Capítulo 8LAS DOS Y NUEVE
LAS DOS Y NUEVE
Martín salió a primera hora de la mañana hacia el cuartelillo de la Guardia Civil.
Ni él mismo tenía claro qué decir, pero creyó que su hijo tenía razón: si había un vándalo en El Retamal, tendrían que pillarlo antes de que ocasionara un desastre mayor, y si era verdad lo que Yeray sostenía, ese malnacido volvería a introducirse en la finca para continuar divirtiéndose a su costa.
Sin embargo, una cosa era pasearse disfrazado entre las plataneras de los vecinos, y otra, destruir el trabajo de una vida.
Veinte plataneras habían sido afectadas, pero como el perro viejo que era, sabía que la próxima vez podrían ser cincuenta.
Ya estaba ahogado con un préstamo como para que empeorara su situación y tuviera que declararse en ruina total, así que no iba a permitir que ese malnacido, fuera quien fuese, lo pusiera contra la espada y la pared.
Era Martín Darias, hijo de Manuel Darias y nieto de Francisco Darias. Agricultores. Trabajadores incansables y con una mala leche que era bien reconocida en el Valle.
Antes de marcharse, les dejó instrucciones claras a sus hijos: no acercarse a la zona ni tocar una sola hoja de platanera, por si los agentes querían sacar alguna fotografía del lugar. La limpieza la realizarían luego.
Airam fue el encargado de comunicarles a los tres empleados lo sucedido la noche anterior.
Incluso Olivia, con la boca semiabierta y los ojos reflejando una galaxia entera en su interior, le prestaba atención a su tío.
Yeray no estaba seguro de que ese fuera un buen ambiente para una niña tan pequeña, sobre todo por si cualquier tipo de cuerpo policial, ya fuera la Policía Local, la Nacional o la mismísima Benemérita, se presentaba en su casa para recoger pruebas.
Él no tenía ni idea de a cuál de todas se le encargaría llevar aquel asunto, ni tampoco tenía ganas de quedarse para averiguarlo.
Le dijo a Olivia que subiera a cambiarse, ya que iban a desayunar al bar, mientras él tomaba los últimos sorbos de su café matutino frente a las plataneras destrozadas.
Las miraba con cierta distancia, como si fueran ajenas a él, cuando en realidad había crecido entre ellas.
Había aprendido a quererlas, a mimarlas, a consolarlas cuando una plaga de cochinillas estuvo a punto de condenarlas, pero también a odiarlas.
Por ellas, no pudo tener la adolescencia que habría querido.
Por ellas, discutió en innumerables ocasiones con su padre.
Por ellas, casi no fue a estudiar a Madrid Ingeniería Aeroespacial.
Soltó un resoplido y quiso tranquilizar su corazón.
Esos frutos de allí lo alimentaron durante años, lo vistieron, lo calzaron, y más de una vez escucharon sus sollozos cuando su padre lo castigaba y lo dejaba encerrado en su habitación todo un día para que pudiera reflexionar sobre lo que, según Martín, había hecho con intención.
Frunció los labios y las observó con pena.
Algunas habían logrado mantenerse en pie y resistir hasta el final los continuos embistes de...
¿de quién? Era imposible que un hombre solo hubiera sacudido una veintena de plataneras al mismo tiempo, ya que las plantas más maduras rondaban los ochenta kilos.
Alguien más tuvo que ayudarlo o usar algún tipo de dispositivo que fuera capaz de causar semejante vibración en el subsuelo.
En ese caso, ya no podría hablar de un perturbado mental que se escondía detrás de un disfraz con alas para gastar bromas pesadas.
Tendría que admitir la posibilidad de que se tratara de alguien astuto, que fuera experto en tecnología y que actuaba con premeditación.
Pero ¿de verdad existía alguien en Valle Gran Rey con conocimientos sobre ondas electromagnéticas?
—Vaya, pues sí que le tienes manía a tu padre.
Yeray observó de reojo a Idaira y estiró una de las comisuras de los labios fingiendo que su comentario le había hecho gracia, cuando en realidad le había molestado de una manera que jamás lograría entender.
—¿De verdad crees que derrocharía mi mala uva arruinándole el negocio a mi padre? Olivia y yo también vivimos aquí.
Ella ignoró su defensa.
—Debes tener unos poderes sobrehumanos para arrancar las plataneras de esta forma.
Aunque en la playa no me pareciste un tipo musculoso, más bien del montón.
—Se acuclilló y comenzó a examinar el lugar como si fuera una experta—.
Bueno, por mucho que me hubiera gustado comprobar en directo tu lado de malote y asqueado de la sociedad, es evidente que esto no lo has hecho tú.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo estás segura de eso?
—Mira los horcones —afirmó, segura de sí misma—. La mayoría se han roto después de que las plataneras se inclinaran hacia la izquierda. Ese de allí incluso ha salido volando, lo que me hace suponer que no estaba bien enterrado en el suelo.
—No comprendo adónde quieres llegar.
Con los brazos en jarra, la muchacha lo encaró con semblante serio y decidido.
—No todos los horcones sujetaban al racimo por la parte izquierda.
Algunos se encontraban en la parte derecha.
Lo más lógico es pensar que si quitas el palo que mantiene en vertical la platanera, esta caiga por el lado donde se mantenía la sujeción.
Pero en todos los casos han cedido hacia la izquierda.
Puedes comprobarlo tú mismo en aquellas que han quedado en pie.
Incluso estas tienen una ligera inclinación hacia la izquierda.
—¿Y eso qué significa?
Yeray le prestaba la atención que siempre le había requerido la muchacha. Ella no dudó en levantarse, estirar el cuello y mostrarse más interesante aún, si cabía.
—Yo no tengo ni idea. Pero es evidente que tú no eres el responsable. Cualquier idiota habría partido primero los horcones, así no habría hecho falta ejercer una fuerza descomunal en las plantas.
Se rascó la coronilla al tiempo que lograba ponerles palabras a sus pensamientos:
—¿Y si esto no lo hubiera hecho un hombre, sino una máquina?
Puede que con ondas electromagnéticas o de presión.
—Se humedeció los labios y desoyó la orden de su padre al internarse en el caos—.
Tanto la presión atmosférica como las ondas de radio pueden hacer vibrar las raíces de la planta.
Es como la que ejerce una excavadora cuando está abriendo un hueco en el asfalto.
Si el suelo es duro y denso, la vibración podría sentirse hasta unos veinte metros a la redonda.
Idaira no dudó en seguirlo. Se paseó la lengua por la dentadura y con aire interesante la posó en una de sus muelas traseras. Después, se plantó delante de él con las manos apoyadas en las caderas.
—Es una buena teoría. Pero, que yo sepa, anoche no había obreros perforando las carreteras de la zona. Y la posibilidad de que uno de nuestros vecinos haya fabricado una especie de máquina arrancaplataneras para amargarle la vida a tu padre me parece más sacada de una película de ciencia ficción.
Observó su sonrisa pícara, casi embaucadora, y desvió la mirada de inmediato.
De alguna manera, esa niña malcriada y desobediente lo intimidaba.
Estaba convencido de que le gustaba ponerlo a prueba, desafiarlo con sus continuas pullas, para luego reírse del viudo pobre y solo que había tenido que volverse con el rabo entre las piernas a casa de su padre.
—¡Papá, ya estoy lista!
Yeray alzó la vista y distinguió a Olivia en la entrada saludándolo con una mano.
Había llegado la hora de largarse de allí, y aunque, por un lado, no quería dejar a su padre con ese marrón, por otro, prefirió pensar que su presencia le resultaría más un estorbo que una ayuda.
A Martín se le subirían los colores si él comenzaba a hablar de hombres disfrazados de pájaros y ondas electromagnéticas delante de la policía.
Si su declaración era imprescindible como testigo del incidente, ya lo encontrarían.
Llegó hasta el bar de Dulce de la mano de la niña y con la cartera en el bolsillo del vaquero.
No necesitaba más. Todavía no era mediodía, pero la maldita calima ya asomaba por todos los rincones del Valle.
Esa masa de aire caliente y seco iba a acompañarlos hasta la tercera semana de agosto y no les facilitaría la vida en absoluto.
La disminución de la humedad en el ambiente y la maldita visibilidad reducida, causada por las partículas de polvo, lo condenaban a sentirse más enjaulado que nunca en la isla.
—¿Qué les pongo a mis clientes favoritos? —Desde detrás de la barra, Dulce los recibió con los brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja mientras ellos ocupaban una de las mesas.
—Algo ligero y bien fresquito.
—¿Ya no te acordabas de lo que era sufrir el aire de los moros en los pulmones? —Miguel alzó la jarra de su cerveza bien fría en su honor y luego bebió de ella.
—Tampoco creo que eso te ayude a primera hora de la mañana —le aconsejó él.
—¡Oh, no me seas puritano!
Dulce se acercó a la mesa con dos vasos de limonada casera y un par de sándwiches apenas tostados.
—Pareces cansado —le dijo la mujer—. Tengo a mi nieto en la casa con mi marido. Mi hija trabaja hoy de mañana y nos lo ha dejado aquí. ¿Te parece bien que Olivia vaya a jugar con él cuando termine el desayuno?
—Sí, papi, porfa —le suplicó la pequeña, con las palmas de las manos bien unidas.
—Te prometo que te la llevaré yo misma a casa por la tarde, así que no tienes que volver al bar bajo este sol.
Yeray arrugó el rostro y escudriñó en los ojos ilusionados de su hija.
La niña necesitaba un respiro. Primero, el cernícalo muerto, y luego, las plataneras destrozadas, sin contar con el mal trago del funeral de Mateo; porque, aunque no se quejó, él sí que pudo apreciar ese halo de tristeza que la envolvía cuando se sentía pequeñita.
Sí, necesitaba alejarse de todo el caos en el que parecía que se había convertido su vida en un suspiro, así que asintió con levedad.
Olivia se abalanzó sobre él para agradecérselo con un montón de besos.