Capítulo 12SECRETOS QUE ESCUECEN #5
—Porque ella sabía, de esa manera que solo las madres conocen, que eras feliz y que esto te destrozaría la vida que estabas creando en Madrid —le confesó, rememorando las palabras de Ángela en ese mismo instante—.
Además, pensaba que debía ser la propia Diana la que te contara la verdad, que ella era quien tenía el derecho y nadie más.
Ya sabes cómo era tu madre... Después de todo, Ángela esperaba que ella también reconstruyera su vida de la forma que quisiera.
—Hizo una pausa dramática y lo miró a los ojos—. No salió como esperábamos.
Yeray se sintió desarmado e, ignorando la orden de su padre, se dejó caer en el sillón.
Tenía frío, mucho frío, pese a que la temperatura ambiente debía rondar los veinticinco grados y el aire de su alrededor quemaba.
Ardía a la vez que lo hacían las mentiras, al tiempo que la verdad se imponía sobre él con un hacha dispuesta a cortarle la cabeza.
Porque él, en su afán de dejar su pasado atrás, había olvidado todo un verano.
Un verano en el que había hecho suya de nuevo a Diana y en el que la había amado como la primera vez, pese a que en su mente el nombre de Claudia pululaba radiante.
Su padre continuó con su discurso, el cual llegaba a sus oídos como agujas deshechas, fracturadas y ya sin el valor para continuar castigándolo:
—Siempre he opinado que un hombre tiene que comportarse como un hombre en todos los aspectos de su vida. Y tú habías dejado tirada a esa muchacha para irte a vivir la gran aventura de Madrid. ¡Claro que quería llamarte! Tirarte de las orejas y obligarte a cumplir con tus obligaciones.
—Yo no sabía que estaba embarazada —se defendió con una voz que apenas salía de su garganta.
—Y si lo hubieras sabido, ¿habrías cambiado algo? —Martín aguardó a una respuesta que se dilataba demasiado en el tiempo.
Yeray se encogió de hombros mientras que una lágrima se escapaba de su control y rodaba solitaria buscando un lugar cómodo en el que morir.
—No lo sé. ¿Me preguntas si habría regresado a la isla?
Puede. No estoy seguro. Tenía una vida allí y estaba logrando grandes notas.
Los profesores me auguraban un buen futuro y, ¡joder!
, no se equivocaron. Nada más terminar la carrera, conseguí un trabajo como ayudante de diseño en proyectos de construcción de nuevos aviones y helicópteros.
—Se frotó la frente para tratar de despejar sus dudas mientras mantenía la cabeza gacha, incapaz de enfrentarse al rostro de su padre—.
No sé lo que habría hecho. Tenía un motivo para quedarme allí.
—¡Claudia! Ese era el nombre de tu motivo.
Se sobresaltó al escuchar su nombre de los labios de su padre. Se le hacía extraño, casi un sacrilegio, porque él jamás la hizo sentir parte de la familia, y ese fue uno de los motivos por los que no viajaron para pasar más veranos en la isla.
—¿Por eso la odiabas tanto? ¿Por eso le hacías la vida imposible cada vez que veníamos a visitaros?
—Ella no me caía mal. —El viejo se encogió de hombros e intentó recordar a la mujer de enormes ojos verdes transitar por su casa.
No la odió. Simplemente le daba igual su presencia en ella—.
Pero tenía una nieta pequeña que estaba sufriendo y su verdadero padre no podía ayudarla.
¿Crees que Mateo o Ricardo no se presentaron en San Sebastián con la amenaza de llevarse a Idaira de la casa?
Ese tal Enrique era el demonio en persona.
Mateo solía venir a casa para desahogarse y contarnos lo que estaba sucediendo.
Yo quería intervenir, pero nadie me lo permitía.
Nunca me he sentido más impotente en la vida y de nada me he arrepentido tanto.
Era el abuelo que no estaba reconocido. Un cero a la izquierda.
Yeray abandonó el incómodo sillón y con los pies descalzos volvió a recorrer la estancia.
—Todo eso no es culpa mía. Yo no la obligué a casarse con otro, no la obligué a dejar sus estudios. ¡Yo no sabía nada!
—Te repito la pregunta: si tu madre me hubiera dejado contarte la verdad, ¿habrías regresado a por ellas?
Si no querías quedarte aquí porque la isla te oprimía, ¿te las habrías llevado contigo?
—Yeray se enfrentó a su mirada fría, esa que siempre le mostraba cuando no estaba de acuerdo con él en algo—.
Deja de repetirte que no tienes la culpa de nada de esto.
Yo no tomé la decisión de darle una paliza a Dailos que casi lo dejó en silla de ruedas.
No tomé la decisión de salir corriendo de la isla cuando la gente comenzó a hablar y te miraban de otra manera.
Yo no me acosté con Diana y luego me olvidé de ella.
Deja de comportarte como un crío herido y asume tus responsabilidades.
Soy tu padre, y lo único que he hecho en esta vida es limpiar tus cagadas.
Yeray no supo qué decir; en parte, porque su padre tenía razón.
Pudo enfrentarse a las habladurías del Valle, a esa imagen de matón que muchos comenzaban a tener de él, y podría haberse ido a Tenerife a estudiar con Diana en la universidad como ambos habían planeado.
Pero Tenerife se le antojaba demasiado cerca de su padre y del Valle en general.
Él necesitaba aumentar la distancia que lo separaba del infierno.