Capítulo 8LAS DOS Y NUEVE #2
—Pero pórtate bien y llámame si quieres que te recoja antes.
—Sí, sí. ¿Puedo terminarme el sándwich luego? —le preguntó, visiblemente agitada.
—Tranquila, puedes comértelo en la casa. —Dulce recogió el plato y acompañó a la niña hasta la puerta que daba a la vivienda. Desde allí, llamó a su marido.
Yeray aprovechó para estirar los brazos y entrelazar las manos en la nuca. No obstante, su descanso duró unos segundos, pues Toño, el taxista, entró en el bar dando voces:
—¡He oído que alguien entró en tu propiedad anoche!
—Yeray arrugó la frente y lo miró con resignación—.
Bueno, soy taxista. Menos los turistas, que no hablan ni papa de español, al resto suelo darles una buena conversación, y resulta que mi primera carrera esta mañana ha sido para llevar al ayuntamiento a Domingo, tu vecino.
—¿Y cómo lo sabía él? ¿Oyó algún ruido anoche?
Toño se encogió de hombros y se acercó a la barra.
—Ni idea. Imagino que algo habrá oído. Es tu vecino.
—¿Y te ha robado algo? —intervino Miguel, quien después de su jarra de cerveza se había pasado a la limonada.
—No, no llegó a entrar en la casa. Destrozó algunas plataneras —quiso aclararles a los presentes, pues ya todos estaban poniendo la oreja.
—¡Malnacido! A esa clase de personas hay que cortarles las manos para que les quede claro que lo ajeno no es suyo. —No se sorprendió encontrarse con Alfredo, el vecino de Diana, en el bar.
—¿Y a qué hora fue? —le preguntó Dulce en cuanto volvió a la faena—. ¿Conseguiste verlo?
Yeray negó con apatía. No le apetecía ser el centro de atención en el bar, aunque comprendía que, después de lo que le había sucedido a Mateo, todos se mostraran algo inquietos, pese a que nadie era capaz de pronunciar una palabra al respecto.
—No lo vi. Algo me sobresaltó a las dos y nueve de la mañana y me hizo bajar al primer piso. Luego, todo sucedió muy rápido. Mi padre y mi hermano también estaban levantados, pero ninguno vimos a nadie con claridad.
—¿Has dicho a las dos y nueve de la mañana?
Dulce había palidecido, y escondía su nerviosismo tras el paño para secar la losa. Se frotaba las manos en él al tiempo que mantenía la cabeza gacha.
—¿Estás seguro de que esa era la hora exacta? —Alfredo entornó los párpados, meditabundo.
—Sí, es la hora que marca el maldito despertador. Siempre la misma —aseveró desconcertado al percibir la reacción de algunos.
—¡Oh, Señor bendito!
—¿Qué ocurre, Dulce? —le preguntó con delicadeza.
—Después de que Mateo muriera, mi marido y yo comenzamos a escuchar un golpe grande y seco en la azotea, como si una piedra enorme se estrellase contra ella.
La primera noche, subimos los dos aterrados para comprobar qué había ocasionado ese estruendo, pero no vimos nada.
La segunda y tercera noche nos armamos con palos y un garrote que guarda mi Juan detrás de la puerta por si a alguien se le ocurre entrar a robarnos al bar.
Sin embargo, al salir a la azotea, no encontramos nada.
¡Nada! —Todos la observaban como si estuviera narrando un cuento de miedo, expectantes y a la vez temerosos—.
Pero la cuarta noche fue la más rara. Oímos el golpe, y esa vez Juan decidió subir solo, ya que nunca veíamos nada.
Entonces, me di cuenta de que el reloj de la mesita de noche se había encendido de repente y marcaba las dos y nueve minutos.
Me asusté mucho. Llamé a Juan a gritos...
Me dio un ataque de ansiedad y el pobre Juan terminó tirando el reloj a la basura.
—¿Por qué dices que se encendió de repente? ¿Lo tenías apagado? —Toño mantenía la nariz arrugada y sus ojos pequeños irradiaban desconfianza.
—Lo tenía desenchufado. —Se escucharon varios sonidos de asombro en el local—.
Mi hija me lo había regalado por mi cumpleaños.
Es uno de esos digitales y que también tienen despertador, pero yo no conseguía conciliar el sueño.
Los números me encandilaban demasiado...
Así que, primero, le puse un paño para que no iluminara el cuarto como si fuera Navidad, y luego, una noche, cansada de él, decidí arrancar el cable del enchufe de un tirón.
—Entonces, ¿cómo pudo encenderse solo? —le preguntó Toño receloso—. Seguro que lo enchufaste tú misma y no te acuerdas. Ya sabes que cuando llegamos a cierta edad, se nos van las cosas de la cabeza —añadió riendo.
—No, no, no —negó una y otra vez.
—¿Y qué crees que ocurrió? —Yeray prestaba atención a todos los gestos de la mujer, incluidas las distintas muecas que se dibujaban en su boca y que no solo expresaban asombro y algo de vergüenza, sino también miedo.
—Lo he hablado con Juan muchas veces —susurró con tensión.
Aunque de nada le sirvió que hablara en voz baja, pues todos los presentes en el bar inclinaron sus cuerpos hacia ella para escucharla mejor—.
Creemos que se trataba de Mateo. Estamos seguros de que quería decirnos algo.
—Hizo una pausa dramática en la que se enderezó, y a continuación apoyó los brazos en la barra—.
Ustedes no lo saben, pero nos debía dinero y creemos que vino a pedirnos perdón para poder descansar en el cielo.
Un murmullo creciente se extendió por todo el local, y Yeray supo que esa historia, que rayaba la fantasía, pronto se propagaría por todo el Valle.
Sin embargo, él no estaba en una posición donde pudiera emitir un juicio más científico; al menos, no todavía.
Desde que había llegado a la isla, sucesos incomprensibles para la mente humana estaban adueñándose de su vida diaria.
—Los espíritus no existen —rechistó Toño al comprobar que nadie era capaz de llevarle la contraria a la mujer—. Son boberías de viejos.
—Que no hayas visto ninguno no significa que no existan —insistió ella—. ¿Has visto alguna vez un tiburón?
—¡Claro que no! —contestó Toño, burlándose de esa pregunta tan disparatada.
—¿Y cómo sabes que viven en el mar?
—Porque hay estudios biológicos y marinos y... ¡Joder! —Toño se sintió como si estuviera examinándose con los niños de tercero de Primaria—. Existen fotografías de submarinistas y gente experta... Y muchas personas los han visto. Algunos han sido atacados por ellos...
—Como los espíritus —sentenció ella—. También hay fotos. Hay expertos que se meten en las casas con aparatos raros para poder escucharlos, y a veces han experimentado hechos asombrosos. ¿Por qué tengo que dudar de su palabra?
—¡Porque esa gente está chalada! —Toño estaba desesperándose. No comprendía por qué Dulce le hablaba de tiburones y los comparaba con fantasmas.
—Deberías tener una charla con tu madre. Lala sabe de lo que hablo —sentenció la mujer y se dio la vuelta para prepararse un buen café—. ¿Quieres uno? Todavía no has pedido nada.
Toño resopló y buscó apoyo en el rostro de Yeray, quien parecía ser el único de los presentes que no creía en espíritus.
Después de todo, había estudiado en una gran universidad de la Península.
Sin embargo, a Yeray no le preocupaba que se hablara de fantasmas, sino el hecho de que todo había sucedido a una hora precisa y que, casualidad o fatalidad, coincidía con la suya.
—Vale, centrémonos en lo importante. —Hizo una pausa en la que consiguió la atención de Dulce—. ¿Habéis vuelto a experimentar un suceso parecido?
—Pues sí que se te ha pegado el tonillo godo. ¡Habéis!, ha dicho el gomero.
—¡Cállate, Toño! —lo silenció Dulce al tiempo que observaba muy seria a Yeray—. No. Desde que fuimos a llevar un ramo de flores a la tumba de Mateo, no hemos vuelto a escucharlo. Y eso fue hace tres noches. ¿Crees que Mateo se ha presentado ahora en tu casa?
Presionó los labios hasta que una línea muy fina se dibujó en su rostro.
—No creo que sea Mateo, Dulce. Pero, desde luego, algo extraño está ocurriendo en el Valle.
—Miró a todos los presentes, uno por uno.
No eran muchos. Si no contaba a Dulce y a Toño, quien acababa de llegar, allí solo estaban Miguel y Alfredo, ya conocidos habituales en el local, y dos personas más: Reyes, la directora del colegio y que había permanecido callada pero con los ojos bien abiertos, y Pancho, un señor que llevaba siendo monaguillo desde que él tenía uso de razón—.
¿Hay alguien más que sepa de una historia similar en el Valle?
Puede que entre todos podamos descubrir qué está sucediendo o coger al culpable de todas estas bromas de mal gusto... ¿Nadie?
Un silencio perturbador recorrió cada esquina del local como si el mismísimo diablo se hubiera presentado en ese momento y hubiera escrito con sangre la palabra «cobarde» en las paredes no tan inmaculadas del bar.
Dulce lo agarró de la mano y se la acarició mientras lo observaba con cierta tristeza. Quizá era su manera de apoyarlo ante unos clientes medrosos que preferirían que les cortaran la lengua antes de hablar. Entonces, Yeray reparó en sus dedos todavía inflamados.
—¿No has ido al médico todavía? —le preguntó en voz baja y de forma cariñosa.
—Ya te dije que no era nada. Una pomada y estaré como nueva en nada.
Dulce retiró la mano avergonzada y él aprovechó para sacar la cartera del bolsillo y pagar la cuenta.
De pronto, Reyes se acercó a él, con sus pantalones de tela beis y una camisa de botones holgada, y colocó la palma de su mano sobre la suya.
—Lo invito yo, Dulce. No le cobres.
Escudriñó en sus ojos perlados para leer sus verdaderas intenciones, aunque su semblante serio y disciplinado no le permitía adentrarse en las profundidades de su alma.
Con un gesto, ella le pidió que la siguiera, y no fue hasta que estuvieron en la calle, lejos de las miradas de los que continuaban en el bar, cuando le dirigió la palabra:
—Caminemos un poco más. No quiero convertirme en la comidilla del Valle.
Bastante tuve cuando encontraron a mi ahora exmarido paseando de la mano con una jovencita por La Calera.
—Observó de reojo el rostro sorpresivo de Yeray—.
Sí, hay que ser idiota para dejarte ver con tu amante en el pueblo. ¡Cabrón!