con sus teorías absurdas.

Apreciaba el hecho de que Olivia lo acompañara en sus aventuras y esperaba que la niña supiera cuándo decirle que ese no era el mejor camino que seguir, o al menos avisarlo por si la cosa se desmadraba.

Miró a su hijo de soslayo y contuvo una sonrisa de orgullo.

Por fin estaban compartiendo una historia, pese a que fuera una que no tenía ni pies ni cabeza.

—¡A saber cuántos mirones se habrán acercado a las barcas antes de que llegara la policía! No creo que encuentren una pista fiable en las huellas —aseguró Yeray, imitando a un auténtico detective.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —Martín continuaba confuso y eso lo angustiaba. Siempre había sabido cómo manejar cualquier asunto, pero aquel le ponía la piel de gallina.

—Si ellos no pueden defender lo nuestro, lo haremos nosotros. Podríamos hacer grupos de vigilancia nocturna y turnarnos hasta que demos con el hombre pájaro.

—No todos se creen esa historia —le subrayó el viejo.

—Con una docena de personas nos basta. —Yeray ya estaba ideando un plan en su cabeza. Las patrullas nocturnas amedrantarían al acosador y con un poco de suerte podrían atraparlo con las manos en la masa.

Observó cómo la marea alta se introducía en la arena y borraba la infinidad de pisadas matutinas que se aglomeraban alrededor de las barcas.

Algunas olas comenzaban a salpicarlas para suplicarles que regresaran a la mar, pero estas continuaban inmóviles, mudas, sin arrojar luz al extraño suceso que las había convertido en las protagonistas de ese día.

—¿Sabes si antes de llegar nosotros había marcas de arrastre? Tuvieron que empujarlas una vez que las sacaron del agua. —Yeray miró de reojo a su padre, quien no paraba de jugar con el palillo.

—No lo sé —le respondió el viejo—. Pero estoy pensando que dos personas me parecen pocas para llevar a cabo esta tarea, y tampoco creo que lo haya hecho una panda de mocosos —se atrevió a señalar.

Yeray emitió un silbido de sorpresa.

—Pues si tus sospechas van dirigidas a una organización criminal, ya son palabras mayores. Además, ¿qué sacarían ellos apilando las barcas de los pescadores?

Martín se encogió de hombros, se sacó el palillo de la boca y volvió a guardárselo en el bolsillo.

—¿No fuiste tú el que me habló de una estafa inmobiliaria? —le recordó muy serio.

—Puedo entender que coaccionen a unos cuantos agricultores para vender, pero el mar no tiene propiedad. Eso no tiene sentido.

—Pero las barcas sí. Quizá no quisieran que los pescadores salieran hoy a faenar —continuó argumentando—.

Sin pesca, no hay ingresos. Y sin ingresos, no se pueden pagar las facturas.

Y por el revuelo que han causado, no creo que puedan salir a la mar en varias semanas.

Algunas no tienen grandes desperfectos, pero sí diversos daños a tener en cuenta.

Yeray entornó los ojos y se preguntó qué clase de mafia querría arruinarles el negocio tanto a los agricultores como a los pescadores.

Valle Gran Rey estaba creciendo. Los turistas que visitaban la isla aumentaban cada año, pero existían normativas en el municipio que regulaban la construcción masiva de hoteles, ya que trataban de preservar el entorno natural y garantizar la sostenibilidad.

Entonces, ¿qué pretendían estos especuladores?

¿Y para qué iban a contratar a un chalado para que les hiciera el trabajo sucio?

De regreso a casa, estuvo dándole vueltas al asunto mientras Olivia y Airam se felicitaban por las fotografías hechas con el móvil.

Su hermano había preferido sentarse esta vez en la parte de atrás para charlar mejor con la pequeña y hablar de sus averiguaciones.

Ellos continuaban con la teoría de que un platillo volante había ejercido una fuerza succionadora con las barcas y que luego las había soltado en la arena con mucho cuidado, aunque tampoco lograban comprender para qué.

—Seguro que es un código para que lo descifremos —le oyó decir a Airam.

Sin embargo, él estaba librando tantas batallas en su cabeza que ninguna le permitía pensar con claridad.

Y, al llegar a El Retamal, le pidió a su padre que lo dejara cerca de la casa de Mateo.

El viejo lo miró con disconformidad, sin pestañear, pero tampoco le reprochó que quisiera aclarar el asunto con Diana.

Se despidió de Olivia con la promesa de entablar una seria conversación sobre una inminente invasión alienígena y se encaminó hacia el domicilio de Diana.

Tragó saliva varias veces antes de decidirse a tocar el timbre.

También se frotó las manos de manera compulsiva al comprobar que no obtenía respuesta a su llamada.

Entonces presionó el botón con más insistencia, hasta que su sonido chirriante le resultó molesto.

No supo cuántos minutos estuvo en la puerta aguardando a que alguien se dignara a abrirle.

Si Diana no se encontraba en la casa, esperaba que lo hiciera Idaira, aunque esta fuera un hueso más duro de roer que su madre.

Por fin oyó el sonido de unos pasos y cómo de mala gana alguien tiraba del manillar de la puerta.

Se dijo que solo tenía que sonreír, mostrar la mejor de sus versiones y aguantar con la boca bien estirada para que supiera de antemano que iba con buenas intenciones.

Por ese motivo, cuando Diana lo vio, se le antojó una caricatura del Joker.

Parecía que le hubieran pegado esos labios tan tensos a la cara, y eso hizo que se cruzara de brazos con cierta alarma.

—Perdona, he estado llamándote desde ayer, y, como no sabía nada de ti, he decidido acercarme.

¿Puedo pasar? —Ella elevó la mirada y constató que la vecina de enfrente los espiaba desde la ventana, así que se hizo a un lado de mala gana para que entrara en la casa—.

He querido venir desde primera hora, pero mi padre me ha arrastrado hasta el Puerto de Vueltas y no he tenido más remedio que acompañarlo.

No sé si te has enterado, pero han sacado las barcas del mar y las han amontonado en la arena.

—¿Para eso has venido a mi casa?, ¿para contarme las últimas noticias del Valle?

Diana se adentró en el comedor y él la siguió con torpeza, sin tener idea de cómo encauzar una conversación que había comenzado peor de lo que esperaba.

—No, no, no he venido para eso. Quería...

Antes de que pudiera continuar hablando, ella cogió una carpeta de la mesa y se la estampó contra su pecho, para su sorpresa.

—Aquí están los dibujos de mi padre —le dijo, visiblemente molesta—. Es eso lo que querías, ¿no? Ahora, por favor, lárgate.

—No, Diana. Espera. —Ella torció el gesto y Yeray contó hasta tres antes de proseguir.

Necesitaba coger aire, y en esa casa no lo encontraba—.

Claro que quería echarles un vistazo a los dibujos.

Airam tiene una foto del hombre disfrazado, pero te juro que no he venido solo por esto...

Quería hablar contigo. Necesito hablar contigo.

—Creo que ya has hablado más de la cuenta. —Lo miró a los ojos con inquina—. Le contaste a Idaira que mantuvimos una relación en el pasado, y no tenías derecho a hacerlo.

Yeray se humedeció los labios en un intento de alejar el amargor incipiente que se le había asentado en la boca y depositó la carpeta de Mateo sobre la mesa.

—Pensé que no era un secreto —se disculpó—. Lo sabe todo el pueblo. Y tu hija..., nuestra hija...

—No la llames así. No es nuestra —lo interrumpió.

—Es nuestra, Diana. Ya no puedes esconderlo más. Lo sé todo.

—Tú no sabes nada.

Yeray lanzó un profundo resoplido y luego entornó los párpados para despejar la cantidad de excusas que se le amontonaban en la mente sin coherencia alguna.

Creyó que se desmayaría en ese instante, pues no tenía ni la menor idea de cómo proseguir con un discurso que, aunque lo había ensayado en su cabeza, se le antojaba torpe y difuso.

Hacía menos de veinticuatro horas había averiguado que tenía una hija en el Valle y que además trabajaba para su padre como excusa perfecta para ayudarla a reunir un dinero y así obligarla a mantener un vínculo con la familia paterna que nunca tuvo.

Y esa chica se llamaba Idaira, sobre quien debía confesarle que no tenía una relación cordial y amigable, sino más bien tensa.