Capítulo 9LAS LLAMAS OCULTAS EN LAS CENIZAS #2
Y ahora la tenía delante, de nuevo en sus brazos, mientras se movían retando a la música invisible para que tocara acordes más complicados y salvajes.
Ella reía con ese albedrío de antaño, y entonces quiso hacerla suya, como hombre que había viajado y se había instruido en muchas artes.
Ya no era ese niño, a veces inseguro, a veces impulsivo.
Era Yeray Darias, ingeniero aeroespacial e hijo de agricultores.
Era Yeray, un hombre repleto de cicatrices que lo habían condenado y, al mismo tiempo, salvado.
Era él y era ella.
La detuvo en la última vuelta, sujetando su cintura con ahínco y atrayéndola hacia su cuerpo sin permitir que ni una pizca de ese magnetismo que habían conseguido se esfumara.
Diana soltó un leve gemido al comprobar que sus senos permanecían apretados contra su pecho y se humedeció los labios con descaro, previendo lo que estaba a punto de ocurrir.
Yeray la besó. Enterró su boca en la de ella saboreando cada milímetro de sus labios rosados y expectantes.
No tardó en enroscar su lengua con la suya y que ambas se movieran al ritmo frenético de una melodía imaginaria.
La deseaba. La deseó desde el primer momento en el que volvió a verla, aunque su mente le chillara que era un insensato, que ambos estaban viviendo un duelo insuperable en ese presente y que ninguno de los dos estaba preparado para dar un paso semejante.
Con cuidado, la despojó de la camisa de tirantes, evitando que le rozara el ojo morado al sacársela.
Después le quitó el sujetador y se entretuvo unos segundos en acariciar sus pechos, que rebosaban en las palmas de sus manos.
Mordisqueó uno de sus pezones y luego lo succionó como solía hacer cuando era un chiquillo.
Era su rito de iniciación: recrearse en ellos hasta que ella volvía a llamarlo con su boca ardiente.
—Aquí no —le susurró a la vez que le señalaba las cortinas—. Pueden vernos. Subamos.
Corrieron escaleras arriba como si fueran dos adolescentes divirtiéndose con un juego peligroso mientras se quitaban las prendas de vestir y las lanzaban lejos.
Diana se cubrió los pechos con ambas manos y corrió por el pasillo de la segunda planta vivaracha y osada.
Se adentró en su dormitorio y, allí, se detuvo con cierta inquietud frente a la cama, pero Yeray no le dio tiempo para meditar.
La empujó por detrás y la hizo caer al colchón como quien se sumerge en una piscina.
Y antes de que pudiera asomar la cabeza para tomar una respiración, percibió el peso de su cuerpo sobre el de ella.
Jugaron a ser adolescentes de nuevo y a ser adultos.
Jugaron a amarse como solían hacer, y no solo fundiendo sus pieles, sino también sus almas.
Diana gemía con cada embestida con la que él la obsequiaba mientras lo acompañaba en cada movimiento como si fueran un dueto.
Se había cansado de que sus relaciones más recientes la relegaran a actuar como si fuera un instrumento más de la orquesta y solo sonara cuando el solista le daba la señal.
Pero Yeray estaba regalándole su propia actuación: un solo con las complejidades que eso conllevaba, puesto que se había olvidado de cantar sola.
Le susurró con su mirada que se atreviera a ser ella misma, y por eso quiso colocarse arriba, apretando los muslos contra él y dibujando unos movimientos circulares que la llevaron al mismísimo éxtasis.
¡Cómo lo había echado de menos! Con él se permitió sentir, ser de nuevo mujer y volver a explorar esos límites prohibidos de su sexualidad.
Permanecieron abrazados en la cama hasta bien entrada la tarde.
Habían disfrutado de sus cuerpos, no una, sino varias veces, y así olvidaron el mundo que había detrás de las paredes de la habitación.
Eran los únicos habitantes de una isla paradisíaca con altas palmeras y montañas majestuosas como únicos testigos de un amor que había renacido de las mismísimas cenizas.
En ese instante, no existió el arrepentimiento, y el dolor no se atrevió a asomarse a sus vidas de nuevo.
Había complicidad, una serenidad que ambos creían haber perdido y unas ganas infinitas de que las manecillas del reloj no retomaran su ritmo habitual, sino que permanecieran embebidas tras presenciar a dos amigos, a dos amantes que jamás habían dejado de serlo.
De pronto, un golpe brusco sobre el cristal de la ventana los sobresaltó. Yeray apartó las sábanas finas que lo cubrían de cintura para abajo y se aproximó desnudo a la ventana, bajo la atenta mirada de Diana.
Había sangre en el vidrio, y al deslizar su mirada hacia el balcón, descubrió un ave muerta. No una cualquiera: un cernícalo. Arrugó la frente, contrariado, y luego la miró, todavía conmocionado.
—Un pájaro se ha estrellado contra tu ventana.
—¡Oh, Dios! —exclamó ella al tiempo que saltaba de la cama—. ¿Está bien?
—Creo que está muerto.
Alarmada, se vistió con rapidez y fue en busca de una pala y un escobillón.
Apenas tardó unos minutos en regresar, aunque a él le parecieron horas.
Se preguntaba qué demonios estaba ocurriéndoles a los cernícalos de la zona y por qué este se había desorientado de tal manera como para terminar empotrado en el cristal de una casa.
Pensó que, tal vez, el que había muerto en su platanera también habría perdido el control de su vuelo. Pero ¿por qué?
Los cernícalos eran ágiles, capaces de cazar durante el vuelo y mantener la posición en el aire mediante el movimiento de las alas y la cola. Eran acechadores natos y no se lanzaban contra una presa a no ser que la hubieran estudiado con precisión con sus ojos oscuros y avispados.
—Será mejor que te vistas —le sugirió ella—. Voy a salir al balcón y no quiero que ningún vecino cotilla te vea como viniste al mundo.
—Sí, claro.
Lo hizo mientras ella recogía al ave y acariciaba su cabeza como si así pudiera resucitarla.
Recordó entonces su sensibilidad y las veces que tuvo que consolarla cuando encontraban un animal atropellado en la carretera o corrían hacia el veterinario con su perrita Chispas.
Chispas la había acompañado durante toda su niñez, pero cuando ella cumplió los quince, la perra comenzó a sufrir los achaques propios de su edad.
Fue una muerte anunciada, aunque Diana no quiso rendirse jamás.
Ni siquiera cuando le pusieron la fatídica inyección.
Permaneció horas con Chispas rezando para que ocurriera un milagro; un milagro que nunca llegó, pues la perrita expiró horas después.
Siempre pensó que Chispas tampoco quería dejarla y que por eso se resistió tanto a exhalar su último aliento.
Ya vestido, la contempló desde la ventana mientras introducía al cernícalo en una bolsa.
Se la veía angustiada, puede que rememorando la muerte de Chispas, o tal vez la de su padre.
Un suicidio marcaba a cualquier familia, los hacía sentirse culpables por algo que ni ellos mismos llegaban a comprender del todo.
Pero Mateo era diferente. Mateo se había visto forzado a hacerlo por alguien a quien llevaba siguiendo semanas.
Y él iba a encontrarlo. Diana no se merecía vivir con esa incertidumbre, con esa angustia que le chillaba que no había hecho todo lo posible para evitarla.
Salió al balcón para consolarla, para confesarle, colocando la mano en su hombro, que él continuaba allí, y ella se lo agradeció con una tímida sonrisa.
En ese momento, escucharon un grito agudo proveniente de la casa de al lado. Fue corto pero intenso, y ambos se miraron sin necesidad de que las palabras apoyaran sus deducciones más aterradoras.
—Es la casa de Toño —afirmó ella.
Corrieron sin mirar atrás, sin contar las zancadas que los separaban de la casa del vecino.
Yeray llegó a la puerta y golpeó la madera varias veces, pero no obtuvo respuesta.
Diana inspeccionó las ventanas del primer piso por si alguna estuviera abierta.
Mantenía la esperanza de que alguna dejara pasar un hilo de aire, aunque fuera denso, pese a que los canarios, cuando llegaba la calima, cerraban a cal y canto las casas para que ni el polvo ni el calor agobiante contaminaran sus hogares.
Las abrían casi al caer la noche, cuando irrumpía una brisa fresca como un ángel piadoso para darles una tregua.
—¿Has conseguido ver algo? —le preguntó Yeray en cuanto la vio regresar, después de inspeccionar los alrededores.
—No. Las cortinas me lo impiden.
—Vale, pues vamos a tener que romper un cristal o forzar la cerradura —soltó con aplomo.
—¿Qué?, ¿estás loco? No podemos entrar en una casa ajena sin permiso.
—¿Y qué pretendías hacer si veías una ventana abierta?
, ¿llamar hasta que alguien te contestara y te diera permiso?
—Examinó el nerviosismo de Diana. Ella no estaba preparada para manejar un asunto como ese, ni siquiera él lo estaba, así que la cogió de las manos y la obligó a mirarlo a los ojos—.
Tú has escuchado lo mismo que yo. Puede que haya alguien en apuros ahí dentro. Puede que nos necesite.
—Voy a llamar a Toño —insistió ella.
—Si está con el taxi, tardará unos minutos antes de llegar a la casa. Y esos minutos pueden ser decisivos. ¿Quién puede estar ahí dentro?
—Su madre, Candelaria. La llamamos Lala.
—¿No vive con nadie más?
—Ahora mismo, la mujer de Toño y sus hijos están pasando unas semanas en Gran Canaria con los padres de ella.
Otro vecino se acercó a ellos jadeando. Parecía que hubiera corrido la maratón de San Silvestre.
Las gotas de sudor se agolpaban en su frente y mantenían húmedos el par de bucles que le colgaban hasta las cejas.
Era mayor, como su padre, así que debía conocerlo.
Sin embargo, había un blanco enorme en su memoria y le era imposible ubicarlo en el Valle, como a los demás.
—He escuchado el grito. Estaba en la azotea arreglando la piedra de lavar cuando lo he oído —afirmó, con la respiración entrecortada—. ¿Lala está bien?