Capítulo 10LA FAMILIA ES LO PRIMERO
LA FAMILIA ES LO PRIMERO
Tampoco durmió esa noche. Se quedó sentado en la cama observando las oscuras montañas del exterior, como si fueran sombras fantasmagóricas dispuestas a deslizarse cuando nadie las viera y a arreadles un zarpazo a todo aquel que se hubiera atrevido a profanarlas.
Y ahora mismo, él se sentía una de esas personas que caminaban al borde del abismo, esperando su turno para ser empujado y absorbido por los mismísimos acantilados que lo habían protegido cuando era un niño.
Estaba moviéndose en terreno peligroso y era consciente de ello, pero no pudo dilucidar si ese hombre disfrazado lo había invitado a la fiesta con conocimiento o había sido él el que se había entrometido en sus asuntos con arrogancia.
Ya no había vuelta atrás. Primero Mateo y después Lala.
Un suicidio y un accidente, así los había catalogado la investigación policial.
Y él no quiso echar más leña al fuego. No les nombró a los agentes al hombre alado al que había hecho referencia la mujer antes de cerrar los ojos, sobre todo porque carecía de sentido.
El acechador tendría que haberse colado en la casa sin que nadie advirtiera su atuendo a plena luz del día, con la puerta y las ventanas cerradas.
Él mismo había tenido que usar una escalera para acceder al interior, así que la madre de Toño no pudo haberlo visto dentro de la casa.
Tendría que haberlo hecho desde uno de los cristales, quizá mientras vigilaba el pequeño huerto de papayos que tenía en la parte posterior de la casa.
Eso coincidía más con el modus operandi del acechador.
Se habría introducido en la propiedad por la parte de atrás y habría recorrido el huerto unos minutos al tiempo que vigilaba a la mujer.
Lala tuvo que percatarse de su presencia desde una de las ventanas del segundo piso y quiso bajar a toda velocidad para ahuyentarlo de sus terrenos.
Pero no llegó a pisar la primera planta, puesto que se había tropezado y caído de las escaleras de forma terrible.
Sí, esto fue lo que debió de suceder.
Pero, entonces, ¿qué tenía que ver el agujero de la pared?
, ¿qué había querido transmitirle con eso?
Se rascó el cuero cabelludo y luego se masajeó la barbilla, pensativo.
Lala tampoco le había negado que el hombre disfrazado la hubiera empujado escaleras abajo, por mucho que a él no le cuadrara esa versión.
No tuvo tiempo de decir nada más, así que tampoco podía descartar del todo la teoría.
Los sanitarios trataron de devolverle la vida con una reanimación cardíaca que duró unos veinte minutos.
En ese tiempo, ya había llegado Toño a la casa y quizá pudo despedirse de ella antes de que declararan su muerte oficial.
Él había permanecido fuera junto a Diana mientras otros vecinos, apenados por el trágico accidente, se reunían en el salón de la vivienda a la espera de noticias.
Ni los policías pudieron sacarlos de allí, ya que se encontraban improvisando un padrenuestro cuando los hombres de la ley se presentaron en la casa, y como no molestaban a los enfermeros, los custodiaron en el salón para que ninguno de ellos se acercara a las escaleras.
Toño salió poco tiempo después y se dirigió a él con la cara enrojecida y unos surcos que definían las carreteras por las que las lágrimas habían decidido transitar. Eran tantas que el rostro del taxista se le antojó hinchado.
—Me han contado que has sido tú el que ha entrado por el balcón e intentado salvar a mi madre —le dijo con voz rota.
—Hemos sido todos.
El hombre asintió con rapidez, como si ese detalle no le importara.
—¿Estaba consciente cuando la has visto? ¿Has conseguido hablar con ella?
Yeray miró al cielo contaminado de partículas amarillas, exhaló apresurado y se mordisqueó los labios antes de responder:
—Me ha dicho que te quería mucho..., que ahora tenías que ser fuerte y... sacar a la familia adelante.
El taxista lo abrazó y rompió a llorar sobre su hombro, devastado y a la vez algo esperanzado, puesto que las últimas palabras de su madre habían sido para él.
A Yeray no le costó mentir. Sabía lo que una persona necesitaba escuchar en un momento como ese, donde la pérdida creaba un vacío tan negro que apenas dejaba hueco para la esperanza.
Era consciente de que no podía mencionar a un hombre previsiblemente con un trastorno mental que se dedicaba a asustar a los más ancianos del barrio en ese instante.
Así que quiso enterrar el asunto unos días; aunque no verbalizarlo no significaba que no estuviera dándole vueltas a todo aquel embrollo en su cabeza.
Ahora, sentado allí en el colchón, temía por la seguridad de Olivia y de toda su familia.
Airam había sido de los primeros que lo había visto ocultarse detrás de las plataneras, y temió que por su fragilidad fuera la siguiente víctima.
Pero ¿de qué?, ¿de un susto espantoso que lo llevaría al suicidio o a tropezarse mientras corría tras el intruso? ¿De qué? ¿De qué podía protegerlo?
Esa noche, el monstruo, como lo llamaba su hermano, no volvió a salir. Quizá porque se había cobrado su segunda víctima y estaría en casa sentado en el sofá disfrutando de una película de dudosa calidad al tiempo que se jactaba de su hazaña.
Era el asesino perfecto.
Ninguna de las muertes había sido calificada como crimen, así que debería sentirse orgulloso de sí mismo, satisfecho comiendo cotufas mientras planeaba encontrarse con la tercera persona a la que arrebatarle la vida de un susto. Estaba divirtiéndose, y eso lo convertía en un ser peligroso.
Se recostó sin ninguna intención de dormirse, pese a que había descartado que el acechador volviera a hacer de las suyas esa noche.
Su mente divagaba de aquí para allá, sin llegar a una conclusión fructífera.
Entonces recordó las palabras de Reyes: «Esto tiene que ver con una trama inmobiliaria».
Y aunque le parecía que unos hombres enchaquetados jamás se disfrazarían de un hombre pájaro, tampoco quiso descartar esa opción.
O ese payaso estaba bien cuerdo y no elegía las víctimas al azar, o era un demente con ganas de notoriedad.
Se levantó tarde esa mañana. Las cavilaciones de la noche apenas lo dejaron descansar lo suficiente, y no se sorprendió de que Olivia ya no estuviera en la cama.
Bajó arrastrando los pies hasta la cocina, se sirvió un vaso de leche frío, lo revolvió después de introducirle varias cucharadas de cacao y se lo bebió de un trago.
Desde la ventana, advirtió que todos estaban en plena faena, con grandes sombreros de paja para evitar una insolación repentina.
Distinguió a Olivia junto a Idaira. Ambas terminaban de recoger el destrozo ocasionado por esa fuerza desconocida en la finca, y en ese momento pensó que la trama inmobiliaria podría explicar algunos sucesos más, como que el suelo vibrara hasta reventar una fila concreta de plataneras.
Ellos tenían recursos. Seguro que estaban forrados hasta los dientes y no les importaría meter sus sucias garras en los terrenos de agricultores honestos.
El hombre pájaro tendría que ser una distracción.
De reojo, observó que su padre entraba en la cocina acusando un dolor de lumbago. Llevaba una botella de agua vacía que pretendía rellenar para seguir con el trabajo.
—Deberías tomarte algo para el dolor. Así no podrás continuar —le sugirió.
—Gracias por tu consejo, pero no me interesa. Tengo que entregar un pedido en fecha. Eso nos ayudaría a no estar tan ahogados —le respondió con retintín.
Yeray frunció los labios e ignoró la pulla sin dejar de mirarlo a los ojos.
—Padre, ¿alguien te ha hecho alguna oferta por los terrenos?
—¿Quién te ha dicho eso? —le respondió el viejo con otra pregunta, visiblemente mosqueado.
No contestó con rapidez, para desesperación de Martín. Se sirvió un vaso de agua y no quiso hablar hasta que refrescó su garganta:
—Se rumorea en el Valle que una inmobiliaria ha estado tanteando a algunos agricultores de El Retamal, La Vizcaína y El Lomo del Moral —insistió—. No le he preguntado a nadie de Los Granados, pero apostaría mi vida a que alguien quiere hacerse con estos cultivos.
—No apuestes tu vida tan a la ligera, podrías sorprenderte. —Martín torció el gesto y contempló las plataneras desde el cristal.
—Entonces, ¿es mentira?
El viejo bufó. Le molestaba que su hijo se metiera en cuestiones que no eran de su incumbencia. Y la finca no lo era.
—No voy a vender, si así te quedas más tranquilo. Estas tierras eran de mi abuelo.
—¿Mateo te contó alguna vez que le ofrecieran dinero, o Lala, la madre de Toño? —perseveró él.
—Sé lo que estás haciendo y no me gusta.
No te metas donde no te llaman. La gente habla.
¿Crees que no lo sé? Fuiste tú el que descubrió a esa pobre mujer, que en paz descanse, agonizando.
No quiero que metas a esta familia en líos.
Ya no eres un chiquillo y no puedo responder por ti.
Así que, sea lo que sea que se te pase por tu cabeza de chorlito, déjalo correr.
Yeray estiró una de las comisuras de los labios y chasqueó la lengua para demostrarle su desacuerdo.
—¿No te extraña todo lo que está ocurriendo en el Valle?
—Yo solo sé que tú encontraste a Mateo colgado de un árbol y ahora a Lala en las escaleras. Si a la gente le diera por atar cabos, a saber a qué conclusión llegarían.
Yeray abrió los ojos de par en par.
—¿Y a qué conclusión crees que llegarían? Cuéntamelo, porque no lo entiendo. —Martín elevó la barbilla y lo acribilló con sus ojos nada piadosos—. ¿Crees que me relacionarían con ambos incidentes? ¡Por Dios! Eso no tiene ni pies ni cabeza. ¡Y soy tu hijo!
El viejo lo miró con sus ojos hundidos e incisivos.
—Por eso mismo. Desde que has llegado, parece que la tragedia persigue al pueblo. Soy un viejo chocho o como quieras llamarme, pero no olvido.