Capítulo 12SECRETOS QUE ESCUECEN #3
Aunque pudo aclararlo todo a su regreso a Madrid, los días se le hicieron insufribles en el Valle.
Su padre lo obligaba como siempre a trabajar en las plataneras y su madre lo miraba como un auténtico desconocido.
Tendría que haberles contado la verdad, al menos a ella.
Lo habría comprendido porque Ángela no paraba de repetirle que las mariposas en el estómago, a veces, te llevan a la gloria, y otras, a la perdición.
Si volaban demasiado, dolían. Y el dolor era incurable hasta que no llegaras a controlarlas.
Tenía mal de amores y un carácter insoportable.
Atravesó los ojos avellanados de Idaira, buscando algo en ellos que no deseaba encontrar.
Y pronto lo halló. Porque ese maldito verano sí que se topó con Diana.
Él mismo fue a buscarla a su casa y le lanzó una piedra a su ventana con la esperanza de que la abriera.
Y lo hizo. Él estaba enojado, frustrado y muy borracho después de asistir a una fiesta en la playa a la que ella no había ido.
Se alegró al verla. Ahora lo recordaba todo.
Y en ese momento fue incapaz de confesarle que había conocido a otra persona, por eso quiso interesarse más por cómo estaba yéndole en su primer año en la Universidad de La Laguna. Y entonces... ¡Joder!
—¡Eres un cabrón! —El grito de Idaira retumbó por los muros de la pequeña ermita.
La joven corrió hacia la salida, pero cuando él quiso reaccionar fue demasiado tarde. Aun así, trató de alcanzarla en la plaza; sin embargo, ella se alejaba de él con el espanto propio de quien halla un monstruo donde antes hubo un hombre.
¿Lo era?
Había negado todo un verano porque le dolía demasiado, porque bebía demasiadas cervezas para calmar su tormento y porque se había comportado como un consumado capullo con todas las personas que lo querían.
Las fechas le habían bailado en la mente con el ritmo lento de un desfile aburrido, donde el espectador bostezaba de vez en cuando y deseaba que la fiesta terminara para regresar a casa.
Había deseado tanto olvidar esa época que jamás pensó que su deseo le fuera concedido.
Sí, lo era. Era un monstruo. Un completo idiota.
Y aunque Idaira ya se había subido en la moto de su novio, gritó su nombre varias veces. Desconsolado. Perdido.
Entonces, alguien lo sujetó por el brazo y no tuvo más remedio que detenerse.
—¿Qué coño estás haciendo? Te dije que te mantuvieras alejado de mi sobrina. Eres veneno, Yeray. Destruyes todo lo que tocas.
Alzó la barbilla solo un palmo, lo suficiente para encontrarse con la cara enfurecida de Ricardo. Se zafó del brazo de un tirón y lo miró con ojos desafiantes.
—¿Es mi hija? —le preguntó con ojos dolientes pero con el mentón fiero.
Ricardo retrocedió unos pasos, sin apartar su mirada asustada de su semblante aguerrido.
—¿Te lo ha dicho Diana? —A pesar de su voz temblorosa, Ricardo mantuvo un pulso con la mirada que sabía que perdería.
—Acabas de confirmármelo tú.
Y entonces, mientras abandonaba la plaza y se dirigía hacia la furgoneta, una maraña de pensamientos nubló su mente y se sintió estúpido.
Idaira había nacido en el 2008, pero era evidente que Diana se había quedado embarazada nueve meses antes, en el verano del 2007, donde él no era más que un despojo de sí mismo.
Un machango. Un crío que creía sabérselas todas pero que no sabía nada.
Por ese motivo, Ricardo lo había recibido de malas maneras en el funeral de Mateo.
No era porque le guardara rencor después de darle esquinazo cientos de veces cuando eran unos chiquillos.
Aquello pertenecía al pasado. Pero Idaira no.
Idaira estaba en el presente de todos, incluido en el de él mismo, y Ricardo se sentía en el derecho de protegerla.
No solo a ella, sino también a Diana. Yeray comprendió que le había hecho un daño muy grande a Diana, y ahora Ricardo quería evitar que se acercara a ellas.
Pero él ni siquiera conocía la existencia de la niña.
Nunca nadie lo hizo partícipe de su nacimiento, y eso produjo que se sintiera todavía más imbécil.
¿Quién más podría saberlo?
¡Joder! Martín lo sabía. No la había empleado porque se hubiera vuelto un buen cristiano de repente, sino porque era su nieta.
Nunca la trataba con desprecio, pese a que la chica carecía de las facultades necesarias para trabajar en la finca.
Era fuerte, sí, rasgo que probablemente hubiera heredado de los Darias; trabajadora, también, pero era insolente y descarada, y eso no le gustaba al viejo.
Golpeó varias veces el volante con el puño y llamó otras tantas a Diana desde el móvil, sin obtener la respuesta que deseaba. Aquello no podía estar sucediéndole a él. No podía ser real. ¡Era una auténtica pesadilla!
Detuvo la furgoneta metros antes de llegar a casa y comenzar las maniobras para introducir el vehículo en el garaje. No quería que nadie lo viera en ese estado de nerviosismo. ¡Dios mío! ¡Tenía una hija! Idaira era su hija.
Entonces, una cascada de lágrimas estalló en sus ojos y ya no pudo detenerlas. Lloró desconsolado. Lloró porque era incapaz de comprender los designios del destino o del mismísimo cielo, si es que había alguien allí arriba que estuviera guiándolos en la vida.
Si tenía un ángel de la guarda, este estaría desternillándose de risa porque le había asestado el golpe final.
Le habían arrebatado a la mujer de su vida de la manera más cruel que podía imaginar, y ahora le regalaban una hija insolente, sabelotodo y con mal comportamiento.
—Estarás riéndote de lo lindo ahí arriba.
—Se sorbió la nariz y apuntó con el dedo índice hacia el cielo.
Después, soltó una carcajada que volvió a ahogar con un nuevo llanto repentino y hundió la cabeza en el volante.
Entonces, escuchó un trueno en la lejanía—.
No soy tan idiota. Ya sé lo que quieres decirme.
Esa jovencita rebelde es idéntica a mí cuando yo tenía su edad.
Claudia lo llamaría karma; yo lo llamo una putada de las gordas.
—El sonido apocalíptico de otro trueno volvió a sonsacarle una sonrisa burlona.
Después, sacudió la cabeza, furioso—. ¡¿Y ahora qué se supone que voy a hacer con esto? ! ¿Qué quieres de mí?
Salió de la furgoneta y no le importó mojarse con las primeras gotas de barro que devolvían el polvo amarillo al suelo. Era una lluvia sucia, deshonesta y carente de integridad. Y Yeray extendió los brazos y permitió que la tierra lo empapara. La recibió desafiante y al mismo tiempo aliviado.
Los secretos dolían, escocían. Eran el peso que cargaban sobre sus hombros las personas que habían decidido hacer ese juramento de silencio.
Lo sabía, porque durante los primeros meses, su padre le prohibió hablar de lo que le había sucedido a Dailos.
Nadie tenía que saber que había sido él quien lo había mandado al hospital después de una brutal paliza.
Martín no quería que lo vieran como otro matón más, sin conciencia ni pizca de arrepentimiento.
Cualquiera lo habría tachado de sociópata, mientras que él sentía que solo había ejecutado su venganza.
Volvió a introducirse en el vehículo, hastiado, vacío por dentro, y condujo hasta el garaje sin pensar en lo que estaba haciendo.
Permaneció dentro de él unos minutos eternos que corrían como liebres por el monte, consumiendo un tiempo al que quería aferrarse, al que necesitaba para que fuera su amigo en ese momento de soledad.
No obstante, no podría esconderse allí toda la vida.
Tenía que enfrentarse a sus demonios. Y el primero era su padre.
Chorreando y calado hasta los huesos, entró por la puerta trasera de la casa y creyó que lo mejor sería darse una buena ducha caliente antes de tratar ese tema tan espinoso con Martín.
Debía prepararse algunas preguntas y puede que también varias respuestas.
Después de todo, nadie ganaba al viejo en un combate dialéctico, y en aquel Yeray tenía mucho que perder.
Su padre tenía recursos escondidos debajo de la manga como los magos del circo, y también disponía de la habilidad de usarlos cuando menos lo esperabas, dando un golpe de efecto que dejaba a su interlocutor fuera de juego.
Sin embargo, nada más poner un pie en el primer escalón, Olivia lo asaltó con una alegría desbordada que contrastaba con su más absoluta desidia.
—¡Papá, papá, tienes que venir a ver nuestro refugio! ¡Está quedando chulísimo!
Olivia lo interceptó a los pies de las escaleras y él temió que indagara en su rostro y adivinara que había estado llorando.
—Ahora no. No es un buen momento.
—Pero, papá, no te vas a creer lo que hemos conseguido. —La niña tiró de una de las mangas y lo miró extrañada al comprobar que estaba mojada.
—¡Olivia, basta! ¡Ya te he dicho que no! —Ella retrocedió cuatro pasos y se refugió en la mirada de su tío Airam, quien no paraba de torpedear a su hermano con sus ojos miel—. Cuando solucione lo que tengo que hacer, iré a verlo —le aseguró, rebajando el tono.
—Vamos, todavía nos qu-queda mucho qu-que hacer. —Airam le tendió la mano y la niña la agarró fuerte.
—¿Qué está pasando aquí? —Martín irrumpió en el pasillo tratando de sujetarse los pantalones con un cinturón viejo—. ¿Alguien piensa contármelo, o tengo que amenazar con cortar cabezas?
Tanto Airam como Olivia lo ignoraron y regresaron al exterior, únicamente afirmando que seguirían con su misión secreta hasta que fuera la hora de la cena.
—Y tú, ¿te has caído en un charco, o es que has hecho una excursión bajo esta mierda de lluvia?
—Lo sé todo, padre —se limitó a contestar mientras se quitaba los zapatos y los dejaba sobre una maceta para que escurrieran.
—¿Qué sabes? —le preguntó el viejo, enarcando las cejas—. ¿Ya han averiguado dónde se encuentran los turistas, o sabes quién es el estúpido que se viste de pájaro?