El vuelo del cernícalo Capítulo 8LAS DOS Y NUEVE #3
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Capítulo 8LAS DOS Y NUEVE #3

Reyes rondaría los cincuenta años, aunque aparentaba diez menos.

Lo sabía porque la conocía de toda la vida, y aunque jamás entablaron una conversación más allá de los saludos pertinentes en las distintas fiestas del pueblo, debido a su diferencia de edad, siempre supo que llegaría donde se lo propusiera.

Y así lo había hecho.

Podría dirigir cualquier colegio de la isla, incluso alguno de Tenerife, pero ella jamás poseyó esa ambición aventurera de probar una vida diferente lejos del Valle, como sí siempre quiso hacer él.

—La verdad es que ha sido poco inteligente —señaló él.

—Un idiota con mayúsculas... Pero no es de mi divorcio de lo que quería hablarte.

—Bajó la mirada y se metió las manos en los bolsillos, ruborizada—.

Has dicho las dos y nueve, ¿verdad? —Asintió, sin poner mucho énfasis en ese gesto.

Era evidente que Reyes estaba incómoda. Y no quería presionarla, para que así pudiera hablar con total libertad—.

No sé si sabes que vivo en La Vizcaína. Me compré una casa en esa zona para estar cerca de mis padres y también de mi trabajo.

Julián estaba de acuerdo. A ese machango le daba igual dónde viviéramos mientras yo pagara la hipoteca.

—Se calló al caer en la cuenta de que de nuevo hablaba de su exmarido.

»En fin... Tengo el coche en el garaje. Y las últimas noches ha comenzado a dispararse la alarma sola.

Si no voy yo, es uno de mis hijos el que baja al garaje y la apaga.

Al principio, pensamos que era un ladrón que había logrado entrar en la casa, y al intentar robar el coche, sonaba la alarma.

Pero es evidente que, después de varias noches seguidas, esto no tiene sentido.

Un ladrón no vuelve al mismo sitio noche tras noche sin conseguir llevarse nada.

—Y supongo que todo esto está ocurriendo a las dos y nueve de la mañana. —Yeray quiso adelantarse al relato de la mujer.

—Sí, al principio no le presté mucho asunto a la hora.

Me daba igual. Yo quería dormir, nada más.

Sin embargo, con el paso de los días, vas fijándote en detalles que no veías al comienzo.

—Vació los pulmones de improviso y sacudió la cabeza—.

No soy una histérica. No creo en historias de fantasmas, pero cuando Dulce ha dicho que todo empezó con la muerte de Mateo, me he dado cuenta de que mi pesadilla también...

Quizá debería llevarle flores en lugar de instalar una cámara de vigilancia.

—No, no creo que esa sea la solución. —Apoyó la mano en su hombro para darle consuelo y ella se giró hacia él con lágrimas en los ojos—. Sin embargo, puede que sea una buena idea lo de las cámaras. Si existe en el Valle un acosador, deberíamos averiguar de quién se trata.

—¿Y cómo puede atacarnos a todos a la misma hora? ¡Eso es imposible! Un solo hombre no puede presentarse al mismo tiempo en diferentes casas. ¿Y si es un grupo organizado? —planteó, muy segura de sí misma.

—No podemos certificarlo, como tampoco tenemos idea de qué tiene que ver todo esto con la muerte de Mateo. —Frunció el ceño, meditabundo.

—Puede que él haya descubierto quiénes eran los responsables y al hacerlo se haya suicidado porque no soportaba la idea de que algunos vecinos se hubieran organizado para quitarnos nuestras tierras —se aventuró con otra teoría.

Reyes frenó en seco y, convencida, cruzó los brazos por debajo de los pechos. Estaba molesta, indignada, y en ese momento, Yeray deseó tener el instinto del que tanto presumía Claudia.

—¿Has recibido una oferta por tu casa? —le preguntó ojiplático.

—Sí, y no he sido la única en La Vizcaína.

Y estoy segura de que en El Retamal también han recibido esa clase de ofertas.

Puede que estemos ante una trama de corrupción y coacción inmobiliaria —aseveró convencida, alejándose de su primera versión más visceral que racional, la de que el fantasma de Mateo siguiera pululando por el Valle.

—Está bien. Lo investigaré. ¿Me dejas el número de tu móvil? Voy a hacerte una llamada perdida con el mío y así podrás guardarlo —le dijo al tiempo que desbloqueaba el teléfono—. Si averiguas algo más o si la alarma de tu coche sigue sonando a las dos y nueve, no dudes en llamarme.

—Gracias por escucharme. —Ella le dictó su número y aguardó hasta que le hizo la llamada perdida.

Se separaron a la altura del supermercado Unide, donde Reyes había dejado aparcado el coche antes de hacer la compra.

El cansancio y la monotonía la habían llevado hasta el bar de Dulce, el cual no solía frecuentar pero del que había salido esperanzada y con un motivo para continuar con sus batallas nocturnas.

Yeray no se dirigió a casa. No tenía ganas de enfrentarse al semblante duro y enojado de su padre, quien ya debería haber vuelto de la comisaría y probablemente con más malas pulgas que con las que se había marchado.

Así que prefirió tostarse un poco bajo el cansino sol y caminar mientras daba rienda suelta a sus cavilaciones.

«Una trama inmobiliaria», había sugerido Reyes.

No era una mala idea, aunque le faltaban muchos flecos que atar.

De pronto, se encontró frente a la casa de Diana, e imaginó que su subconsciente lo había traicionado de alguna manera. Llevaba días sin verla, puesto que estaba inmersa en solucionar todo el papeleo administrativo tras el fallecimiento de su padre, incluidas las cuentas bancarias.

Dudó un instante en acercarse a la puerta y hacerle una visita, o pasar de largo y continuar con la maraña de pensamientos que llegaban a anudarle su cabellera morena.

Ese tic de masajearse el cuero cabelludo cuando estaba estresado, o incluso rascárselo, estaba acelerándole la caída del pelo. Estaba casi convencido.

Al final, inspiró hondo y tocó el timbre con la esperanza de encontrarla en casa.

Escuchó unos pasos precipitados en el interior y luego cómo se dirigían más sosegados hacia la entrada.

Diana lo recibió sin abrir del todo la puerta.

Tenía unas gafas de sol que supuso que se había puesto para que nadie la juzgara tras llorar y llorar la muerte de su padre.

Después de todo, siempre estuvo muy unida a él, y ese vínculo le había suscitado cierta envidia cuando era un chaval.

—No es un buen momento —se disculpó.

—Perdona, no quería molestarte. Pasaba por aquí y pensaba que quizá te apetecería charlar un poco.

No es bueno que te encierres en tu propia agonía.

—Se arrepintió al momento de esa frase al verla tensarse como un palo de escoba.

Así que añadió, con una tímida sonrisa—: Te lo dice alguien que sigue haciéndolo.

Ella estiró una de las comisuras de los labios y abrió del todo la puerta. Después se giró, avanzó por el pasillo y se detuvo a la altura de la sala para esperarlo.

—Son momentos muy duros. Y Ricardo está dejándome sola con toda esta mierda. —Señaló una pila de papeles que había en la mesita de la sala—. Lo siento. Ya te he dicho que no estoy en mi mejor momento.

—Puedo echarte una mano, si quieres.

—No, no te preocupes. —Entró en el salón y se dejó caer en el sofá frente al montón de papeles—. Te ofrecería algo de beber, pero no he ido al supermercado. ¿Quieres un vaso de agua?

—No, tranquila. Vengo del bar de Dulce y he perdido la cuenta de cuántas limonadas me he tomado. Hace un calor de mil demonios y Martín no tiene intención de instalar aire acondicionado en la casa.

—Ni él ni nadie. Aquí aguantamos las olas de calor con sudor y chanclas. Parece que lo has olvidado.

—No, no lo he olvidado. —Clavó sus ojos rasgados en su rostro, que pretendía ser impasible, aunque a duras penas lograba una actitud serena por momentos—. No es necesario que lleves las gafas conmigo. No tienes por qué esconderte.

Ella giró la cabeza hacia la derecha, algo ofendida mientras fruncía los labios.

—Precisamente, delante de ti, tengo que mantener la entereza. No quiero que me veas así.

—Diana, nos conocemos desde hace muchos años.

—Y llevamos muchos sin vernos —insistió.

No obstante, él ignoró su último comentario.

Se levantó, se sentó a su lado y, después de acariciar su espalda, colocó las manos en sus gafas de sol.

Al principio, Diana evitó que comenzara a retirárselas sujetando una de sus muñecas.

Al cabo de unos segundos, tras una exhalación resignada, permitió que continuara sin apartar los dedos de su piel.

Le gustaba ese contacto. Siempre la había reconfortado, y quiso mantenerlo hasta que sus ojos fueron visibles para él.

Yeray tragó saliva, pues sabía que su reacción no la dejaría indiferente.

Arqueó las cejas y las hizo desaparecer bajo sus mechones morenos y revueltos, los cuales le caían sobre la frente.

Sus labios quisieron despegarse tan rápido que pudo percibir los leves tirones de su mucosa rosada y algo reseca por la calima.

Se echó hacia atrás para observarla mejor, y luego, sobresaltado, negó con la cabeza repetidas veces sin llegar a comprender por qué tenía un ojo morado.

—¿Qué te ha ocurrido?