El vuelo del cernícalo Capítulo 12SECRETOS QUE ESCUECEN
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Capítulo 12SECRETOS QUE ESCUECEN

SECRETOS QUE ESCUECEN

Se alegró al levantarse al día siguiente antes que su hija, quien continuaba durmiendo después de chantajearlo con un montón de besos en la cara para que le permitiera confeccionar un kit de supervivencia con Airam hasta las once de la noche.

A ella la hacía feliz, y él lo único que quería era que se sintiera como en casa, después de las primeras semanas insufribles que le había hecho pasar su padre.

Pero incluso Martín había rebajado el tono de sus críticas. Ya no se quejaba tanto de su acento ni la llamaba niña repelente, sino que se esforzaba en enseñarle palabras canarias como guanajo, golifear o guata; esta última no era más que el algodón que se compraba en las farmacias.

Para Yeray era un avance significativo, aunque su padre no tuviera la misma paciencia con él. Continuaba llamándole la atención cada vez que utilizaba la segunda persona del plural y conjugaba los verbos correctamente en castellano. Para el viejo eso sí que era un sacrilegio.

—Lo de Olivia es excusable porque ha vivido toda su vida en Madrid. Tú naciste en La Gomera, coño, que parece que sientes vergüenza de tu propia tierra —le reprochaba.

Encontró a su hermano en el salón viendo la televisión con una taza de leche con gofio en la mano. Estaba bien despierto para lo tarde que se había acostado y le llamó la atención la parsimonia con la que se llevaba la taza a la boca.

—¿No vas a trabajar en la finca?

—Es sábado. Los sábados y d-d-domingos, yo descanso.

—Ya no sé en qué día vivo. —Se rascó la coronilla y se rio de sí mismo—. ¿Y por qué te has levantado temprano?

—Estoy escuchando las noticias por si d-d-dicen algo sobre los desa-pa-parecidos. Pero, de momento, nada.

Subió el volumen de la televisión, como si así pudiera forzar a la presentadora del matinal a cambiar de suceso:

—El huracán Bertha, el primero de la temporada que ha alcanzado la categoría cuatro en la escala Saffir-Simpson, tocará las costas del sur de Florida en menos de veinticuatro horas.

Se ha lanzado una alerta a la población que vive en las regiones afectadas para que se preparen para su arribo.

En otro orden de cosas, los incendios que asolan el estado de California siguen sin ser controlados.

Han sido muchos los que han abandonado sus casas en Riverside, Santa Ana y Long Beach...

—No dicen nada de La Gome-me-mera —dijo al tiempo que volvía a bajar el volumen.

—La mayoría del mundo no sabe ni ubicarnos en el mapa. Que hayan desaparecido dos turistas no es noticia hasta que... —Airam agrandó sus ojos miel y lo miró con curiosidad—. Ya sabes lo que quiero decir.

—¿Vas a ir a buscarlos? Padre no me d-d-deja ir —admitió desilusionado.

—No lo he pensado todavía. Pero hace bien pidiéndote que te quedes en casa.

Es muy peligroso, y si me decido a echar una mano, prefiero que te quedes cuidando de Olivia.

Está convencida de que han sido abducidos por los extraterrestres.

—Sonrió de medio lado y entrecerró los ojos para examinar mejor el rostro de su hermano—. Tú no crees eso, ¿verdad?

Airam torció el gesto y elevó el morro, haciéndose el interesante.

—No te lo voy a d-d-decir porqu-que no me creerías.

—¡Venga ya! Claro que lo haría. ¿Es que sabes algo que yo no sé?

—Yeray era consciente de que tenía que ir con pies de plomo si quería sonsacarle algo.

Si decía alguna frase que pudiera turbarlo, se cerraba en banda y ya no hablaba más.

Odiaba que lo tratasen como un estúpido, aunque a veces sus teorías fueran disparatadas y fruto de su imaginación exacerbada—.

Te apoyé cuando le dijiste a mamá que habías visto una serpiente amarilla al salir de clase.

—Y tenía razón —recordó molesto.

—Sí, se le había escapado al hijo de don Justo, el maestro. Se armó un gran revuelo en el pueblo. Todo el mundo se puso a buscar la maldita serpiente hasta que seña Maruca abrió la tapa del váter y se la encontró dentro.

Después de las risas, Yeray quiso que el silencio se adueñara unos segundos de la conversación para que Airam pudiera reflexionar, pensar con objetividad y tomar una decisión que le resultara favorable.

Estaba seguro de que su hermano le ocultaba información, como la del enrojecimiento en el costado por el que todavía no le había dado una explicación.

Puede que después de todo no fuera importante o siquiera tuviera la relevancia que esperaba, pero era evidente que para el grandullón de más de uno noventa la tenía. Y eso se merecía su atención.

Por fin, Airam habló:

—No está disfrazado. Es así.

Yeray se tomó ese testimonio con cautela.

—Así, ¿cómo? ¿Crees que es un cernícalo gigante?

—Frío.

—Entonces, ¿qué? —insistió, como si estuviera perdiendo el juego que su hermano acababa de inventarse—. ¿Un hombre que tiene alguna deformación?

—Un poco caliente.

—Creo que voy a rendirme. Sabes que no se me da bien hacer de detective. Eso siempre fue lo tuyo. —Le guiñó un ojo y se repantingó en el sillón al ver los dos hoyuelos que se le formaban a su hermano tras una sonrisa vencedora.

—No es humano, aunque p-p-pudo serlo algu-guna vez.

Asintió con levedad, pues no quería entrar en un debate conflictivo con Airam.

Era evidente que él seguía apostando por un monstruo, por un alienígena o por algo indescriptible que no entraba en los parámetros de la realidad.

Y también era consciente de que no se movería de su posición hasta que alguien le mostrara pruebas razonables que lograran desmentir ese argumento.

—¿Sabes dónde está Martín? —le preguntó, cambiando de asunto.

—Ha ido a llevarles mi móvil a la p-p-policía. Así, ellos t-t-también sabrán que no es un hombre no-normal a quien tienen que perseguir —lo informó con total convicción.

—Sea lo que sea, hallaremos la manera de atraparlo —le aseguró, sin quitarle la esperanza de que jamás capturarían a un extraterrestre, por mucho que le hiciera ilusión.

Abrió la puerta de la entrada y se quedó anclado en el escalón, observando el extenso valle que iba desde las montañas hasta el océano Atlántico, y agradeció que el intenso bochorno comenzara a remitir.

Continuaba haciendo calor, sin embargo, esa sensación de agobio había desaparecido de su pecho.

Podía respirar con tranquilidad, sin asfixiarse con su propio aire ni tener esa sequedad de garganta que lo obligaba a carraspear de vez en cuando.

Le envió un mensaje a Diana, en el que le decía que no podría presentarse en el ayuntamiento, puesto que su padre se había llevado la furgoneta, y que la vería más tarde en la ermita de San Antonio.

Así decidió pasar una mañana tranquila con su hija y su hermano, pese a que tenía unas ganas enormes de verla.

Ya empezaba a sospechar que no solo era porque quisiera volver a echarles un vistazo a las fotos de Mateo.

Se lo cuchicheaba esa sensación de inquietud que se le aposentaba en el estómago y le quitaba el apetito.

Eran las malditas mariposas de las que le hablaba su madre cuando era pequeño y que él no experimentó hasta años después, cuando Diana dejó de ser Diana, su amiga, su vecina, y se convirtió en su todo.

«No es el momento para estas tonterías. Ahora no», se repetía una y otra vez.

Después, se dirigió a la parte trasera y recorrió la pequeña finca con agrado, pese a que una insólita desazón se le instalaba en el alma cada vez que daba un paso hacia delante.

Le costó identificar el motivo de esa molestia hasta que la imagen de Claudia, cándida y envuelta en una luz casi mágica, lo asaltó en el paseo.

Se sentía culpable.

No había transcurrido mucho tiempo desde su muerte y ya se había arrojado a los brazos de otra persona.

Y aunque quiso calmar los latidos ya vivos de su corazón, repitiéndose que Diana no era cualquier mujer, que era su amor del pasado, no conseguía aliviar esa pesadumbre.

Continuaba amando a su mujer, a la madre de Olivia, continuaba queriéndola como el primer día en el que sus miradas se cruzaron en la universidad.

Fue amor a primera vista. No se coció a fuego lento, sino que estalló en los fogones del laboratorio de Química mientras ella se aseguraba de cerrar la puerta para que nadie los viera.

En cambio, Diana fue siempre su amiga. La mejor.

La que lo escuchaba, la que lo aconsejaba y la que lo ayudaba con la asignatura de Lengua que tanto detestaba.

Su amor fue cultivándose con los mimos y la ternura con los que se riegan los rosales hasta que nace la primera flor, bella y enigmática, porque jamás habrías imaginado que alguien a quien veías todos los días pudiera presentarse como una auténtica desconocida para ti.

Y entonces decides desentrañar todos esos misterios y embriagarte de ellos sin necesidad de pisar el acelerador, sino con una comodidad que le ofrecía seguridad al tiempo que una emoción excitante.

No obtuvo respuesta de Diana, y después de comer le pidió la furgoneta a Martín para acercarse a la ermita. Había escuchado en el barrio que una partida de la Guardia Civil había instalado allí un puesto de mando, desde el que controlaba y organizaba a los voluntarios.

Se despidió de su hija con un beso en la frente y le dio permiso para que construyera con Airam un refugio antiextraterrestres, así se mantendría distraída y no insistiría en acompañarlo a buscar a los turistas.

Olivia quería participar en las batidas con el fin de rastrear la zona para hallar indicios del posible aterrizaje de una nave espacial.

Airam salió en su ayuda proponiéndole rediseñar el cuarto de aperos y convertirlo en su base de operaciones, con agua y comida suficiente para aguantar un mes.

A ella le pareció divertido y una misión mucho más importante, así que prefirió quedarse con su tío.