Capítulo 12SECRETOS QUE ESCUECEN #4
Yeray soltó una carcajada nerviosa y continuó quitándose los pantalones mientras negaba con la cabeza.
Estaba calado de arriba abajo, pero no le importó.
Martín estaba allí. Su padre, quien siempre le había dado lecciones de honestidad y que lo castigaba cada vez que una mentira salía de su boca, estaba allí.
El hombre recto, el juez. Lo miró impertérrito y le respondió, masticando bien las palabras:
—Lo de Idaira.
El viejo no movió ni una arruga de su rostro, ni siquiera sus ojos hundidos comenzaron a echar llamaradas de fuego, solo emitió un leve carraspeo mientras se crujía los dedos.
—¿Te lo ha dicho Diana?
—¡No, no me lo ha dicho ella! —exclamó ofendido—. Lo he averiguado yo solito.
—Hombre, ya era hora.
Se dio la vuelta y se internó en el salón, obligándolo a perseguirlo si quería alguna explicación que arrojara luz a su reciente paternidad. Yeray se deshizo de la camiseta con rapidez y lo siguió en calzoncillos, perplejo por la reacción impasible del viejo.
—¿Eso es lo único que se te ocurre decirme? —le reprochó.
—Yo le hice una promesa a tu madre y tenía que guardar el secreto.
—Ni siquiera intentó defenderse. Se sentó en el sillón y lo miró como el que habla del tiempo que habrá el fin de semana—.
Así que esperaba que lo dedujeras con esa inteligencia que te dio Dios pero que has sabido utilizar bien poco.
—¿Mamá también lo sabía? —Yeray continuaba perplejo.
—Fue ella quien lo descubrió. —Martín soltó una sentida exhalación que le hizo pensar que todavía existía un corazoncito dentro de ese armazón viejo.
Después, el viejo lo amenazó con una mirada inflexible por si se atrevía a sentarse en el sofá con el culo mojado—.
Diana regresó a La Laguna para empezar su segundo año universitario, y no volvimos a verla hasta tres años después.
Regresó al Valle con una niña de dos años en los brazos y con un novio que era el supuesto padre y con el que se casaría muy pronto, por culpa de las habladurías.
—¿Y Mateo se tragó ese cuento? —Yeray no daba crédito a ese relato. El padre de Diana no era tan severo como el suyo, pero era muy astuto. Si su hija volvía con una niña de dos años, él tendría que saber de dónde procedía.
—No, supe después que tanto él como su hermano estuvieron pagándole el alquiler del piso en Tenerife. En cuanto dio a luz, se vio forzada a dejar los estudios, por eso nunca terminó Física, como ella quería. Con el tiempo, se matriculó en la universidad a distancia y se licenció en Magisterio.
Yeray se llevó las manos a la cabeza y comenzó a deambular por el salón como un fantasma con cadenas; unas cadenas que pesaban demasiado y condenaban su alma a un destierro para toda la eternidad.
Supuso que la familia de Diana había inventado una historia para que las habladurías en el Valle no la sentenciaran a ella y a toda su familia en el juicio final, y de alguna manera no lo perjudicaran a él.
—Soy un idiota. Pensé que no había querido seguir en Física porque no me había matriculado con ella. Era nuestro sueño y... —Se mordió el labio inferior con saña—. ¡Joder! ¿Cómo no me di cuenta?
—Estabas en otro mundo. Apenas querías saber nada de nosotros y tus visitas eran cada vez más cortas.
No volviste a encontrarte con Diana y no viste jamás a la niña.
Al casarse, se fueron a vivir a San Sebastián.
—Martín chasqueó la lengua y movió la cabeza de izquierda a derecha muy despacio—.
Ángela estaba convencida de que, si le hubieras visto la carita a Idaira, te habrías reconocido en ella.
Era igualita que tú cuando tenías esa edad.
A tu madre no se le escapó el parecido y un día invitó a Diana a casa.
Yeray reprimió otro brote de lágrimas que amenazaba con romper el frágil equilibrio que había conseguido. Aquello no era justo. Le habían robado parte de su vida. Todos habían conspirado para que jamás supiera la verdad.
—¿Y ella vino?
—Sí, sí. Claro —le respondió Martín, algo afectado.
No se le escapó que el viejo comenzaba a demostrar sensibilidad en esos recuerdos que lo llevaban a pensar en su mujer—.
Creo que, en el fondo, Diana quería saber de ti, pero era incapaz de hacer una sola pregunta.
Ángela le contó sus sospechas, y aunque al principio lo negó todo, luego no le quedó más remedio que confesarnos la verdad.
Lo hizo prometiéndonos que jamás te diríamos nada.
Y nosotros aceptamos con la condición de que aceptara un dinero mensual de nuestros bolsillos para el cuidado de la niña. Después de todo, éramos sus abuelos.
Yeray se detuvo frente a su padre y lanzó una sentida exhalación que sonó a reproche. Estaba a punto de darle un infarto. Sentía los latidos de su corazón ahogarle los pensamientos, y corrían tan rápidos que no podía atarlos para que no se le escaparan.
—Me extraña que tú hayas aceptado un pacto de silencio así como así, cuando a ti no te calla nadie —le soltó, deseando que el comentario le doliera—. Te encanta restregarle las verdades al resto, y esto, para ti, sería como la dinamita a la que le faltaba la mecha. Solo tenías que encenderla.
—¡Oh, claro! Mi primer impulso fue llamarte y hacer que tu lindo trasero recorriera todos los kilómetros que nos separaban de ti con una zarza pegada a él —le dijo, entrando en su juego mientras se crujía los dedos.
Después, hizo una pausa en la que el mentón se le relajó y lo miró con una piedad sincera—. Pero tu madre me lo prohibió.
—¿Por qué?