Capítulo 7LAS PLATANERAS #3
No obstante, un sueño perturbador que no fue capaz de recordar hizo que se sobresaltara y terminara otra vez sentado en la cama.
Miró el despertador digital y bufó al ver que marcaba las dos y nueve de la mañana.
Estaba hartándose de que su cerebro estuviera programado para abrir los ojos a esa hora desde que había llegado a la isla.
Aprovechó para ir al baño y despejarse delante de un espejo que se sinceraba con él y le susurraba que sus ojos ya no irradiaban la seguridad de antes, mientras sus finos labios tremaban sin poder ocultar su tristeza.
Al regresar al dormitorio, se percató de que había una luz encendida en el piso de abajo.
Quiso ignorarla, refugiarse de nuevo bajo las sábanas y esconder la cabeza debajo de la almohada, pero no pudo.
Se llevó las manos a la nuca, y después de un resoplido que reflejaba su desgana, descendió los peldaños de la escalera.
No le asombró en absoluto corroborar que la luz provenía de la cocina, y menos aún encontrar a su hermano de pie, observando la finca a través de la ventana.
—¿No puedes dormir? —le preguntó para romper el silencio, pero Airam no le respondió; continuaba mirando el cristal como si él fuera el protagonista de un hechizo donde hubiera perdido su voluntad—.
¿También te has asustado con el cernícalo?
—Se llenó un vaso de agua y se colocó junto a él para intentar descubrir qué le llamaba tanto la atención—.
Olivia se ha quedado muy impactada. Es muy difícil hablarle a una niña sobre la muerte, y más si es la de su madre.
A veces tengo la sensación de que no soy un buen padre.
No soy capaz de consolarla, de hacerla sentir segura, de protegerla como se merece.
—Está ahí.
Yeray dejó el vaso a un lado, se restregó los ojos y poco a poco fue examinando el terreno, haciendo un sobreesfuerzo humano para no cerrar los párpados. Estaba exhausto, agotado de los pequeños incidentes que estaban asolando la finca.
—¿Ha vuelto? —le preguntó con asombro, pues todavía le era imposible creer que ese loco con disfraz de pájaro volviera a las andadas después de la muerte de Mateo.
—Nunca s-s-se ha ido.
Entonces, cogió el vaso, se bebió el agua de un trago y lo depositó sobre la mesa que estaba a su espalda.
—¿Cómo sabes que no se ha ido? Las últimas noches hasta yo te he oído roncar.
—P-p-pero yo sé qu-que ha estado a-qu-quí.
—¿Cómo? —De reojo, Yeray se percató de que el perro estaba agazapado en la parte posterior de la nevera.
De vez en cuando, emitía un ligero gemido, agudo y no demasiado largo, que le certificaba que estaba asustado—.
¿Lo has visto? —Airam negó con la cabeza—.
Entonces, puede que no esté ahí fuera. Estás predispuesto a que algo malo vaya a ocurrir, pero no tiene por qué suceder otra vez. Mateo ya murió.
—No me p-p-preocupa Mateo. Ya sé qu-que está m-m-muerto.
—Entonces, ¿qué? Lo más probable es que ese chalado esté muerto de miedo en su casa y no quiera salir más a asustar a la gente.
Se ha dado cuenta de que hizo algo grave, llevó a Mateo al suicidio y no querrá que pase de nuevo.
Sobre todo, porque si el pueblo lo pilla, va a tener un gran problema.
No serán los policías quienes se ocupen de él.
—Le dio unas palmaditas en la espalda y lo animó a volver a la cama—: Será mejor que duermas un poco.
Mañana hay muchas cosas que hacer en la finca y no quieres que padre te eche la bronca porque no estás espabilado.
Airam se lo pensó dos veces antes de aceptar la propuesta.
No quería dejar la casa sin la protección necesaria, pero tampoco podía asegurar que el monstruo se encontrara allí.
No lo había visto. Toby lo había despertado muy agitado, y él sabía lo que ocurría cuando el perro se ponía nervioso: el hombre alado había llegado y se disponía a recorrer cada palmo de la finca como si fuera suya.
Él lo sentía en su piel cuando miraba por la ventana.
Estaba ahí fuera, vigilándolo. Pero ahora se le hacía imposible discernir entre el miedo y la intuición, y eso le ocasionaba aún más pavor.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —Martín entró en la cocina con un pijama de rayas amarillas y bostezando sin parar—. Estaba escuchando a un par de gallinas cacarear que no me dejaban dormir. ¿Se puede saber por qué no están en la cama?
—Airam creía que había alguien en la finca —comenzó a excusarse Yeray.
El padre los observó como si fueran dos imbéciles apostados detrás de una vidriera en pleno bombardeo, dispuestos a morir los primeros en manos enemigas.
—Si fuera un tirador, los dos estarían muertos. —Maldijo por lo bajo y sacudió la cabeza, insatisfecho—. Mateo está muerto, y los muertos no se levantan de la tumba para ir a visitar a sus vecinos. Ahí no hay nadie.
—No estábamos hablando de Mateo, sino del otro, el que va disfrazado y al que estaba intentando coger —volvió a intervenir Yeray, para asombro de su padre.
—¿De verdad estás alimentando las paranoias de tu hermano? ¡Hay que joderse! Airam no te necesita para que le llenes el cerebro de pajaritos preñados. Eso sabe hacerlo solito.
—Sabes que estuve persiguiendo a alguien que no era Mateo el día de su muerte. Lo sabes —le recalcó.
—¿Y dónde se metió luego? ¿Por qué no ayudó a Mateo? ¿Por qué lo dejó morir? Tu historia no tiene sentido, sobre todo porque nadie vio a ese individuo.
—Puede que yo no lo viera bien. —Yeray no apartaba la vista del cristal—. Pero Mateo llevaba días, puede que semanas, tratando de cazarlo. Incluso hizo dibujos donde lo retrataba con una especie de disfraz de pájaro.
—Esas son tonterías.
De pronto, una piedra impactó contra la ventana ocasionando una abolladura en el cristal. Los tres se sobresaltaron y Airam corrió detrás de la mesa, muy asustado. Con un dedo que le brincaba como un resorte descontrolado, señaló hacia fuera y exclamó:
—¡Está ahí! ¡Está ahí!
—¡Me cago en todo! —gritó Martín enojado al tiempo que encendía la luz del exterior.
No alumbraba demasiado y apenas los dejaba entrever la primera línea de plataneras, pero allí no había nadie, pese a que Airam se empeñaba en exclamar lo contrario.
Yeray cogió un par de linternas y le lanzó una a su padre. Luego se giró hacia su hermano, quien continuaba temblando de arriba abajo.
—No quiero que salgas. Y si Olivia se despierta, quédate con ella.
Padre e hijo abrieron la puerta y salieron.
Pese al bochorno de esa noche de agosto, pegajoso y sofocante, Yeray pensó que se le habían congelado los pulmones al tomar la primera bocanada de aire.
Dirigió el haz de luz hacia distintos puntos de la finca, sin encontrar nada significativo, mientras Martín recogía del suelo la culpable del estropicio.
Era una simple piedra del tamaño de un puño cualquiera, y al viejo le irritó aún más pensar que eran víctimas de una broma.
Habría preferido que se tratase de un ladrón torpe, porque así podría estrangularlo con sus propias manos y alegar defensa propia, pero ¿una maldita piedra?
Alguien había querido asustarlos y lo había conseguido.
—Los fantasmas no tiran piedras —le comunicó a su hijo al tiempo que la lanzaba lejos.
—¿Qué haces? Podría ser una prueba.
—¿Una prueba de qué? ¿De que alguien casi consigue que nos meáramos encima? —le dijo su padre, visiblemente cabreado.
—Sé que hemos tenido nuestras diferencias, pero créeme cuando te digo que esto no es cosa de chiquillos. Alguien estuvo acosando a Mateo varias noches seguidas y ahora nos toca a nosotros.
—¿Y qué pretende ese fiera? ¿Que me cuelgue del poste eléctrico que hay en la carretera?
—No lo sé —le respondió entre dientes—. Pero que te quede claro que no voy a quedarme sentado esperando.
De pronto, la platanera que tenían justo enfrente comenzó a agitarse de forma violenta.
A continuación, la que estaba detrás imitó su comportamiento, y luego la otra, y la de más atrás.
Toda una hilera de plantas se movía de forma alocada, como si alguien las zarandeara desde la raíz y quisiera arrancarlas de cuajo.
Martín y Yeray retrocedieron varios pasos a la vez que contemplaban con estupor cómo solo una fila de plataneras convulsionaba de atrás hacia delante, simulando sufrir una crisis epiléptica.
Después, los horcones que habían colocado para su amarre cedieron, se rompieron por la mitad, y algunos racimos de plátanos terminaron en el suelo.
—¿Y dices que esto está haciéndolo un hombre disfrazado? —Yeray detectó cierto sarcasmo en la pregunta de su padre y se preguntó cómo era capaz de mantener el humor en un momento como ese—. ¡Mierda! ¿Qué cojones?...
Atónito, Airam se unió a la fiesta y se colocó entre ambos mientras pasaba sus brazos por los hombros de los dos.
—Ya no sé qué pensar. Deberías hablar con la policía —le sugirió Yeray—. Alguien nos está acosando y no tenemos ni idea de quién.
—¿Y qué les digo, hijo? ¿Que un fantasma la ha tomado con mis tierras y se ha cargado él solo una fila de plataneras?
—No es un fantasma-ma ni una persona. Es un m-m-monstruo —afirmó Airam rotundo.
Entonces, todo paró. Las plataneras afectadas se sosegaron y no volvieron a mover ninguna de sus hojas, aunque ya el estropicio estaba hecho. Algunas estaban dañadas desde la raíz y varios racimos yacían en el suelo con los plátanos destrozados, demasiado verdes para poder venderlos en el mercado.
Con ojos húmedos, Martín contempló la finca y cómo todo el trabajo de una vida se había echado a perder en un escaso minuto.