Capítulo 10LA FAMILIA ES LO PRIMERO #2
Yeray ladeó la cabeza para esquivar el golpe de su padre, aunque en realidad ya lo había pillado con la guardia baja y su dardo venenoso se le había clavado en el mismísimo pecho.
—Fue en defensa propia —se excusó.
—No tendrías que haberte defendido si no hubieras ido a buscarlo —le dijo con los dientes apretados.
—Sabes por qué lo hice —trató de justificarse, pero su padre continuaba con todos los músculos de la cara tensos.
—No importa lo lejos que te hayas ido: el Valle recuerda.
Las montañas olfatean la sangre y no han apartado la mirada de ti desde que has llegado.
Los árboles te vigilan y los caminos cuentan tus pasos.
Estás marcado en la isla, y eso no lo cambiarán tus suéteres de cocodrilo ni los zapatos caros que te empeñas en ponerte.
Yeray apretó los puños con rabia y quiso desahogarse con el viejo, pero aguantó ese impulso adolescente que volvía a habitar en sus entrañas. Ya no era ese. Ya no.
—¡¿Y qué querías que hiciera?! ¡Lo hice por Airam!
—Tu hermano no te pidió que fueras a por él. Es más, te rogó que no salieras a buscarlo. —Martín dio dos pasos al frente y no le importó que su nariz estuviera a dos palmos de la de su hijo.
—¿Te acuerdas de cómo le dejaron el ojo? ¡Casi perdió la visión! —le reprochó enfadado.
—Tendrías que haber esperado a que yo llegara a casa. Habría tratado el asunto de otra manera.
—¿Cómo?, ¿hablándole a sus padres para que lo castigaran? —Hizo una pausa en la que el aire se le atragantó—. Iban a volver a hacerlo. Siempre se ensañaban con él y tus palabras nunca sirvieron de nada. Alguien tenía que hacer algo.
El viejo lo agarró por el cuello de la camisa sin pestañear. Estaba enfurecido. No quería volver a tener la misma discusión otra vez. No quería escuchar sus excusas, sus gimoteos otra vez, el sonido de su respiración agitada mancillando el apellido de la familia.
—Casi lo mataste —le dijo entre dientes y con una rabia que transformaba sus fosas nasales en aletas de tiburón. Hambrientas. Enajenadas por el olor a sangre fresca—. Si no llego a aparecer, ese chico estaría muerto. Y fui yo quien tuvo que limpiar toda tu mierda. ¿Recuerdas eso?
Se miraban a los ojos, como si fueran dos boxeadores en el asalto final de un combate amañado de antemano, cuando el teléfono de pared sonó.
Ni siquiera el sonido amenazante de su timbre consiguió que alguno se moviera de su posición.
Era el enfrentamiento entre dos titanes del que Yeray ya conocía el resultado.
Martín siempre ganaba. Ignoraba cómo lo hacía, pero siempre resultaba vencedor, aunque no tuviera razón.
El viejo era más testarudo que una mula de carga y jamás se bajaría del burro, aunque esta vez, quizá, tendría que admitir que tenía parte de razón.
El transcurrir de los años se lo susurraba cada vez que recordaba ese momento: «Ese no eras tú».
Martín había evitado que los agentes de policía se entrometieran y el consiguiente castigo, pues él ya contaba con dieciséis años.
Los padres de los involucrados lo dejaron estar como una pelea de críos que se les había escapado de las manos.
Así, él pudo retomar el instituto, y el acosador de su hermano, Dailos Martínez Dorta, iniciar una vida lejos del Valle, bajo las faldas de sus tías en San Sebastián.
Ese fue el trato al que llegaron. Dailos jamás se acercaría a Airam, pero entonces comenzaron las llamadas.
El viejo lo soltó y, sin apartar sus ojos pardos de él, descolgó el auricular.
—¿Quién es? —preguntó en tono autoritario.
Yeray estudiaba cada gesto de su padre, cada segundo de silencio en el que hablaba sin decir nada, pero fue una gota de sudor grueso en la frente, una única gota, la que logró inquietarlo.
—Pásame el teléfono —le rogó.
Martín lo ignoró y le dio la espalda.
—Voy a dejártelo muy claro, Dailos: acércate a mi hijo y esta vez no la contarás, porque seré yo mismo el que te rompa el pescuezo. —Colgó con violencia y luego posó sus ojos avispados en el rostro intranquilo de su hijo—. Esta misma tarde le haré una visita.
—¿Qué te ha dicho?
—Nada. Ya sabes que no dice nada. Respira fuerte y de vez en cuando suelta una risotada. Eso es todo lo que se atreve a hacer.
Yeray inspiró hondo y, más relajado, arrugó el entrecejo, mostrando su desconcierto.
—¿Y cómo estamos seguros de que es él?
—Por el amor de Dios, estuvimos años recibiendo esas llamadas anónimas. Es Dailos. Cada vez que viene de visita al Valle, coge el teléfono para asustarnos, para recordarnos que pudiste ir a un reformatorio. Es su venganza por lo que le hicimos.
—Él también habría terminado ahí —reflexionó—. No era una hermanita de la caridad. Era un matón.
—No empieces con ese tema. Zanjamos el asunto como pudimos. Se fue lejos y sus padres estuvieron de acuerdo.
—A cincuenta kilómetros —matizó—. No tan lejos.
—Los suficientes para que no se meara encima de tu hermano.
Yeray lanzó un resoplido y se masajeó la frente para aclarar sus ideas.
Si Dailos había regresado al pueblo hacía poco y las llamadas habían comenzado días después, ¿qué posibilidades había de que Dailos fuera el acechador?
Airam había empezado a verlo en la finca semanas antes de que él llegara a la casa con Olivia.
Eso coincidía en fechas con el inicio del verano, a finales de junio.
Puede que esta vez no solo se centrara en las llamadas, sino que quisiera acercarse hasta la mismísima finca para observar desde allí a su padre y a su hermano.
Pero, entonces, ¿cómo es que Mateo no lo había reconocido en cuanto se topó la primera vez con él?
Tenía tantas preguntas... Tantas dudas...
—No tiene sentido —afirmó, arrugando el rostro—. Tú has dicho que las llamadas pararon hace más de siete años. ¿Qué edad puede tener ahora Dailos?, ¿treinta y cinco? Era un maldito repetidor en la clase de Airam y...
—¿Y qué más da los años que tenga ahora? —lo interrumpió Martín.
—Porque la gente cambia. Muchos cogemos al vuelo esa segunda oportunidad que nos da la vida y tratamos de hacerlo lo mejor posible.
—¿Y para eso tenías que irte a Madrid? —le reprochó con dureza.
Yeray volvió a encajar el golpe, pero quiso mantenerse en pie antes de que su padre lo tumbara en la lona. Quiso resistir con todas sus fuerzas, aunque ya le costaba pensar.
—¡Me ahogaba!
—¿Y cuánto tengo que esperar para que una ola te dé otro revolcón y quieras salir huyendo de aquí? —lo increpó Martín.
Otro golpe directo al mentón. Bajó la barbilla y se la masajeó como si de verdad le escociera. Luego negó varias veces hasta que apretó la barbilla y quiso mirar a los ojos a su padre.
—Sabes que eso no es justo —murmuró.
—Me da igual que no sea justo. Di la cara por ti —escupió con rabia—.
No tienes ni idea de todos los culos que tuve que besar para que no se presentara una denuncia contra ti.
Dejaste al chaval inconsciente. Tuve que llamar a una ambulancia y esperar a que llegara mientras le secaba la sangre con mi camisa.
Sí, sé que era un mierda, pero hasta un cabrón como él no se merecía morir así.
Esa no era la justicia que quería para Airam. ¡Esa no!
Yeray tragó saliva y asintió, cabizbajo. Harto de luchar. Noqueado con el convencimiento de que Martín tenía razón. Se extralimitó y se negó a admitirlo durante muchísimos años.
—Lo sé ahora —admitió, sin una defensa que endulzara su confesión—. Quería que sufriera como estaba haciéndolo Airam y no medí las consecuencias.
—Se te fue el baifo. Te volviste loco —prosiguió Martín.
Yeray tragó saliva. Con rostro arrepentido, intentó ablandar a su padre:
—Por eso quiero acompañarte a casa de sus padres.
—¡Ni hablar! Por eso mismo no puedes venir.
Bufó. Sabía que Martín jamás le permitiría poner un pie en esa casa.
El viejo temía que se descontrolase de nuevo y volviera a darle una paliza de muerte.
Sin embargo, él tenía que estar presente en esa conversación.
Había cambiado. Ya no era ese adolescente impulsivo e irracional.
La ciudad lo había domado, le había enseñado que todo hombre tenía que enfrentarse a su padre para salir de su yugo.
Él lo había hecho; quizá no de la mejor manera posible, pero lo había conseguido.
Martín había cometido muchos errores con él, y él también con su padre.
No obstante, quería demostrarle que ya no era ese chiquillo rebelde y contestón que podía enfrentarse a su pasado sin agravarlo.
Además, tenía que saber si Dailos estaba metido en el ajo y trabajaba para alguna inmobiliaria.
Si él no era el responsable de lo que estaba sucediendo en el Valle, quería escucharlo de su propia boca.
Así podría pasar página y seguir otra línea de investigación.
—Si es Dailos quien ha retomado las llamadas, tengo que saberlo —insistió, seguro de sí mismo.
—¿Por qué?
—¡¿Por qué?! Porque esta es mi familia. Ahora vivo aquí con mi hija y quiero que esté a salvo. Y si no es él, pues le pediré perdón por lo que le hice en el pasado. No quiero que sentimientos como la venganza puedan aflorar en el Valle ahora que he vuelto. Olivia no se merece esto.
Su padre lo miró con recelo y después asintió con levedad. Sus ojos pardos, más enterrados que nunca, olfateaban la debilidad como un sabueso avispado.
—Te conozco, y sé que estás escondiéndome algo, pero ni por todo el oro del mundo me perdería tus disculpas.
Iremos después de almorzar. —Se encaminó hacia la salida, pero antes de abandonar la cocina se detuvo sin darse la vuelta—.
Eso sí, hijo, si él es nuestro acosador, no quiero que salga de tu boca un «Lo siento». A cada cerdo le llega su San Martín.