Capítulo 10LA FAMILIA ES LO PRIMERO #4
—No es culpa mía que el retrasado no supiera defenderse —soltó con una lengua cargada de tanto veneno que hasta Martín fue salpicado con su inquina.
El viejo se levantó como impelido por un resorte. En una zancada, llegó hasta ella y la acorraló contra el respaldo del sillón.
—¿Retrasado, dices? No me extraña que tu hijo haya crecido torcido, dada la mala hierba que tiene a su lado —le dijo entre dientes mientras inclinaba el torso hacia delante—. No contaba con nadie que le enseñara a quitársela de encima y chupó de su mismo veneno. Eres una víbora.
Yeray abandonó el asiento y agarró a su padre por el brazo para separarlo de la mujer.
Se interpuso entre ambos, y con las manos empujó a Martín hasta devolverlo al sillón, aunque el cabezota de su padre se negó a sentarse.
Luego se dio media vuelta y observó a la mujer con la barbilla bien alta, tenso, lleno de rabia y procurando que el temblor de sus labios no se hiciera más evidente.
No quería que ninguno de los dos apreciara su debilidad.
—Por suerte, yo sí sé defenderme y tomé cartas en el asunto. —Yeray chocó varias veces el puño derecho contra la palma de la otra mano al tiempo que ella se tapaba la boca horrorizada. Sabía que no tendría que haber hecho ese gesto impropio de él, pero en ese instante pensó en la familia.
—Si no se van ahora mismo de mi casa, llamaré a la policía —los amenazó nerviosa y con la voz entrecortada.
—Llámala —la alentó Yeray—. Estoy deseando presentar una denuncia por acoso y solicitar una orden de alejamiento.
—¡Mi hijo no es el responsable de esas llamadas! —les gritó histérica—. No es él. Esta vez, no es él.
—¿Por qué está tan segura? —Yeray se apartó y le dejó el espacio que necesitaba para que se levantara y no se sintiera acorralada.
En ningún momento se le pasó por la cabeza pegarle, ni siquiera se había presentado en su casa con el ánimo de amedrentarla, pese a que había insultado a su hermano de una manera tan cruel—. ¿Sabe quién está llamándonos?
Ella negó con la cabeza.
—No, pero nosotros también empezamos a recibir esas llamadas —le confesó—. Comenzaron el día que tú llegaste a la isla.
—¿Qué? —Yeray no lo comprendía. ¿Qué trataba de insinuar con esa afirmación?
—Eso no tiene ningún sentido, Aurora —afirmó el viejo, con el entrecejo arrugado—. ¿Para qué querría mi hijo llamar a esta casa después de veinte años?
—¿Para amenazarnos como lo ha hecho ahora? —La mujer, aunque menuda, se cuadró resuelta frente a los dos hombres.
—Eso es una estupidez —se defendió Yeray—. Yo no he venido aquí para nada de eso.
—¿Seguro? Dicen que encontraste al viejo Mateo colgado de un árbol y que te colaste por el balcón de Lala para empujarla por las escaleras —se atrevió a decir la mujer, con una lengua que hablaba más rápido que sus intensos ojos azules.
Yeray soltó un bufido y se lamentó de que los cuchicheos ya hubieran comenzado.
—Eso no ocurrió así. —La miró con incredulidad y, luego, con el desprecio propio de una bruja sacada de los cuentos infantiles: maligna y cruel.
—Eres tú el que nos llama para que nos caguemos de miedo —lo acusó con el dedo índice—. Has planificado un plan de venganza casi perfecto, y ahora tu próxima víctima será mi hijo, pero no vamos a permitírtelo.
Martín se llevó las manos a la cabeza, sin dar crédito a nada de lo que estaba soltando la mujer.
—Pero ¿qué machangadas estás diciendo? Mi hijo puede ser muchas cosas, pero no es un asesino.
Yeray tuvo que parpadear varias veces para que no se produjera un cortocircuito en su cerebro.
Había llegado a la casa con el ánimo de facilitar un diálogo que le aclarase algunas dudas, ya que en el fondo no creía que Dailos fuera tan estúpido de disfrazarse de cernícalo e ir asustando a los ancianos, pero aquello estaba convirtiéndose en una caza de brujas, donde él era la persona que iría directamente a la hoguera.
Quiso dirigirse a la salida, pues no estaba dispuesto a escuchar más sandeces, sin embargo, ella continuó:
—Mateo no quería que tú salieras con Diana, decía que no eras bueno para ella, y Lala fue testigo de la paliza que le diste a mi hijo. Entonces, cuando tu padre se enteró y supo que yo había hablado con ella para que me acompañara como testigo, le pagó para que no hablara.
—¿De qué está hablando? —Yeray posó sus ojos triturados como el cacao en el rostro impasible de su padre.
—No la escuches. Está loca. Ahora sé por qué jamás le contó a Felipe que nos reunimos con ella ni lo de las llamadas, ¡nada!... Está como un cencerro.
De pronto, escucharon el sonido de unas llaves introducirse en la cerradura y Aurora aprovechó el momento para correr hacia el pasillo y gritar ayuda con el mismo desespero que si unos ladrones armados hasta los dientes hubieran entrado en la casa.
—¿Qué ocurre?
Martín escuchó la voz conciliadora de Felipe y los continuos gimoteos de su mujer, a quien no se le entendía nada de lo que quería verbalizar.
El viejo se metió las manos en los bolsillos con paciencia y aguardó a que Felipe entrara en el salón.
No quería que lo viera como una amenaza, sino como un vecino que había ido a aclarar ciertas dudas.
Sin embargo, no fue Felipe el primero que se adentró en el salón, sino Dailos.
Empujaba un carrito con un bebé que apenas tendría un año.
Tenía los mismos ojos negros y grandes que su padre, aunque su cara era más agraciada que la suya.
—¿Por qué estás en mi casa? —Ignoró la presencia de Martín y se enfocó en el rostro de Yeray, todavía apabullado por la teoría esperpéntica de Aurora.
—Estamos haciendo una visita cordial. Nada más —le respondió, sin querer ofrecerle más detalles.
—No hay nada cordial que pueda salir de ti.
Yeray apretó los labios y dibujó una sonrisa teatral. Ya le habían dejado claro que, a pesar de los años, no era bien recibido en la casa.
Su padre intentó apelar al buen sentido común que siempre había caracterizado a Felipe y añadió:
—No estamos aquí para armar jaleo. Desde hace unas semanas, han empezado las llamadas.
Felipe no respondió. Se limitó a sacar a su nieto del carro y cogerlo en brazos mientras le acariciaba la espalda. No quería intervenir en la charla amistosa, sino escuchar las palabras de la boca de su hijo que habían sido silenciadas durante años:
—Se dice en el bar que hay un pájaro enorme sobrevolando tu finca —comenzó Dailos—.
Creo que es un cernícalo. Por lo visto, acecha a todos los miembros de tu familia desde el aire y posa sus pies grandes en el suelo para darse una vuelta por tu finca y así poder mirar mejor a través de las ventanas de la casa de los Darias.
—Paseaba por el salón con aires de grandeza, con esa actitud prepotente de la que alardeó mucho cuando era un adolescente—.
¿No te parece curioso? El cernícalo es un ave diurna, pero a este en particular le gusta la oscuridad de la noche.
Jugar al escondite contigo. Reírse de ti.
Y sacarte de tus casillas. ¡Un monstruo ha vuelto al Valle!
—anunció pletórico al tiempo que alzaba los brazos—.
Pero no sabemos quién se comerá a quién.
¿Quieres que hagamos una apuesta? —La punta de su zapato cruzó el límite de la distancia personal moralmente admitida.
Yeray la observó y luego alzó la mirada para encontrarse con el rostro fresco de Dailos—.
Ahora, lárgate de mi casa. Yo no soy el culpable que estás buscando.
Esta vez, tendrás que moler a palos a otro.
Yeray percibió cómo una de las venas de las sienes se le hinchaba de manera evidente.
Podía contar sus palpitaciones, arañar la superficie hasta hacerla sangrar, pero se contuvo.
El rostro tierno de Claudia emergió de las profundidades para recordarle que nunca fue ese chico en el que todos insistían que era en realidad.
Si Diana había conseguido que se reconciliara y abrazara su parte más pasional, Claudia lo había hecho con su parte más dulce.
Las dos lo habían ayudado a su manera. Y ahora Diana había logrado que ese trozo de su corazón que él había dado por muerto volviera a la vida.
Dailos no tenía ni idea de lo que estaba hablando, y por primera vez Yeray sintió pena por él. Imaginó que fueron muchos los años donde la inquina y la frustración lo llevaron a odiarse a sí mismo, aunque el destinatario de su rabia era él: Yeray Darias.