Capítulo 10LA FAMILIA ES LO PRIMERO #3
Lo sabía. Su padre sabía que estaba sospechando que Dailos, trastornado después de que lo obligaran a marcharse del Valle, hubiera vuelto transformado en el hombre pájaro.
Aun así, todavía no llegaba a comprender por qué no había sacado fuera esa furia antes, ya que, según Airam y el mismo Martín, muchos veranos regresaba al pueblo para visitar a sus padres.
¿Por qué ahora, Dailos?
No conocía mucho la vida del acosador de su hermano desde que se había marchado de El Retamal, ya que dos años después lo había hecho él.
Se había tropezado con su padre y su hermana varias veces en la carnicería, pero ninguno fue capaz de decirle nada.
Agachaban sus miradas, avergonzadas y algo temerosas, esperando a que él soltara una frase malsonante.
Nunca lo hizo. Así que en cuanto les entregaban la carne, salían del local disparados.
Podría haberles preguntado por Dailos, preocuparse por su estado; aunque, para ser sinceros, en esa época no le importaba demasiado lo que le ocurriera.
Lo había alejado de su hermano, y su grupito de burros amaestrados jamás se atrevió a ponerle una mano encima a Airam.
Les había lanzado un mensaje del que se sentía orgulloso: quien se mete con mi hermano, lo hace conmigo.
Supo que su madre se trasladó poco tiempo después con sus hermanas a San Sebastián para cuidar de él. Después de salir del hospital, estuvo en rehabilitación algunos meses, pues acusaba cierta cojera, pero, por lo que oyó decir, nada que no tuviera solución.
Algunos en el barrio celebraron el escarmiento, ya que su grupo de matones les tiraba piedras a los turistas o asustaban a las niñas enseñándoles sus partes íntimas para que salieran corriendo.
Recordó que Diana fue una de sus innumerables víctimas en una ocasión.
Pero ella no huyó. Se quedó mirándolos, señalándolos con el dedo y riéndose de ellos.
Después, al llegar a casa, ni corta ni perezosa se lo contó a su hermano y a Mateo.
Este no dudó en hacerle una visita poco amistosa a los Martínez.
Tal vez fuera ese el motivo por el que el padre de Dailos no se acercó jamás para increparlo o amenazarlo por lo ocurrido.
En el fondo, sabía que era un maldito abusador.
Sin embargo, le costaba imaginar que después de tanto tiempo Dailos no hubiera rehecho su vida de alguna manera.
Las chiquilladas del pasado se quedaban en el pasado y en la memoria de los protagonistas, puesto que eran pocos en el pueblo los que se acordaban del incidente.
Aunque no podía calificarse de otra travesura sin importancia.
Además de que la vida de Dailos había estado pendiente de un hilo, le costó una buena reprimenda de su padre y que desde ese día lo mirara como si se hubiera convertido en un asesino.
Su madre fue incapaz de dirigirle la palabra durante días, ya que lo único que hacía era llorar.
Y Airam, en lugar de verlo como el héroe que esperaba, lo contemplaba como si fuera un ser sin alma, sin corazón.
Solo Yaiza lo había felicitado, y le había asegurado que si no lo hubiera hecho él, ella lo habría molido a palos.
Su reputación de chico centrado en los estudios y con notas excelentes había cambiado a la de rebelde sin causa.
Y eso lo había marcado sobremanera. Tenía un tachón en el corazón que era imborrable, y muchos lo miraban con recelo, como si dentro de él habitara un monstruo oscuro y maligno dispuesto a aflorar cuando menos lo esperaran.
Se había convertido en una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Imprevisible. Violento. Irascible.
Puso un caldero de agua a hervir, decidido a cocinar un arroz blanco y a freír algunos plátanos.
En ese momento, era lo mínimo que podía hacer por la familia.
No se encontraba con ánimos de ayudar en la finca.
Su padre le había despertado recuerdos que tenía enterrados bajo varias capas de tierra, olvidados para que no pudieran dañarlo cuando quisieran, pero se habían escapado y ahora lo torturaban de nuevo, veinte años después.
Así que prefirió distraerse moliendo en el pasapuré los tomates para hacer una buena salsa que acompañara su arroz.
Ya por la tarde, cogieron la furgoneta y se dirigieron a la casa de los padres de Dailos, quienes vivían en La Vizcaína, a pocos metros del tanque de riego El Molino.
La función era la de almacenar el agua proveniente de los barrancos para su uso posterior en el riego de los cultivos, como la mayoría de la zona.
Yeray distinguió la casa rosada y se revolvió en el asiento.
Demasiados recuerdos ingratos lo devolvían a una fotografía donde él dejó de ser él por unos minutos largos.
Recordaba los gimoteos de Dailos, las súplicas y cómo llamaba a su madre desesperado mientras él se ensañaba con su rostro ensangrentado.
No ocultó su pesar. Le disgustaba tener que verlo cara a cara por primera vez después de aquel incidente, pese a que los años habían diluido aquella fotografía en su memoria y apenas podía contemplarla en su totalidad.
Inspiró hondo antes de avanzar hacia la entrada del caserío.
Aurora, la madre de Dailos, les abrió la puerta y dudó unos segundos si dejarlos pasar.
Había resentimiento en las líneas definidas de su rostro, las cuales trataba de ocultar tras una sonrisa fingida.
Martín insistió en que necesitaba hablar tanto con Felipe como con ella, y a Aurora, después de unos segundos de batalla interna, no le quedó más remedio que dar un paso al lado y permitir que entraran en su casa.
—Felipe ha salido un momento. Creo que no tardará —se excusó la mujer, de largos cabellos grises recogidos en una castaña poco favorecedora.
—No pasa nada, Aurora. Podemos esperarlo en la sala.
No tomaron asiento hasta que ella se lo indicó con un gesto de la mano.
Yeray percibía su disgusto, incluso cuando les sirvió dos vasos de agua fresca como buena anfitriona.
Le temblaba el cuerpo de arriba abajo y evitaba mirarlos a los ojos, sobre todo a él.
Y podía comprenderla. El monstruo que casi mató a su hijo estaba sentado ahora en su sofá con una actitud predispuesta a un diálogo, el cual le inspiraba un profundo recelo.
No solo se lo decían sus dos iris azules, que se movían con desconcierto y al mismo tiempo con curiosidad.
Sobre todo, la delataban sus músculos tensos y un ligero tic en su barbilla redondeada que saltaba de vez en cuando.
—¿No está Dailos por aquí? —Yeray rompió el silencio afilado con una pregunta que enfrió aún más el ambiente.
—También ha salido.
—Entonces, ¿está en el Valle? —insistió, sin dejar de estudiar el rostro de la mujer.
Aurora palideció y se frotó las manos, nerviosa.
—Sí, viene algunos veranos cuando el trabajo se lo permite. Pero eso ya lo sabe tu padre. —Le lanzó una mirada inquisidora al viejo que este recibió con indiferencia—. No soy tonta. ¿Qué es lo que pasa?
—Podemos esperar a que llegue tu marido —le aconsejó Martín.
—No, podemos hablar ahora y puede que zanjar este asunto antes de que Felipe llegue.
No está muy bien de salud y no quiero que se sobresalte lo más mínimo.
Tu hijo no habría venido hasta aquí si no se tratara de algo importante, Martín.
Y yo empiezo a estar cansada de que todos los males de este mundo sean culpa de Dailos. Muy harta.
Martín carraspeó y ocultó su malestar inicial llevándose el vaso de agua a la boca.
Necesitaba humedecer el paladar, puesto que no le hacía gracia tratar con Aurora directamente, por muy enfermo que estuviera Felipe.
Los asuntos de hombres era mejor que los llevaran hombres, y él había hecho un trato con su marido en el pasado, no con ella.
—Hace unos ocho años, si mi memoria no me falla, Ángela y yo vinimos a hablar contigo. Felipe tampoco estaba y tú nos prometiste que solucionarías el problema. No lo hiciste. Y ahora han comenzado las llamadas anónimas de nuevo —le contó el viejo, sin que le temblara el labio.
—No es Dailos —dijo de forma rotunda.
—Tampoco lo creías en ese entonces, y era él.
Lo sabes. —Aurora frunció los labios, preocupada.
No había querido sentarse hasta ese momento y lo hizo con cierta desgana—.
Nos prometiste que hablarías con tu marido, pero no lo hiciste.
Lo sé porque a la semana siguiente coincidí con él en la panadería y no tenía ni idea de nuestra conversación.
—Dailos ya había recibido suficiente castigo.
Lo apartamos de nosotros para que tus hijos pudieran crecer tranquilos en el Valle.
Yo nunca estuve de acuerdo con ese trato y se lo dejé bien claro a Felipe —los informó, con un rostro que no mostraba arrepentimiento—.
Era solo un niño que se divertía haciendo alguna trastada o gastando alguna broma.
Yeray abrió los ojos de par en par, incrédulo por la vaga defensa que estaba haciendo de su hijo.
—Me alegra saber que tenga en tan alta estima a Dailos, pero ese adolescente bromista y juguetón, como usted insiste en calificarlo, perseguía a mi hermano día tras día hasta mi casa.
Airam trataba de huir de él y de su grupito de animadoras sin cerebro —le recordó, esforzándose en no transmitir ninguna emoción, aunque estaba resultándole casi imposible—.
Y mi hermano terminaba corriendo por el borde de los barrancos con la esperanza de que esos tres animales no se atrevieran a ir tras él por esos senderos peligrosos.
Pero lo hacían. Y lo cogían. Entonces, le daban una paliza, lo dejaban en calzoncillos y se meaban encima de él.
¿Y usted está hablándome de bromas entre chiquillos?
¿De verdad se sentía mejor por las noches cuando se acostaba pensando que su hijo se había divertido como cualquier niño del barrio?
Ella tragó saliva, incómoda, y evitó mirarlo a la cara.