Capítulo 10LA FAMILIA ES LO PRIMERO #5
No obstante, apenas le dedicaba unos segundos a la semana para acordarse de él.
Quizá, al principio, su memoria le gastaba malas pasadas, pero su recuerdo fue enterrado en el olvido como el último puñetazo que le profirió.
Había sido afortunado. Conoció a Claudia, terminó sus estudios de ingeniero, consiguió empleo y luego llegó Olivia.
Nunca quiso regresar al Valle, porque allí tenía todo por lo que siempre había luchado.
No existían los Dailos ni los hermanos como Ricardo, dispuestos a perseguir a la joven pareja para castigarlos.
Y aunque echaba de menos a su madre y a Airam, tenía que reconocer con el dolor de su alma que tampoco existían los Martín en su nuevo hogar.
Su padre le dio dos palmaditas en la espalda y le susurró que era mejor abandonar la casa. Había llegado dispuesto a obtener respuestas sobre lo que estaba sucediendo en el Valle, pero tenía que salir con el rabo entre las piernas y un sinfín de dudas en los bolsillos.
No podía asegurar que Dailos fuera su hombre pájaro.
No podía asegurar que esa pesadilla estuviera llegando a su final.
No podía asegurar que su vida ya no corriera peligro, pues de alguna manera esa familia de chiflados lo había amenazado.
Se encaminó hacia el pasillo, cabizbajo, con cierta sensación de derrota, cuando quiso dirigirse a Felipe por última vez:
—¿Has recibido alguna oferta por tus terrenos?
—Creo que eso no es de tu incumbencia —le respondió con una frialdad que heló las paredes estrechas del corredor.
De pronto, escuchó el sonido de un teléfono retumbar en el salón que apenas habían abandonado. Chillaba exaltado. Y fue imposible evitar un intercambio de miradas donde todos exponían sus argumentos. El de Yeray estaba claro: estoy aquí, así que yo no soy tu acosador.
Aurora pareció leerle el pensamiento y se adelantó a cualquier deducción errónea de los presentes:
—Puede ser Marita. Dijo que me llamaría hoy.
La mujer se internó en la sala y descolgó el teléfono ante la expectación de los cuatro hombres.
—¿Quién es? —Hizo una pausa que a todos les pareció interminable, para luego añadir—: ¡Basta ya de bromas!
Voy a denunciarte, maldito Yer... —No terminó de pronunciar el nombre, puesto que Yeray había regresado al salón y se encontraba justo enfrente de ella.
Aun así, no quiso desperdiciar una buena acusación—: Puede que sea el subnormal de tu hermano —se excusó de forma nerviosa y apresurada al tiempo que colgaba la llamada.
Entonces, escucharon otro teléfono sonar. Venía desde el interior de la pared. No, desde el interior no, sino del otro lado. Su soniquete era estridente, y por eso les daba la sensación de que se trataba de otro teléfono que tuviera la familia.
—Es el fijo de Irene, nuestra vecina. Tiene un ruido escandaloso.
De improviso, el teléfono de los Martínez comenzó a vibrar de nuevo; no obstante, esta vez Yeray no aguardó a que respondieran, sino que salió a la calle empujado por los latidos recién recuperados de su corazón y descubrió que su pálpito no se equivocaba: todos los teléfonos fijos de las casas de los alrededores sonaban al unísono, fruto de un contagio invisible que los obligaba a emitir un retintín impropio de ellos, ya que muchos parecían gritar como las alarmas de los coches al saltar sin ton ni son.
—¿Qué demonios está ocurriendo aquí? —preguntó Martín mientras su mirada se movía de casa en casa—. ¿Es que los teléfonos se han vuelto locos?
Yeray extrajo el móvil de su pantalón y constató que no estaba siendo afectado por lo que fuera que estuviera sucediendo en el Valle en ese instante. Buscó rápido el número de su hermano y lo llamó.
—Venga, contesta, Airam. Contesta.
Las sirenas de dos coches policiales lograron que ambos apartaran la vista del móvil y siguieran a los vehículos.
Desfilaron por la calle San Antonio hasta que giraron por el camino Cerco Rey.
Desde allí podrían alcanzar el colegio público de El Retamal o también internarse por el camino El Coquillo para dirigirse hacia el mismo centro de El Retamal.
Es verdad que podrían escoger otras carreteras para llegar a diferentes puntos, como Los Jardines de La Molina o tomar rumbo hacia La Rinconada, pero, en ese momento, tanto Yeray como su padre pensaban en su casa. En Olivia y Airam.
—Esto no me gusta nada —masculló Yeray.
—Hay muchas casas por ese camino. No tiene por qué haber ocurrido algo en la nuestra.
—Lo sé —admitió al tiempo que se subía en la furgoneta—. Pero esto no puede ser obra de Dailos solo. Él estaba en la misma habitación que nosotros mientras todos los teléfonos se volvían locos.
—¿Has visto el odio en sus ojos? —le preguntó Martín, sin abandonar del todo la inquina—. Yo no lo descartaría tan a la ligera. Podría contar con cómplices.
—¿Capaces de hackear la red fija? —Yeray soltó un resoplido incrédulo—. Ese tío es un idiota.
Martín entornó los párpados y sus ojos hundidos casi desaparecieron tras un rostro lleno de arrugas.
—¿Y en quién estás pensando, hijo?
Yeray observó el semblante sincero de su padre y sufrió un ligero mareo.
Tuvo que esforzarse en abrir bien los ojos y concentrarse en la carretera para no terminar derrapando y caer en el fondo de cualquier barranco.
Su padre, el gran Martín Darias, le pedía su opinión, y entonces supo que de verdad estaban jodidos.