El vuelo del cernícalo Capítulo 9LAS LLAMAS OCULTAS EN LAS CENIZAS
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Capítulo 9LAS LLAMAS OCULTAS EN LAS CENIZAS

LAS LLAMAS OCULTAS EN LAS CENIZAS

—No lo sé. Me he levantado así —le respondió, encogiéndose de hombros.

Él se tomó unos segundos eternos en los que se pellizcaba los labios mientras deambulaba por el salón.

Diana evitaba mirarlo directamente a la cara, avergonzada, inquieta, así que se mantenía cabizbaja y entrelazaba los dedos de las manos para apaciguar su nerviosismo.

No la creería jamás. Era imposible que alguien que observara su ojo morado no sacara conclusiones rápidas y, sobre todo, lógicas.

Incluso ella misma, al contemplarse al espejo, se había sobresaltado.

Después había examinado mejor toda la zona del párpado izquierdo, la cual parecía que había perdido su brillo tras un guantazo premeditado.

Arqueó una de las cejas y de reojo espió los gestos nada alborotados de Yeray.

Estaba llevando el asunto de una manera tan disciplinada que le resultó sorprendente.

En otra época, su fuego incontrolable lo habría llevado a poner el grito en el cielo, a soltar palabras malsonantes y a amenazar sin escrúpulos al responsable de marcarle la cara de una manera tan cobarde.

Sin embargo, él mantenía la calma mientras de vez en cuando observaba la pequeña ranura que dejaban las dos cortinas.

Por allí entraba la claridad de la mañana y desde allí podía alzar la vista hacia las montañas.

O quizá al cielo; no estaba segura. Se abstraía del presente, refugiándose en una naturaleza magnífica, y tal vez esperaba a que alguien le ofreciera una señal para afrontar la situación de forma sosegada.

Entonces, tras despertar de esa ensoñación ilusa, se volvió hacia ella, resuelto aunque algo nervioso. Se mordió el labio inferior y después de un leve carraspeo le habló:

—¿Cuándo lo has visto? Ha tenido que ser en estos días, en los que estabas arreglando los papeles de tu padre. ¿Fue en San Sebastián?

—No lo he visto.

—Tienes un ojo morado. Es evidente que te ha pegado y... —Yeray bufó, se mordió la lengua para contenerse y comenzó a rascarse la coronilla—. Ya eres libre. No tienes que defenderlo. Esa historia es pasada.

Diana soltó una risita histérica.

—Para él no existe la palabra pasado; en eso te equivocas. Enrique vive el presente y le interesa el futuro que se ha creado en su cabeza. Pero no...

—Tienes que ir a denunciarlo y yo puedo acompañarte —la interrumpió—. Puede asaltarte en cualquier momento, y la próxima vez quizá no estés sola. Podrías estar paseando con Idaira.

—No estás escuchándome —insistió, sin elevar el tono de voz—. A ti no te mentiría jamás. No ha sido él. No lo he visto desde hace meses. Creo que por fin ha conseguido un trabajo fijo en Tenerife.

Yeray arrugó el rostro, contrariado. Se acuclilló frente a ella y le retiró un mechón castaño que le ocultaba la lesión. Después, con ternura, le pasó la yema del dedo pulgar por todo el contorno del golpe.

—Alguien te ha hecho esto, y no puedes negarlo —aseveró, apretando la mandíbula.

—Lo sé, pero no fue él.

—Entonces, ¿quién? —le preguntó confundido.

—No lo sé. He intentado explicarme y no me has dejado.

Esta mañana, después de levantarme, he ido al baño, y cuando me he mirado en el espejo tenía el moretón.

Sé que es poco creíble, pero es la verdad.

No sé lo que ha podido pasarme. No me he golpeado con la mesita de noche, no me he caído al salir de la cama ni me he estampado la cara contra el suelo.

¡Nadie me ha pegado! —Negó con la cabeza al tiempo que se masajeaba el entrecejo—.

Sé que puede ser de locos. Ni yo misma me he reconocido en el espejo.

He llegado a pensar que tal vez estaba sufriendo algún tipo de reacción alérgica.

Sabes que la calima hace que te lloren los ojos y que son muchos los que sufren conjuntivitis cuando el maldito polvo se queda asentado varios días...

—Esto no es una conjuntivitis —sentenció, sin darle tregua a una posible réplica.

—Lo sé también. Pero ¿qué es?

Yeray se encogió de hombros. No le parecía que Diana estuviera mintiéndole ni tratara de ocultarle algo que la avergonzara aún más, pero ese ojo morado era tan visible que le era imposible creer que no existiera algún culpable.

—Es mejor que vayamos al médico —le aconsejó.

Diana saltó como impelida por un resorte y lo miró como si hubiera enloquecido.

—¿Se te ha ido la pinza? Nadie va a creerme, ni tú mismo lo has hecho.

Abrirán un parte de lesiones y puede que llamen a la policía.

No pienso ir a ningún sitio. No quiero pasar por esto de nuevo.

¡No! Me niego. —Con los brazos en jarra, dobló la cintura y quiso tomar un oxígeno que se le resistía—.

Tengo pomada antiinflamatoria e ibuprofeno para el dolor. Se pasará en un par de días.

Él frunció los labios, poco convencido.

—¿Te ha visto Idaira?

—¡No! No, claro que no. Ha salido a trabajar cuando estaba en la ducha. Me he quedado unos minutos más en el baño adrede para que no me viera. Se pondría histérica.

—Normal. Pensaría que su padre podría aparecer en cualquier momento y darle una paliza —afirmó, sin ponerle filtro a sus palabras.

Ella torció el gesto y entrecerró los ojos como pudo, pues el párpado izquierdo le dolía una barbaridad.

—Enrique no es el padre de Idaira —afirmó con tal seguridad que a Yeray le temblaron las rodillas y apenas pudo dar un paso hacia atrás.

—Ah, ¿no? —Sacudió la cabeza, confundido. Su mente comenzó a nublársele y sus pensamientos a torpedearlo como si fueran un submarino dispuesto a hundirlo—. ¿Quién es el padre? —le preguntó con timidez.

—Entiendo que hayas pensado que era Enrique.

Me casé con él cuando Idaira apenas tenía meses y todavía no había terminado la carrera.

Ahora pienso que lo hice más por el qué dirán que por ese arrebato pasional que nos llevaba continuamente a la cama.

—Se llevó las manos a la boca, dejó salir un prolongado suspiro íntimo y se dejó caer de nuevo en el sofá.

»Nos trataba muy bien a las dos, al menos al principio.

Después de que te fueras, tuve un pequeño lío con un compañero de clase que apenas duró tres meses, pero fue suficiente para que me quedara embarazada.

Él se marchó y luego apareció Enrique, dispuesto a ser el padre que Idaira necesitaba, el marido que yo ansiaba...

Y me ayudaba mucho... Demasiado, a veces.

Hasta que caí en la cuenta de que todo ese control no era sano y...

sucedió lo que sucedió. Pese a ello, mi hija tuvo que cumplir los catorce para que empezara a darme cuenta de que no vivía un sueño, sino una pesadilla.

Yeray respiró aliviado y no ocultó esa sensación de desahogo en cuanto ella había comenzado a hablar.

—Por un momento, he notado que el corazón se me paraba y que mi cuerpo no me respondía.

He llegado a pensar que Idaira era mi hija.

—Entrelazó las manos a la altura de la nuca, todavía impactado, pues su cerebro lo había engañado de manera pueril.

Soltó una carcajada repleta de frescura y, con los brazos en jarra, resopló varias veces mientras contemplaba la sonrisa de complacencia de Diana.

—Siempre has sido muy listo, pero también un poco ingenuo. Esto no puedes negarlo.

Lo admitió, moviendo la cabeza de un lado a otro, aunque esa inocencia la había dejado atrás hacía demasiado como para recordarla.

Sin embargo, La Gomera lo había hecho retroceder en el tiempo, como si no hubieran transcurrido todos esos años desde que decidió abandonar la isla, y por eso volvía a sentirse algo vulnerable, pese a que era consciente de que ese niño se había convertido en un hombre firme y seguro de sí mismo.

Observó su rostro, todavía juvenil y fresco, y un extraño calambre recorrió cada centímetro de su piel.

Ella había sido su todo en los momentos más duros, su guía, su cántico hacia la libertad.

Y estaba allí, sentada en el sofá y con las comisuras de los labios estiradas, mostrándole su mejor sonrisa.

Le tendió las manos y Diana lo observó con curiosidad, aunque no tardó en depositar las suyas sobre las de él.

Yeray tiró de ellas hasta que consiguió auparla y la atrajo hacia su cuerpo sin darle tiempo a reaccionar.

Colocó una de las manos al final de su cintura y con la otra la instó a estirar el brazo.

—¿Recuerdas cómo bailábamos en las verbenas de las fiestas? —le preguntó con una sonrisa pícara.

—¿Cómo iba a olvidarlo? Me pisabas un montón de veces.

—Eso no es verdad. Era un gran bailarín.

Comenzó a tatarear Ojalá que llueva café en el campo , de Juan Luis Guerra, al tiempo que bailaba con pasitos cortos. Le daba una vuelta para que ella luciera su figura y volvía a agarrarla por la cintura.

—Estás loco. —Rio.

—Mucho. Ya me conoces.

La condujo por todo el salón sin que tropezaran con ningún mueble. La música sonaba en sus cabezas como si ambas fueran un disco único y armónico conforme sus pasos cubrían los mosaicos del pavimento con gracia.

En ese momento, Yeray se olvidó de los reproches de su padre, del hombre extraño que se colaba en las fincas del Valle, de la muerte de Mateo y del rostro ensangrentado de Claudia, quien le rogaba que cuidara de su hija.

Olvidó su pasado, su presente y su posible futuro.

Porque, mientras bailaban, los relojes se detuvieron y algunos comenzaron a derretirse como en el cuadro de Dalí: La persistencia de la memoria.

Y su memoria lo llevaba una y otra vez a los momentos en los que la amó con locura, en los que no existía nadie más que ella, en los que se escondían para darle rienda suelta a su pasión sin que nadie fuera testigo de su amor.

Porque tendrían celos de ellos, envidia de su relación, pues iba más allá del simple roce de cuerpos.

Nunca la poseyó. Diana siempre fue libre en sus brazos; por eso caminaron juntos con rebeldía, por eso exploraron sus límites con ansias de adquirir conocimientos y mantener la llama de su complicidad encendida.