El vuelo del cernícalo Capítulo 9LAS LLAMAS OCULTAS EN LAS CENIZAS #3
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Capítulo 9LAS LLAMAS OCULTAS EN LAS CENIZAS #3

—No lo sabemos. Nadie responde. —Diana creyó que en cualquier momento le reventaría el corazón dentro del pecho.

—¡Lala, abre la puerta! ¡Soy Kiko! ¡Abre la puerta! —gritaba el hombre al tiempo que la aporreaba con el puño—. Mi mujer está llamando a emergencias. Puede que no sea nada, pero es muy mayor. Es mejor asegurarnos. Los bomberos echarán la puerta abajo.

—Puede que no haya tiempo —insistió Yeray.

El viejo arrugó la frente y unas cuantas gotas se desprendieron de ella y cayeron al suelo.

—Está bien. Tengo una escalera grande que podría llegar hasta el balcón, y desde ahí, acceder al interior.

—Pero la puerta del balcón podría estar trancada —dedujo Diana desesperada.

—No, tienen un problema con la cerradura. Toño vino ayer para ver si podía echarle un vistazo y le dije que había que desmontarla e instalarle otra. Hoy teníamos que ponernos manos a la obra cuando regresara del trabajo y hubiera comprado la nueva.

—Kiko es el carpintero de la zona —lo presentó ella, como si ese detalle fuera relevante en ese momento.

Yeray asintió varias veces al tiempo que observaba la altura del balcón. Dos metros y pico. No sería tan difícil saltar la balaustrada y aterrizar en él.

—Muy bien, usemos la escalera —concluyó animoso.

—También deberíamos llamar a Toño y comentarle lo que pensamos hacer. —Kiko estaba asustado, y Yeray no supo discernir si era por lo que se encontrarían en el interior o por las represalias de Toño al enterarse de que habían entrado en la vivienda sin permiso.

—Vale, está bien.

No se opuso porque no quería perder más tiempo.

No iba a entretenerse con batallas que solo retrasarían lo inevitable.

Aunque Toño les respondiera desde el móvil que no tenían el permiso para acceder, él iba a hacerlo igual.

Tenía una corazonada que no era muy halagüeña, y eso le había causado un agujero enorme en la barriga.

«Mal asunto, mal asunto», se repetía. Primero el cernícalo; luego, el grito.

Su mente le decía que no había conexión posible entre ambos hechos, pero su intuición le vociferaba que entrara en esa casa como fuera.

Llegaron otros tres vecinos más y Kiko los reclutó para que lo ayudaran a trasladar la escalera desde su casa hasta allí.

Apenas fueron minutos los que tardaron en afianzarla sobre el pavimento y colocarla en una verticalidad disparatada que nadie pasó por alto.

El terreno no era llano. Los desniveles en el Valle eran frecuentes, por mucho que los lugareños se hubieran empeñado en acondicionar sus huertos y casas para conseguir una estabilidad aparente aunque engañosa.

Sin embargo, Yeray conocía los peligros del Valle y no dudó en presentarse voluntario para escalar los peldaños inclinados hacia la izquierda.

Su sentido del equilibrio jamás le había fallado, ni siquiera cuando trepaba por las palmeras para podarlas o alcanzaba la cima de los papayos para recoger sus frutos.

No concebía que un gomero tuviera miedo a las alturas, pues se habían curtido con ellas.

Riscos imposibles, senderos al borde de los abismos, acantilados que le recordaban al ser humano que ellos estuvieron primero allí...

Alcanzó el balcón sin mucha fatiga mientras cuatro pares de manos sujetaban la escalera para que no se desestabilizara. Alzó un pulgar en cuanto sus pies tocaron el suelo. Luego empujó la puerta entornada y se introdujo en uno de los dormitorios de la vivienda.

—Lala, ¿estás por aquí? Si me oyes, no te asustes, soy Yeray, el hijo de Martín.

No obtuvo respuesta y eso lo alarmó en demasía.

Podría suceder que la mujer no se encontrara en la casa y él estuviera cometiendo un allanamiento en toda regla, o quizá algo terrible había ocurrido y la pobre mujer hubiera pasado a mejor vida, como solían decir por allí.

Recorrió todas las habitaciones de la segunda planta en pocos segundos a la vez que la llamaba por su nombre.

De pronto, cerca del rellano de la escalera, oyó un bisbiseo leve. Parecía que alguien rezaba en voz baja, así que se puso en guardia y dirigió sus pasos hacia las escaleras.

Entonces la vio.

Lala estaba tumbada bocarriba sobre los peldaños en una posición esperpéntica.

Uno de sus brazos estaba estirado hacia arriba, mientras que el otro estaba atrapado por el peso de su propia espalda.

Las piernas parecían encontrarse en una diagonal perfecta con respecto al tronco, y su cabeza permanecía en hiperextensión cervical, con los ojos amedrentados mirando al techo como si este estuviera a punto de derrumbarse.

Bajó con celeridad los escalones que lo separaban de ella y tuvo miedo de moverla. Su estado era grave, muy grave. Debía de haber tropezado cuando se dirigía a la primera planta y haber caído sin llegar a sujetarse a la barandilla de madera.

—Lala, estoy aquí. Todo va a ir bien. Hemos llamado a una ambulancia —trató de consolarla.

—¿To... ño? —le preguntó con dificultad.

—También viene de camino —le aseguró, sin tener la certeza—. Ahora procura no hablar ni hacer mucho esfuerzo. Voy a abrir la puerta para que entre la caballería.

—No... Espera.

Apenas llegó a rozarle el brazo; sin embargo, esa súplica logró que se quedara paralizado frente a ella, cuando en realidad deseaba escapar de allí.

No quería que la mujer muriera en sus brazos, no como su Claudia.

No lo soportaría, así que apretó los párpados con fuerza al tiempo que se resistía a mirarla.

Sabía lo que venía a continuación. La mujer querría darle un mensaje para su hijo por si no llegaba a tiempo, y eso lo sumergió en un bucle en el que una y otra vez la imagen de Claudia tendida sobre el pavimento lo sobresaltaba.

Era en ese instante, cuando una persona sabía que estaba al borde de la muerte, cuando las palabras cobraban vital importancia.

Tenía la obligación de recordarlas. Tenía que hacerlo por su familia.

Pero tenía miedo de que esas frases de esperanza o de amor para los demás se le quedaran grabadas en el recuerdo para siempre, como las de Claudia.

No debió presentarse voluntario. Ahora lo sabía.

La muerte lo rondaba para someterlo a pruebas a las que no estaba preparado.

—He visto a un... un hombre... con alas...

—¡¿Qué?! —Yeray abrió los ojos de par en par.

—Había un... —la mujer tragó saliva a duras penas— agu... agujero en... la pared.

Con los ojos, Lala deslizó la mirada hacia el muro blanco que estaba a espaldas de Yeray, y este no tuvo más remedio que girarse. No había ningún orificio allí. Nada. Ni grande ni pequeño. Aun así, quiso interrogarla:

—¿Has reconocido al hombre?

—Nooo —afirmó alargando la vocal, pues ya le costaba hablar.

—¿Él te ha empujado por las escaleras? —La mujer entornó los párpados con suavidad—. ¿Te ha empujado, Lala?

—El viento...

De repente, Diana apareció en el rellano de las escaleras con un semblante que reflejaba su desconcierto y también cierto enfado. Lo había seguido y se había introducido en la casa por el balcón.

—¿Qué haces? ¿Por qué no has abierto la puerta?

No supo qué responder. Miró a Lala con la esperanza de que continuara hablando, pero ya había perdido el conocimiento.

Entonces, Diana saltó sobre ambos y abrió la puerta.

Él se levantó y descendió los últimos peldaños mientras los vecinos pedían agua y paños calientes.

A lo lejos, escuchó el sonido de las sirenas y supo de inmediato que no llegarían a tiempo.