Capítulo 11LA FOTOGRAFÍA #3
—Mejor no. Idaira ya está aquí y no quiero que...
—Sí, sí, lo entiendo —la interrumpió.
Lo que menos necesitaba era que la adolescente averiguara que había tenido sexo con su madre y se lo restregara delante de Olivia o de Martín.
No estaba preparado para una intromisión violenta de su intimidad, y esa jovencita era como un huracán descontrolado capaz de herir los sentimientos de cualquiera con tal de salir victoriosa.
Eso hizo que recordara que le debía otra conversación a Diana sobre su hija.
Su comportamiento rebelde estaba derivando en proposiciones o insinuaciones indecentes hacia su persona, y eso estaba incomodándolo.
—¿Vas a ir mañana a la reunión que han convocado en el ayuntamiento de Valle Gran Rey? Podemos vernos allí.
—¿Qué reunión? —Saltó del poyo al suelo y caminó alrededor de la mesa.
—No me lo puedo creer. Te interesas por unas llamadas anónimas y no por el hecho de que hayan desaparecido dos senderistas.
—Él no respondió. Arrugó el entrecejo, desconcertado, y tamborileó con el pulgar la madera de la mesa—.
No lo sabes, ¿no? ¿Al menos has escuchado las sirenas de la policía?
Se les ha perdido el rastro a dos turistas alemanes.
No regresaron al hotel ayer por la noche.
Y esta mañana tenían contratada una excursión para visitar el parque de Garajonay, y al no presentarse en la guagua han preguntado en la recepción.
Por lo visto han entrado en la habitación y allí siguen sus maletas.
Y cuando su hijo ha llamado desde Berlín al hotel porque no lograba localizarlos, no han tenido más remedio que llamar a la policía.
—¿Y cómo te has enterado de todo eso? —le preguntó asombrado.
—Están diciéndolo los medios locales, tanto la radio como la televisión. Al parecer, la última foto que subieron a Facebook los sitúa en el mirador de San Antonio. Creen que después se dirigieron hacia la cascada de Arure, pero esto no se sabe con seguridad.
Yeray pestañeó varias veces, tratando de hacerse una idea aproximada de lo que podría haber sucedido. No eran los primeros turistas que se perdían en la isla haciendo senderismo. De hecho, sucedía cada vez que se alejaban de los caminos recomendados.
—Ya veo. Imagino que después de visitar la ermita de San Antonio habrán ido por la carretera hasta el mirador del Guro.
Y desde allí habrán iniciado el ascenso por el barranco de Arure.
—Lo dijo convencido, porque era lo que hacían los miles de visitantes que recibía al año la isla—. Han tenido que desviarse del camino.
La caminata por el barranco de Arure solía comenzar con la visita de Guro, un barrio encantador de estrechas y hermosas callejuelas y al que apodaban con cariño «El pueblo de los artistas», gracias a sus innumerables palmeras y frutales entremezclados con sus casas blancas con las puertas pintadas de añil.
Decían que todavía se respiraba en sus calles ese remanso hippie de antaño, ya que fueron muchos los norteamericanos que para huir del reclutamiento de la guerra de Vietnam viajaron a la isla en busca de esa libertad.
Después arribaron alemanes e ingleses que no solo escapaban del frío, sino de sus propias vidas, e hicieron popular el consumo de la Higuera del Diablo para probar sus efectos alucinógenos.
Sin embargo, y para sorpresa de todos, contaban con un gran poder adquisitivo y esto impulsó el desarrollo turístico de Valle Gran Rey.
Yeray recordaba que la senda partía desde el coqueto caserío de Guro y transcurría a la par que el mismísimo cauce del barranco.
Un ascenso no muy complicado, pero entretenido y repleto de rincones fascinantes que culminaban en la cascada.
Un maravilloso salto del agua custodiado por las diferentes cuevas de la pared rocosa y que añadían belleza a ese espectáculo de la naturaleza.
Diana lo devolvió a la tierra y sembró dudas sobre su deducción:
—Eso no lo saben. La pista se pierde en la ermita de San Antonio y por eso van a organizar grupos de voluntarios que conozcan bien la zona, para ayudar con la búsqueda. Pensaba apuntarme. Nos conocemos ese mirador de cabo a rabo y sus desniveles.
—Lo sé.
Yeray enumeró en su mente la cantidad de veces que se escapaban de sus respectivas casas para dirigirse a una zona más tranquila y que les diera la intimidad que necesitaban.
También, las ocasiones en las que Ricardo se presentaba allí para darle una paliza, y cómo ellos huían serpenteando los precipicios, para luego esconderse detrás de los matorrales y aguardar allí hasta que él se largara.
Habían recorrido metro a metro muchas veces esa zona, y aunque era recomendable acceder a ella en coche por la GM-1, ellos se arriesgaban a subir caminando.
—¿Sabes si habían alquilado algún vehículo? —le preguntó con una creciente curiosidad.
—Pudieron haber llegado en bicicleta. Hay muchos que alcanzan las pistas de los senderos en bici y luego se lanzan a caminar.
Yeray se frotó la frente con una mano y lanzó un resoplido.
—Estos turistas están locos.
—Las dejan aparcadas por ahí y al regresar las recogen.
No dijo nada más. Se mantuvo reflexivo, sin darse cuenta de que todavía tenía el móvil pegado a la oreja.
Su cerebro se había puesto en funcionamiento y trabajaba a una velocidad que ni siquiera él conseguía procesar.
Ni siquiera escuchaba la respiración impaciente de Diana, pues se centraba en resolver un puzle al que cada día le salían nuevas piezas.
Imposibles de encajar. Imposibles de anticipar antes de que sucedieran.
—¿En qué piensas? —le preguntó por fin ella desde el otro lado del aparato.
—Ah, perdona. Estaba intentando aceptar el hecho de que, en una isla donde apenas ocurre nada de cierta gravedad, haya habido un suicidio, una muerte por accidente y dos desapariciones en el mismo pueblo en menos de un mes. ¿No te parece llamativo?
Ella expresó sus dudas con un soplido apagado.
—No sé dónde quieres llegar.
—Te lo diré en cuanto pueda ver de nuevo los dibujos de tu padre —afirmó convencido—. Hay algo que se nos está escapando, y puede que no estemos contemplando el problema desde todo su conjunto.
—Sigo sin comprenderte.
—No te preocupes. Te lo explicaré mañana.
Colgó la llamada y contempló desde la ventana cómo el cielo se teñía de un naranja que se le antojó apocalíptico.
Era indudablemente bello, pero también aterrador.
Y aunque no creía que ningún platillo volante fuera a aterrizar en las montañas, esas llamas coloridas que atravesaban unas nubes tardías le recordaron el rastro que dejaban los motores de los cohetes espaciales al despegar. Intensas. Hambrientas. Expectantes.
A él no lo habían invitado a participar en esa partida de ajedrez que estaba librándose en el Valle. Puede que ni siquiera fuera un peón que ese temido monstruo de los sueños de Airam estuviera dispuesto a sacrificar. Desde luego, no había contado con que regresara a la isla tantos años después.
Era un mero espectador. Uno que observaba cómo las montañas alargaban sus sombras ahora que la noche caía sobre ellas.
Pero su familia no. Su familia no jugaba en esa partida siendo simples espectadores.
Airam era una pieza clave, estaba convencido de ello, y no iba a permitir que lo expulsaran del tablero antes de que alguien pronunciara el jaque mate.