El vuelo del cernícalo Capítulo 12SECRETOS QUE ESCUECEN #2
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Capítulo 12SECRETOS QUE ESCUECEN #2

Condujo por las curvas endiabladas del Valle hasta alcanzar el punto de encuentro.

La ermita de San Antonio había sido edificada en los años cincuenta después de una disputa por las aguas entre la parte alta del pueblo y los que habitaban cerca de las playas.

El conflicto se resolvió el día de San Antonio, lo que los llevó a construirla en honor a ese santo.

Desde el mirador de Palmarejo, emplazado a poco más de tres kilómetros de la ermita y diseñado por el artista canario César Manrique, podía apreciarse la fuerza de la sencilla edificación, desafiante frente a las imponentes paredes verticales y frondosos palmerales.

Aparcó como pudo en cuanto llegó a la plaza, ya que varios vehículos policiales ocupaban gran parte de la carretera, pese a que un agente de la Policía local trataba de organizar el tráfico con su silbato.

Se acercó al puesto de mando, donde dos guardias civiles mantenían desplegado un mapa de la zona sobre una mesa improvisada. Apenas repararon en él, ya que estaban más centrados en responder a través de sus transistores a sus compañeros, quienes estaban inmersos en la búsqueda.

—¿Ha venido solo? —le preguntó uno de los agentes—. Dejamos bastante claro en la reunión que pondríamos guaguas para los que quisieran participar y así no generar tanto caos en la carretera.

—No he podido unirme antes —se excusó.

—Pues los grupos de la tarde ya han salido y ahora no puede correr usted detrás de ellos. Es mejor que se vaya a casa y se apunte en el de mañana.

—Gracias, pero ya que la ermita está abierta, voy a rezar un rato.

El agente no le respondió y rápidamente se dirigió a una pareja de mediana edad que irrumpía en la plaza con bolsas llenas de comida.

Yeray elevó la mirada y se enterneció al contemplar las dos coquetas campanas que coronaban la iglesia.

Hacía muchísimo tiempo que no se sobrecogía al escucharlas sonar, y un escalofrío proveniente del pasado lo sacudió por un segundo; un salto atrás en el tiempo que lo devolvió a esas tardes de invierno en las que después del instituto se escapaba para ver a Diana.

Tras un sentido suspiro, entró en la ermita.

No le interesaba rezar. Ni siquiera resguardarse del sol, que continuaba picándole la piel como si los rayos fueran hormigas envalentonadas.

Necesitaba meditar, reflexionar sobre todos los acontecimientos que le quitaban el sueño desde que había llegado a la isla.

Comprobó que seguía sin noticias de Diana, y entrecerró los ojos sin admirar las tallas de San Antonio, de la Virgen de la Candelaria y del Ángel de la Guarda de las que todo el Valle presumía.

Creyó haber sucumbido ante el sueño, pues no recordaba haber pensado en nada trascendental, hasta que escuchó unos pasos que lo sacaron de su ensimismamiento y que parecían acortar distancias con él.

Se enderezó en el banco y no quiso girarse.

Eran decididos, presuntuosos y quizá pecadores, porque sin duda avanzaban desde la entrada de la ermita con descaro.

No le sorprendió reconocer a Idaira tras esos andares, y mucho menos que escogiera el mismo banco que el suyo para sentarse, cuando todos los demás estaban vacíos.

Él admiró sus largas piernas apenas cubiertas con una minifalda, la cual la obligaba a apretar los muslos para que no se le viera su ropa interior.

Observó entonces a las culpables de romper su retiro espiritual: unas sandalias con una cuña exagerada y que estaban atadas a los tobillos con unas ligas rosas.

—No me imaginaba que fueras un hombre religioso —le susurró.

Yeray miró hacia la puerta de la ermita y descubrió al joven que la acompañaba en la playa el día que se encontraron allí.

Parecía estar clavado al suelo con chinchetas mientras se comportaba como un guardaespaldas, vigilante y receloso, al tiempo que presionaba un casco sobre su cuerpo.

En cuanto cruzaron las miradas, el chico se largó.

Yeray sonrió para sí mismo, pues desconocía suscitar ese efecto en los más jóvenes.

—¿Es que tu novio es alérgico a las iglesias?

—Algo así. Es medio vampiro.

Idaira se acercó aún más a él y se dedicó a observarlo con interés. Yeray dirigió sus ojos rasgados al frente y evitó el contacto visual con ella. Lo incomodaba. Debía tener algo en la sangre que lo revolucionaba, y estaba seguro de que no procedía de sus genes maternos.

—¿A qué has venido? —le preguntó él—. No creo que con esa vestimenta vayas a colaborar en la búsqueda de los desaparecidos.

—¡Ni loca! No quiero que me salten las lagartijas encima ni otros bichos de campo. César y yo estamos recorriendo los lugares donde pudieron dejar aparcadas las bicicletas con la moto. Somos más prácticos —dijo, otorgándose una inteligencia superior al resto.

—¿Y habéis averiguado algo?

—No. Se las ha tragado la tierra.

Ella se recompuso en el asiento, y después de unos minutos en los que no recibía la atención que deseaba, miró al frente, descruzó las piernas y comenzó a acariciarse las rodillas dibujando círculos en ellas.

Yeray la observó de reojo y, aunque quiso hacer un comentario al respecto, se cruzó de brazos.

—Estoy muy cansada —le confesó ella en un tono victimista—. No creo que los agentes de la Guardia Civil los encuentren vivos.

Se inclinó hacia delante y casi pegó los pechos contra sus muslos, y desde esa posición comenzó a descalzarse para aliviar la fatiga de los pies. Después, los alzó sin ningún complejo y los apoyó en el respaldar del banco anterior.

—No estamos en el patio de un colegio. Esto es una iglesia —le reprochó Yeray, a sabiendas de que su poca fe había desaparecido el mismo día en el que un coche había atropellado a su mujer—. Si estás tan agotada, deberías irte a casa y darte una ducha.

—¿Podrías llevarme? —Se lo preguntó con un aire de inocencia que le resultó fresco e incluso inusual en ella.

—Tu novio está esperándote fuera, y no creo que le guste que un hombre que podría ser tu padre te acompañe.

—No eres tan mayor —le aseguró con cierto retintín.

—¡Oh, créeme que sí! —Se giró hacia ella y la miró directamente a los ojos—. Es más, hace unos días llegué a preguntarme si existía la posibilidad, por minúscula que fuera, de que yo fuera tu padre.

Ella dio un respingo en el banco que hizo que descolgara las piernas del banco y se agarrase a él con las manos al tiempo que se le ensombrecía el rostro. No parpadeaba. Se quedó muda al instante, para sorpresa de Yeray, quien esperaba un comentario jocoso por su parte.

Muy despacio, Idaira giró la cabeza y enterró su mirada de desconcierto en los ojos rasgados de Yeray.

—¿Y por qué ibas a pensar tal cosa? —le preguntó casi tartamudeando.

—¿Tu madre no te lo ha contado? Antes de irme a Madrid, éramos novios.

Estuvimos unos años saliendo, prácticamente desde que cumplimos los quince.

¿De verdad no te ha dicho nada? —Lo había hecho adrede, ya que sabía que Diana no le había contado nada, pero había querido desestabilizarla y lo había conseguido.

Idaira negó lentamente, sin creerse del todo la historia que escupía sin ningún filtro de su boca con la intensidad de las bolas incendiarias—. ¿En qué año naciste?

—En el 2008.

—O sea, que tienes diecisiete —calculó rápidamente.

—Los cumplí en mayo —admitió, sin dejar de tragar saliva.

Yeray cabeceó y arrugó el entrecejo, mostrando un interés que no le pasó desapercibido a la muchacha.

—Yo dejé la isla en el 2006 para ingresar en la universidad y no volví jamás —le contó con una seguridad aplastante—.

Sí, recuerdo regresar algunas Navidades para festejarlas con la familia, más por mi madre que por mi padre.

Puede que también me presentara alguna Semana Santa, pero no vi a tu madre.

Ni siquiera me despedí de ella el día que me fui. Por lo tanto, no soy tu...

Dejó de hablar. Nunca se había disculpado formalmente con Diana después de haber desaparecido de su vida como si no hubiera formado parte de ella jamás.

Se había comportado como un auténtico capullo, con la testosterona a más de mil revoluciones por minuto y la cabeza pensando en su nuevo futuro.

Y entonces recordó algo que lo hizo perder el color: sí que había ido a visitar a sus padres el verano siguiente y pasó con ellos unas cuantas semanas.

Se mordió el labio inferior mientras se esforzaba en recordar, pues ese verano fue el más terrible de su vida. Estaba pasándolo francamente mal y quiso enterrarlo en su memoria como si jamás hubiera existido. Pero existía. ¡Mierda! ¡Existía!

Ya conocía a Claudia, y su pasión por ella era innegable, además de que las ganas de estar juntos los consumían por dentro, pero había un problema: tenía novio. Un novio que era el hijo de unos amigos íntimos de sus padres, y por ese motivo a Claudia estaba costándole terminar la relación.

Había sepultado esa época de su vida entre otros recuerdos más banales o alegres, y no comprendía por qué.

Quizá porque se había pasado más tiempo borracho que lúcido, y las constantes peleas con su padre no le daban tregua.

Martín no le perdonaba lo que había sucedido con Dailos, y todo le servía como excusa para echarle en cara que se hubiera ido lejos a estudiar.

Incluso su madre había discutido por primera vez con él, asegurándole que Madrid no estaba sentándole tan bien como esperaba.

Claro que ellos desconocían que se había enamorado hasta las trancas y que Claudia le había prometido llamarlo todas las semanas ese verano.

Promesa que no cumplió. Y entonces se imaginó que no había sido capaz de cortar con ese novio de pelo engominado y polos de cocodrilo, y tuvo miedo.

Miedo de perder algo que todavía no tenía.