El vuelo del cernícalo Capítulo 11LA FOTOGRAFÍA
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Capítulo 11LA FOTOGRAFÍA

LA FOTOGRAFÍA

Apresurados, abrieron la puerta de la casa de manera brusca, pese a que ya habían comprobado que los vehículos de los policías se encontraban lejos de la finca.

Se desgañitaron llamando tanto a Airam como a Olivia mientras rebuscaban en cada habitación de la casa.

Yeray pensó que le daría un infarto, pues sentía una opresión en el pecho semejante al dolor provocado por el aplastamiento de una platanera.

No lo dejaba respirar y le impedía que la voz le saliera con normalidad. Aun así, continuó llamando a su hija.

Se tambaleó hasta llegar a la cocina y se agarró a los bordes de la mesa hasta que recuperó la serenidad.

Controló la inhalación y la exhalación. Poco a poco.

Paso a paso. Tenía que pensar con claridad, dejar atrás el miedo que lo devoraba por dentro.

Y entonces se preguntó: «¿Dónde se escondería Airam si intuyera algún peligro?

». La respuesta se le presentó de inmediato en la mente, como el fogonazo del flas de una cámara vieja: en el armario de su dormitorio o en el cuarto de aperos que tenía su padre cerca de la finca.

Pensó que la segunda opción era la más viable, ya que Airam había estirado mucho y apenas le cabrían los pies en el armario.

Además, los habían llamado tantas veces que era imposible que ninguno de los dos contestara o saliera del escondrijo al escucharlos.

Sin dudarlo, abrió la puerta de atrás y se dirigió hacia la pequeña construcción donde Martín guardaba todas sus herramientas.

Le parecía increíble que todavía no la hubiera encalado y adecentado con un techo que no fuera más que una plancha de zinc mal atornillada, aunque al menos contaba con una puerta de madera gruesa para que a nadie se le pasara por la cabeza entrar a robarles.

Giró el pomo con rapidez y dio un respingo cuando los encontró agazapados en el fondo del cuartucho.

No se hallaban solos: Toby estaba con ellos.

Movió la cola en cuanto lo reconoció y se acercó a él para que le acariciara el hocico.

No obstante, Yeray ignoró al perro y con ojos perplejos observó que tanto su hermano como su hija llevaban puestos unos casquetes de papel de aluminio confeccionados a mano en la cabeza.

Además, Airam sostenía un pequeño transistor a pilas en una mano, y en la otra, un tercer gorrito que supuso que le había hecho a Toby.

Deslizó la mirada hacia el suelo y distinguió un par de linternas, varios jugos y chocolatinas y la pequeña caja de primeros auxilios que su padre guardaba en la cocina por si alguno se cortaba o sufría una lesión mientras trabajaban en las plataneras.

—¿Qué estáis haciendo aquí?

—¡Oh, papá! Menos mal que has llegado. —Olivia se abalanzó sobre sus brazos y él la miró todavía confuso.

—¿Qué llevas en la cabeza?

—Es para que los alienígenas no escuchen nuestros pensamientos —le respondió con una seguridad que lo dejó aún más pasmado—. El tío Airam lo vio en una película y dice que funciona.

—¿Qué alienígenas? —preguntó con temor.

Airam se levantó, se sacudió sin mucho esmero el polvo de los pantalones y se aproximó a su hermano con paso tímido.

—Hola, Yeray. Lo vi en Señales . Una pelí-lícula donde una familia se t-t-tiene qu-que proteger de los extra-te-te-terrestres.

—¿Desde cuándo padre te deja ver esa clase de películas? —le reprochó al tiempo que su mirada se posaba en el ridículo gorro.

—Así que estaban aquí. —Martín entró aliviado en el cuarto de aperos y luego posó su mirada escandalizada en el rostro de Airam—. ¿Qué te has puesto en la cabeza?

—Vale, vamos a dejar eso para luego y centrémonos en lo importante. —Yeray quiso quitarle hierro al asunto para evitar que comenzara una discusión que no los llevaría a ningún lado—. ¿Qué ha ocurrido aquí?

Airam, visiblemente nervioso, se quitó el gorro y comenzó a estrujarlo mientras se aclaraba la garganta.

—El teléfono —consiguió desvelar al fin—. No ha pa-parado de sonar. Lo he co-cogido la pri-primera vez y no había nadie. Ruidos. M-m-muchos ruidos.

—Y luego ha vuelto a sonar sin parar. Cinco o seis veces, no me acuerdo —continuó la niña—. Y la tele se ha vuelto loca. Los canales han comenzado a cambiarse solos, y de dibujos ha pasado a documentales, luego a una película del Oeste, luego a...

—Está bien —la interrumpió su padre—. Entonces, ¿la tele también se ha visto afectada?

Los dos lo miraron con las bocas semiabiertas y sin comprender del todo a qué se refería.

—Quiere decir que la tele también se ha vuelto loca, no solo el teléfono. —Martín hizo un gesto con la mano para que ignoraran las sutilezas de Yeray—. ¿Y qué ha pasado después?

—Hemos tenido mucho miedo, así que hemos dejado el teléfono descolgado y hemos apagado la televisión —les explicó Olivia, gesticulando de forma exagerada—. Y entonces, hemos escuchado más teléfonos.

—Pero no eran de aqu-quí. —Airam respiraba intranquilo. Se guardó el gorro en el bolsillo trasero del pantalón y comenzó a frotarse las manos, nervioso—. S-s-sonaban por todo el Valle. Y entonces he sabido qu-que ya estaban cerca.

—¿Quiénes? —Yeray ya no podía abrir más los ojos.

—Los extraterrestres, papá, que no te enteras —le aclaró la pequeña.

Incrédulo, entornó los párpados y dejó escapar un leve suspiro. El día no había comenzado como esperaba y había continuado aún peor, como para luchar ahora contra extraterrestres salidos de la imaginación desbocada de su hermano.

—Cariño, no hay ninguna invasión de platillos volantes ahí fuera. La red telefónica ha debido sufrir una sobrecarga o un jaqueo para que sonaran los teléfonos del Valle al mismo tiempo.

—¿Y la televisión? —insistió ella.

Yeray buscó apoyo en los ojos pardos de Martín, quien tampoco se creía demasiado la explicación de su hijo.

—A mí no me preguntes, yo no soy el ingeniero. —El viejo levantó las manos y se encogió de hombros.

—Pero el tío Airam le sacó una foto hace unos días a uno de esos extraterrestres con el móvil. —Yeray escudriñó en los ojos titilantes de su hija y supo que no mentía. En ese momento, todo el vello de su cuerpo se le erizó y no pudo despegar los labios—. ¿Quieres verla?

Miró a su hermano con la esperanza de que negara lo que Olivia le había revelado, pero solo encontró miedo y desazón. Era evidente que Airam no quería que nadie conociera esa información, aunque no había dudado en enseñársela a una niña de nueve años.

—¡Eso es imposible! —exclamó Martín—. Le habrás sacado una foto a una cabra desorientada.

—¿Dónde la tienes? —Yeray ignoró a su padre y se centró en su hermano. Si existía la posibilidad de tener una foto de quien él imaginaba que sería el acosador disfrazado, tal vez podrían ir a la policía con ella.

—En mi móvil. Lo he dejado en la casa p-p-para escondernos aqu-quí —afirmó con un aire de inocencia—. Pueden escu-cuchar nuestras conversaciones.

Yeray tomó la delantera y se dirigió a la casa con zancadas firmes.

Esa supuesta fotografía podría suponer un antes y un después en aquel caso enrevesado, por eso tenía que verla con sus propios ojos.

Esperó en el salón a que su hermano regresara del dormitorio, donde había ocultado el móvil en un lugar secreto.

Era consciente de lo que suponía para Airam contar con pequeños escondrijos por toda la casa para guardar lo que se le antojaba, desde una moneda que consideraba antiquísima hasta una piedra amarilla que se había encontrado en la finca.

Todo era un tesoro para él, y esos lugares eran su forma de mantenerlo a salvo de las manos negras y, en cierta manera, de protegerse a él mismo.

Por eso calmó sus nervios y aguardó con una paciencia aparente junto a su padre.

A Olivia sí le había dado permiso para seguirlo, así que supuso que confiaba en la niña más que en cualquier ser humano que hubiera conocido hasta ahora.

Y eso era algo positivo. El carácter amable y social de Airam se había visto perjudicado con la muerte de su madre, ya que era esta la que siempre estaba pendiente de él y la que fortaleció su personalidad después de que sufriera esos episodios de acoso en la niñez.

—Te pido que si no hay nada en esa foto que pueda ser importante, no le sigas el juego.

Airam necesita tener los pies puestos en la tierra.

—Martín estaba intranquilo, lo que no dejaba de ser una sorpresa, puesto que siempre estaba con la vara en la mano, dispuesto a dejarla caer sobre quien lo incomodara.

—¿Y si hay algo? ¿Qué me sugieres que haga entonces?

—Por primera vez, su padre no supo qué responderle y agachó la cabeza—.

Tú mismo has visto que están sucediendo cosas inusuales en el Valle, incluso aquí, en nuestra finca.

Yo no creo que sean alienígenas. Hay una persona de carne y hueso detrás de todo esto.

Y si queremos ponerle fin, tendremos que atraparla.

Solo quiero saber si esta vez puedo contar con tu ayuda.

—Siempre la has tenido, pero no has sabido verla.

Antes de que Yeray pudiera responder a su observación, Airam irrumpió en la habitación con el móvil en la mano.

Lo sostenía como si le escociera, como si esa fotografía digital de la pantalla estuviera ardiendo o mordiéndole los dedos para escapar de allí, de esa prisión tecnológica, y aparecer frente a los cuatro como un ser verdadero.

Le entregó el aparato a su hermano y, a simple vista, Yeray no distinguió nada anormal.

La foto estaba oscura y con un encuadre muy poco acertado, aunque habría que decir a favor de Airam que la sombra que le señalaba con el índice estaba centrada, y eso era todo un triunfo.

El grandullón solía presionar el botón de la cámara una y otra vez sin tener en cuenta el objetivo.

—¿Solo tienes esta? —le preguntó desilusionado.

—No, hay dos más. Me-me asusté m-m-mucho y luego salí co-corriendo.

—¿Cuándo las hiciste? —le preguntó al tiempo que deslizaba la imagen y se situaba en otra que parecía más nítida.

—Hace dos noches.