Capítulo 13DE SUEñOS ROTOS Y ANHELOS
DE SUE ñ OS ROTOS Y ANHELOS
Se disculpó con Olivia antes de darle un beso en la frente y arroparla con más ternura que nunca.
No quería que su salida de tono se le quedara grabada en el alma, como a él, todas las veces que su padre le gritó que era un inútil.
Los niños no solo guardaban en un baúl con candado en su memoria los momentos felices que vivían durante su infancia, sino que también escondían con más celo los reproches, las discusiones y esa inseguridad latente que sus propios progenitores habían ayudado a construir.
Lo sabía ahora que era adulto. Sus sueños de ser astronauta los rompió su padre una vez diciéndole que pusiera los pies en la tierra, que era en esta donde uno se ganaba el pan para comer.
Martín no recordaba esa frase, pero él sí.
Por eso cada vez que Olivia le confesaba que quería ser bailarina o veterinaria, se afanaba en repetirle que podría lograr lo que quisiera.
Se tumbó en el colchón junto a ella con las manos entrelazadas en la nuca y por un momento se centró en el blanco del techo.
Estaba cansado de pensar, de recrear en la mente una y otra vez la conversación obligada que tendría con Diana.
Y puede que luego con Idaira. Y a esta no tenía ni puñetera idea de qué decirle.
Pensó que un simple «Lo siento» bastaría, o al menos quería creerlo.
Se durmió por agotamiento mental. Ya le costaba anticiparse a un diálogo del que no tendría escapatoria y las frases se difuminaban en el aire como los colores cuando los mezclabas con agua. Cerró los ojos y pronto se vio de nuevo en la escena del accidente de Claudia.
Volvía a correr por callejones desconocidos, angostos e interminables que no lo conducían directamente hacia ella.
Gritaba su nombre al tiempo que escuchaba las sirenas de la ambulancia y de la policía acercarse al lugar.
Sin embargo, él era incapaz de hallar el sitio.
Se tropezaba con calles sin salida, con muros más altos que su hermano Airam y palmeras canarias que no tenían sentido en la ciudad de Madrid.
Estaba a punto de darse por vencido, de detenerse y llorar en alguna esquina donde nadie pudiera verlo, cuando de improviso se encontró arrodillado en la acera y sujetándole la cabeza a Claudia.
—Has venido —le dijo ella en un débil susurro.
—Claro, no podía dejarte sola. No así. —Los ojos se le empañaron y gimoteó varias veces ante la sonrisa que mantenía su mujer en los labios—. No me dejes, por favor.
—Protege a tu hija. Prométeme que la protegerás.
Abrió los ojos con brusquedad. Los pulmones se habían despertado con él introduciendo todo el oxígeno que se encontraba en el dormitorio y casi le fue imposible respirar con normalidad.
Tosió varias veces, y tras recuperar el aliento, de reojo, observó el reloj de la mesita de noche: las dos y cero nueve.
Enfadado, se levantó de la cama sin hacer ruido y tiró del cable tal y como había hecho Dulce.
Estaba harto de las señales. Harto de todos esos pequeños detalles que le recordaban que era un ser insignificante, poco trascendental para un universo selectivo que escogía quién debía tener un nombre en el planeta y quién podía morir sin más porque no jugaba un papel clave en su juego perverso.
Regresó a la cama, pese a que escuchó los pasos de Airam descender por las escaleras y dirigirse al primer piso.
Aquella noche no tenía ganas de perseguir a hombres disfrazados de pájaros que se dedicaban a asustar a los vecinos.
Esa noche no. No iba a correr detrás de fantasmas porque le dolía demasiado el alma.
Volvió a enfocar la pared del techo y, con las manos sobre su estómago, aguardó a que el silencio se alejara de él. Si ignoraba esas manifestaciones mudas, tal vez se olvidarían de que él existía.
A la mañana siguiente, y tras un desayuno ligero, decidió que se acercaría a casa de Diana para hablar con ella. Cuanto antes, mejor. Y dado que ella no le devolvía las llamadas ni le respondía a sus mensajes con un simple «Estoy bien», quiso comprobarlo sin darle opción a rechistar.
Sin embargo, cuando descendía el único escalón que lo separaba de la casa, se topó con el rostro sombrío de su padre. Llevaba en las manos las llaves de la furgoneta y las presionaba entre los dedos como si alguien quisiera arrebatárselas.
—Nos vamos a la playa —le soltó sin darle los buenos días al tiempo que enfilaba sus pasos hacia el garaje.
—¿Qué? No. Tengo otras cosas que hacer.
—Eso puede esperar —afirmó con voz cortante—. Ya le he dicho a Airam que se prepare.
—¿Y Olivia? —le preguntó mientras trataba de alcanzarlo.
—Los he dejado dentro de la furgoneta. Es una niña madrugadora. Se despierta antes que su padre.
—He pasado mala noche. No estoy durmiendo bien —se excusó, con la urgencia propia de un niño ante la mirada severa de un padre, y pensó que las viejas costumbres no se corregían de manera tan fácil—.
Pero ¿qué bicho te ha picado para que se te meta ir hoy domingo a la playa?
¿Sabes la de turistas que tiene que haber allí un día como hoy?
Su padre abrió la puerta del vehículo y le hizo una señal con la barbilla para que hiciera lo mismo.
—No nos vamos de excursión —aseveró sin que le temblaran los labios—. Ha ocurrido algo extraño en el puerto.
—Define extraño.
Resignado y con ganas de saber más, Yeray se sentó en los asientos traseros junto a Olivia, quien le sonrió nada más verlo aparecer. Lo cogió de la mano y fue cuando se percató de que llevaba un sombrero de paja en la cabeza con un lazo hecho de papel de aluminio alrededor.
—¿Por qué te has puesto eso?
—Nos vamos de misión —le aseguró.
Airam, quien iba en el asiento del copiloto, se dio la vuelta y le guiñó un ojo a la niña. Él también tenía un sombrero ridículo del que le sobresalían unas tiras plateadas por detrás.
—¿Alguien va a contarme qué es lo que está sucediendo? —preguntó desesperado.
—He salido a comprar el pan. Ya sabes que los domingos, o eres de los primeros, o te quedas sin él —comenzó a explicarle su padre—. En la cola estaban comentando que las barcas pesqueras del Puerto de Vueltas habían aparecido destrozadas. Un par de vándalos se dedicaron a hacer trastadas anoche.
—¿Todas? —Su padre asintió con un leve movimiento de su barbilla—. ¿Se metieron en el agua y comenzaron a darle hachazos a las barcas? —comentó, todavía atónito—. Eso no tiene ningún sentido. ¿Quién haría algo así?
—Es evidente que algún loco. —Martín frunció el ceño y lo miró por el espejo retrovisor. No hizo falta que dijera nada más. Su padre estaba pensando en el hombre pájaro y eso lo inquietó—. Por eso llamé a tu primo Aarón. Ya sabes que él y su hermano se quedaron con el negocio de tu tío.
—Ni siquiera sabía que tenías el número de Aarón —dijo entre dientes.
—Bueno, lo importante es que hay algo más: las barcas han aparecido en la arena, apiladas con la disposición de las cajas en un almacén abandonado —continuó explicando el viejo.
—¡¿Qué?! —fue lo único que Yeray logró decir.
—¡Es un caso p-p-para los detectives de lo p-p-paranormal! —exclamó su hermano, mostrando su alegría.
Yeray volvió a recibir la mirada desconcertada de su padre desde el espejo retrovisor.
No había muchas cosas que asustaran al viejo, además de los empleados del banco y los funcionarios de Hacienda, así que no tuvo más remedio que tragar saliva al comprobar que Martín estaba acongojado.
Sus ojos parecían haber empequeñecido bajo un halo de angustia y temor que no era habitual en él.
Y se preguntó hasta qué punto las paranoias de su hermano estaban afectándolo; incluso sus propias teorías descabelladas, ya que había sido él el que había apuntado a la presencia de un perturbado que se disfrazaba para amedrentar a los vecinos.
Pero una cosa era asustarlos y otra muy distinta destrozar su medio de vida.
Ya ellos mismos habían sufrido ese sabotaje en sus pieles, pues una veintena de plataneras eran del todo irrecuperables.
Permaneció callado durante todo el trayecto, tratando de dibujar un mapa cronológico en su mente de todo lo sucedido hasta ahora, pero por más que se esforzaba en trazar una línea común que los relacionara, no lo conseguía.
Además, en cuanto llegaron al puerto y se encontraron con la zona acordonada con el rigor propio de una escena de un crimen, Yeray fue invadido por un tsunami de impotencia.
Apenas lograría dar respuesta a la maraña de preguntas que se le arremolinaban en el cerebro y desenredar al menos los primeros nudos de sus continuos interrogantes.
Había muchos vecinos en el lugar, al igual que turistas que no paraban de preguntar por lo ocurrido ante el silencio mustio de los policías.
Sin embargo, pudo acceder a un montículo en la falda del acantilado más cercano y desde el que podía apreciar la playa de Vueltas, la cual era famosa por su escaso oleaje, ya que sus aguas estaban arropadas por un dique que la convertía en un lugar ideal para nadar y disfrutar de un baño apacible.
De hecho, la playa de Vueltas carecía de grandes corrientes marinas que podrían arrastrar a los bañistas al interior del océano, y de la misma manera, era imposible que las barcas fueran empujadas por un intenso oleaje y terminaran de esa forma en la arena.
Yeray arrugó su rostro apesadumbrado al tiempo que su padre llegaba hasta él. Las barcas se encontraban apiladas en dos montones. No presentaban grandes desperfectos, simplemente parecía que alguien se había tomado la molestia de sacarlas del agua y colocarlas unas sobre otras por diversión.
—No permiten que los pescadores se acerquen a ellas hasta que no terminen con sus pesquisas —le comunicó en cuanto se situó a su lado.
—Esto no ha podido hacerlo una sola persona —expresó su pensamiento en voz alta para que su padre fuera partícipe de él.