El vuelo del cernícalo Capítulo 11LA FOTOGRAFÍA #2
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Capítulo 11LA FOTOGRAFÍA #2

—¿Y por qué no me has dicho nada? —Airam guardó silencio y torció el gesto para que no pudiera ver su rostro.

Yeray supo que estaba asustado, que en lo más hondo de su ser continuaba siendo ese niño temeroso que se escondía en el armario cuando creía ver a un monstruo—.

No se aprecia muy bien. Veo un borrón en el medio de las plataneras y poco más.

Su hermano deslizó con un dedo la pantalla y se colocó en la última foto.

—Esta es la m-m-mejor —le aseguró.

Yeray percibía el aliento expectante de tres bocas sobre su nuca: Martín situado detrás, a su derecha; Airam, en su lado izquierdo, y Olivia, quien se había subido a uno de los brazos del sillón y se apoyaba en sus hombros.

—Veo una silueta en el fondo, pero podría ser un animal.

—Ya te he dicho que sería una cabra —insistió su padre—. No es la primera vez que le llamo la atención a Domingo. No hay mes que se le escape alguna y aparezca en la finca.

—No es una cabra —aseveró Yeray.

Entonces, con los dedos índice y pulgar agrandó la imagen hasta que obtuvo un mejor encuadre de la silueta.

Era larga y enjuta, como si fuera una sombra proyectada en una pantalla blanca de un cine.

A pesar de lo estilizadas que eran sus piernas, no lograba diferenciar los pies del suelo.

Parecían un borrón en la tierra, por lo que no conseguía ver sus zapatos.

Sus manos estaban entrelazadas por detrás, a la altura de lo que parecía ser su trasero, así que tampoco podía discernir sus dedos.

Sin embargo, desde los omoplatos hasta la mitad de sus muslos contaba con una especie de armazón que le recordó al de las tortugas.

No, no era eso. La foto estaba muy oscura.

No se trataba de un escudo protector engarzado con huesos. Había algo más.

Aumentó aún más el tamaño de la imagen, centrándose en esas protuberancias que le sobresalían de la espalda. Y entonces lo vio: ¡eran alas! Unas alas que, aunque replegadas, estaban bien definidas en todo su contorno.

—¿Tiene plumas? —preguntó Olivia al aire, deseosa de que cualquiera de los tres adultos le respondiera.

—No se ven muy bien —le contestó mientras jugaba con el tamaño de la foto.

—Pues ahí lo tienes —sentenció su padre—. ¡Tu hombre pájaro! Tenías razón, hijo. Hay un cabrón acechándonos cuando nos vamos a la cama. Ahora intenta fijarte en su cara, a ver si podemos averiguar quién es el acosador.

Yeray siguió las instrucciones de Martín y quiso estudiar primero su barbilla, puesto que su rostro quedaba enmarcado entre dos plataneras y apenas se diferenciaban sus líneas.

Pudo determinar que tenía un mentón anguloso, no obstante, fue incapaz de distinguir sus labios.

La nariz, a simple vista, podría ser aguileña, pero tampoco podía afirmarlo con seguridad.

Tendría el cabello corto o recogido en una castaña, ya que no sobresalía en la fotografía, o bien podría ser que la hoja de una de las plataneras tapara su cabellera.

Al igual que sus pies, la cabeza se reducía a un manchón poco fiable, a excepción de la barbilla y la nariz.

Tampoco le vio las orejas, y al llegar a los ojos, dio un respingo.

Había dos puntitos rojos en el lugar de las pupilas. De hecho, eran tan pequeños que, si no hubiera agrandado la fotografía, no los habría apreciado a simple vista.

—Te dije que era un monstruo —le repitió su hermano.

—No hay duda, papá. Es un extraterrestre.

—¡Bobadas! Es un idiota disfrazado que se ha puesto lentillas rojas para asustarnos más —sentenció Martín—. Bien hecho, hijos míos. Tenemos al culpable.

Yeray sacudió la cabeza y miró a su padre como si hubiera perdido la razón.

—No tenemos nada. No podemos ir con esto a la policía. No tenemos ni idea de quién se trata.

El viejo bufó. No estaba dispuesto a tirar la toalla, ahora que tenían la evidencia de que un perturbado se colaba por las noches en su propiedad.

—Pero la verán, y sabrán que no es la primera vez que alguien se mete en mis plataneras.

El otro día presenté una denuncia, y ahora tienen la prueba —afirmó tajante mientras colocaba las manos en la cintura, como si fuera el sargento de un pelotón—.

Que se dediquen a hacer su trabajo y que hagan más rondas nocturnas. Un chiflado anda suelto.

—Esto no explica lo de las llamadas ni lo de Mateo —murmuró, sin apartar la vista del móvil.

—Explica lo de Mateo —lo contradijo al tiempo que ensanchaba el pecho, orgulloso de sí mismo—.

Este demente estaba colándose en su finca para asustarlo mucho antes que a nosotros.

Lo siguió varias noches hasta la nuestra, por eso el pobre hablaba de cernícalos.

Perseguía a un hombre disfrazado de pájaro que él creía que era verdadero, y como su mente estaba débil por el duelo de su mujer, creyó que era un fantasma que venía a por su alma.

Por eso se quitó... —Miró a Olivia, quien atendía a su conclusión con un gran interés, y se calló.

No era bueno hablarles a los niños de muertes horribles, sobre todo cuando su madre había sufrido una—. Ya me entiendes.

—¿Y qué hay de las luces en el cielo y de la hora del despertador? —insistió Yeray.

—Basura espacial. No nos quedamos tranquilos ensuciando nuestro planeta, que también tenemos que contaminar el universo entero. No estés buscándole los tres pies al gato, hijo. Mañana me presentaré en el cuartelillo y que ellos atrapen al culpable.

Yeray se rascó la coronilla y arrugó el rostro, poco convencido.

Sí, sin duda había un loco suelto que se creía un pájaro y que había precipitado las muertes de Mateo y Lala.

Sin embargo, la foto, aunque probaba su existencia, no arrojaba luz a su identidad, y eso seguía convirtiéndolo en un hombre anónimo y peligroso.

Continuaría con sus escapadas nocturnas en busca de víctimas inocentes.

—Podrías instalar cámaras de seguridad —le sugirió—, por si no dan con él tan rápido.

Martín lo torpedeó con la mirada y luego frunció los labios, pensativo. Nunca sintió la necesidad de convertir su finca en un enjambre de cables y pantallas que vigilaran hasta sus propios pasos, ni siquiera cuando años atrás se produjo en el Valle una oleada de robos de papayas.

—Me lo pensaré. —Se dio media vuelta, pero antes de abandonar la sala, se atusó los cabellos grises con una mano que luego se limpió en los pantalones—. Ahora voy a darme una ducha. Tengo el cuerpo pegajoso gracias a la maldita ola de calor que tenemos encima.

Yeray se dejó caer en el sofá. Tanto Airam como Olivia repitieron la acción y se sentaron a ambos lados. Lanzó un resoplido cansino y los dos volvieron a imitarlo.

—¿Y ya está? —dijo la niña, algo decepcionada—. ¿No hay invasión alienígena?

—Pues yo me qu-quedo más tra-tranquilo.

—Es mejor que no tiremos los gorros de aluminio, por si acaso —le recomendó Olivia.

Airam se incorporó para sacárselo del bolsillo del pantalón y lo miró con extrañeza, pero con convicción.

—¿Crees qu-que tenemos que reunir más co-comida?

—Creo que sí. Esto no ha terminado —predijo la niña muy segura—. Yo tampoco creo que sea un hombre con lentillas rojas. Nos lo dicen para que no nos asustemos, pero nosotros somos más listos.

—Eso s-s-seguro.

Yeray se limitó a escuchar la conversación mientras su mente vagabundeaba, cansado de todos los flecos sin rematar del maldito caso.

De pronto, sin previo aviso, soltó una sonora carcajada que al principio sorprendió a los otros dos, pero que segundos después acompañaron con sus risotadas.

Rio tanto que le dolió toda la musculatura abdominal y parte de la mandíbula.

Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que se había desternillado de esa manera, ni tuvo interés en que su memoria se lo refrescara, porque estaba disfrutando ese momento como un niño en un parque de atracciones ante la verborrea disparatada de Airam y Olivia.

Entonces el sonido de su móvil quebrantó una alegría que rápidamente se transformó en alarma. Después, al descubrir que se trataba de una llamada real y que de verdad había alguien detrás del auricular, regresaron las risas.

Yeray les indicó con la mano que se dirigía a la cocina para escuchar mejor y ellos permanecieron en el sillón, elaborando estrategias para afrontar la inminente invasión.

—Hola, Diana —la saludó casi en susurros al tiempo que cruzaba el pasillo y se internaba en la cocina.

—Vaya, parece que tienes una fiesta en tu casa.

—Algo así. ¿Ocurre algo?

Ella mantuvo un silencio discreto que pronto convirtió en una risa nerviosa.

Yeray apretó los párpados y cayó en la cuenta de que no había hablado con ella desde que habían descubierto a Lala moribunda en la escalera, justo después de haberse acostado en su casa.

¡Joder! Podría haberse acercado hasta allí o enviado algún que otro mensaje en lugar de desaparecer sin dejar rastro.

—Solo quería saber si estabas bien.

—Sí —se apresuró a contestar—. De hecho, pensaba llamarte hoy... para quedar otro día, por si te apetecía... Pero entonces los teléfonos se han vuelto locos.

—¿También el tuyo? No pensaba que fuera algo general. —Había duda en su voz, y no supo discernir si era porque creía que estaba dándole una excusa cualquiera o si de verdad le preocupaba el asunto de los teléfonos.

Yeray decidió interrogarla aprovechando que mostraba cierto interés, aunque fuera falso:

—¿Has llegado a descolgarlo? ¿Has escuchado algo?

—Nada fuera de lo común. Interferencias... —Titubeó unos segundos antes de proseguir—: Y silbidos.

—¿Silbidos? —Chasqueó la lengua y se concentró en esa palabra.

—Sí, ¿por qué me lo preguntas?

—No lo sé. Todo este asunto es muy extraño —le reveló sin pretenderlo—. ¿Sigues teniendo los dibujos de tu padre? ¿Esos donde retrataba al monstruo?

—Claro, no los he tirado —le respondió confusa.

Sintió esa pelusilla en el estómago, esa que le susurraba que quizá había pasado algo por alto la primera vez que observó los dibujos.

—¿Puedo acercarme ahora a tu casa?