El vuelo del cernícalo Capítulo 7LAS PLATANERAS #2
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Capítulo 7LAS PLATANERAS #2

La joven rozó la astilla con la lengua y un sentimiento contradictorio lo asoló.

Sin duda, era placentero, pero a la vez incómodo y algo desagradable.

Cuando estuvo segura, la atrapó entre los dientes y Yeray percibió el ligero mordisco.

Después, sin dudarlo ni advertirlo, la arrancó de cuajo provocándole una pequeña lesión.

Entonces, él miró la sangre con repugnancia, con cierta distancia, como si ese líquido rojo no fuera suyo, pero en cuanto Idaira juntó sus labios y se inclinó para chuparlo, se lo impidió.

—No. Es mi sangre.

Ella lo observó como si le hubiera quitado una golosina: desconsolada y, en cierta medida, herida.

Estaba seguro de que esa joven de trenzas rebeldes disfrutaba provocándolo, llevándolo al límite y estudiando su reacción como un ornitólogo al analizar los diferentes comportamientos de las aves en su vuelo cotidiano, aunque no comprendiera por qué lo hacía.

De pronto, escucharon un grito agudo rebotar en cada tallo de las plataneras. Un grito que lo devolvió a la realidad, pues era el de Olivia.

Sin pensárselo dos veces, corrió hacia el lugar donde la había visto por última vez. Estaba jugando con Toby y pensó que quizá el perro la habría mordido, pese a que el animal le había cogido cariño a la niña en las dos semanas que llevaban allí.

No había terminado su recorrido cuando escuchó la voz de su padre maldecir a voces.

Sin embargo, sus insultos no provenían de los alrededores de la casa, sino del interior de las plataneras.

Se dio media vuelta, giró a la derecha y corrió mientras observaba las zancadas de su hermano avanzar en sentido contrario.

Decidió seguirlo. Airam conocía mejor el intrincado de plataneras que año tras año su padre iba renovando y ampliando.

—¡Por aquí! —escuchó exclamar a Idaira, quien lo alentaba a seguirla con gestos de una mano.

Al llegar, distinguió a Olivia en los brazos de Julia.

La niña gimoteaba al tiempo que se presionaba los ojos con fuerza.

Martín estaba en cuclillas junto con el otro joven que trabajaba para él, Pedro, frente a una platanera.

Su padre removía con un pequeño palo algo en la tierra, puede que un conejo o tal vez una rata.

Desde su posición, no alcanzaba a distinguirlo.

Fue acercándose poco a poco, y entonces tuvo una visión más clara de lo que había asustado a Olivia.

Era un pájaro. Tenía en el vientre un agujero del tamaño de una pelota de tenis y todas sus vísceras interiores se habían desparramado por la tierra.

—Es un cernícalo —certificó su padre al tiempo que él asentía con interés—. Puede que haya muerto durante la noche.

—¿Y qué demonios lo ha matado? —le preguntó Julia—. ¿Un cazador? Parece que le hayan pegado un tiro.

Yeray acarició los cabellos de la niña y esta se abrazó a él con rapidez.

—Tranquila, ya ha pasado todo —le susurró.

—No, esto no es obra de una escopeta, sino de otro animal —le aseguró el viejo.

—Pero ¿no se supone que los cernícalos son aves rapaces? Son ellos los cazadores —insistió la mujer.

—Todos estamos presentes en la cadena alimenticia, y el cernícalo también cuenta con sus propios depredadores, como el halcón tagarote.

Normalmente, suelen vivir en los acantilados, pero en los últimos años se los ha visto en los barrancos y riscos del interior.

—Martín se levantó y estiró las piernas, no sin que antes estas le crujieran—. La edad no perdona.

—¿Estás seguro de que fue un halcón? —Yeray continuaba observando al pájaro con espanto.

—¿Escuchaste algún disparo anoche? —Su padre le dio la espalda y se encaminó hacia el lugar donde había dejado a medias su trabajo—. Pedro, coge una bolsa y mete dentro al pájaro. Luego tíralo a la basura.

Antes de que su hermano siguiera los pasos de su padre, Airam se aproximó a él con sigilo, miró a la niña algo asustado y acercó la boca a su oreja para que Olivia no pudiera escucharlo:

—No fue un halcó-ó-ón.

Después, se marchó como todos los demás, exceptuando a Pedro, quien con repulsión procedió a retirar el cuerpo del animal de las tierras de su padre.

Yeray concluyó su jornada laboral en la finca en ese preciso momento.

Con Olivia, se dirigió al interior de la casa y juntos se sentaron frente a la tele para ver otro matinal de los Looney Tunes .

No volvieron a pisar las plataneras, ni siquiera a asomar la cabeza por la finca.

Tras el almuerzo, bajaron a la playa como habían estado haciendo la última semana.

Se tomaban un helado y paseaban tranquilos, y así recogían la energía del mar, serena y reconfortante, mientras inspiraban profundo e intentaban olvidar el caos que se había adueñado de sus vidas.

Olivia no le mencionó el incidente con el cernícalo y él tampoco quiso ahondar en la herida sangrante de su corazón.

Imaginó que ver al pájaro en ese estado había reactivado los recuerdos de la muerte de su madre, pese a que la niña jamás la vio en la calle tirada, en una posición antinatural, con una pierna casi desencajada de la cadera y la cabeza retorcida hacia atrás.

Pero no hizo falta que la contemplara en ese estado, ya que algunos compañeros de su clase se lo habían contado después de escuchar a sus padres hablar del asunto.

Y, entonces, Olivia la imaginó indefensa, con la lengua por fuera y los ojos abiertos de par en par, aunque fuera mentira, ya que Claudia luchaba para que los párpados no se le cerraran y balbuceaba palabras que a él le costaba comprender mientras la sujetaba entre sus brazos.

Por la noche, cuando estaba arropándola, le dio un beso en la mejilla y se sintió afortunado, pues Olivia tenía la sonrisa dulce de Claudia, además de sus extraordinarios ojos verdes.

Había heredado su mirada astuta, esa con la que tantas veces escudriñó su rostro para adivinar su estado emocional antes de que se atreviera a decir una palabra.

Pero esta vez fue él quien se adelantó a sus pensamientos:

—Mamá no sufrió.

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó la niña mientras se sorbía la nariz.

—Porque yo estuve a su lado, la cogí de la mano y hablamos hasta que su voz se apagó. Estaba tranquila, relajada, a pesar de que iba a dejar este mundo, y me dijo que te cuidara, que te ayudara a convertirte en una gran mujer. Pero ¿sabes qué más me dijo?

—Sí, lo sé —afirmó en un hilo de voz que apenas voló por el dormitorio—. Te dijo que me quería mucho.

—Me dijo que te quería mucho.

La abrazó y presionó los labios con fuerza para ahogar un quejido antes de que naciera. No quería que Olivia contemplase su fragilidad, porque ahora él era el único timonel del barco. Y aunque se había perdido en la tormenta, tenía la esperanza de recuperar el rumbo antes de que ambos naufragaran.

—Pero Mateo se murió solo, y el pájaro también. —Se secó las primeras lágrimas que anegaron sus ojos.

—Bueno, Olivia. Mateo escogió estar solo, y el cernícalo puede que al principio estuviera acompañado. No lo sabemos. Y aunque no lo creamos, los animales son más fuertes de lo que pensamos.

—¿Me prometes que si me ocurriera algo no me dejarías sola? —Lo miró sin parpadear, aguardando una respuesta que pudiera relajarla.

—Cariño, no va a sucederte nada. Eres todavía una niña.

—¿Es que los niños no se mueren?

Yeray arrugó la nariz y luego la movió de un lado a otro, como si le picara.

Esa maldita pregunta lo había deshecho por dentro, creando un agujero que lo sumergía en un nuevo vacío.

No quería asumir el hecho de que quizá su hija también partiera antes que él, y aunque sabía que existía esa posibilidad y no quería mentirle, tampoco deseaba entristecerla más de lo que estaba.

—No ha llegado tu hora, cariño. Te quedan muchos años por delante. Y con un poco de suerte, conoceré a mis nietos e iré a visitarte todas las semanas dondequiera que estés.

Olivia inspiró aire con fuerza, tanta que Yeray advirtió cómo penetraba por sus fosas nasales y descendía por la faringe hasta relajarla.

—Pero, si pasa algo, ¿vendrás a sujetarme la mano como hiciste con mamá? —La miró asustado, como si existiera algo en los pensamientos de la niña que no quisiera verbalizar, y quiso averiguarlo escudriñando en sus ojos, como Claudia y ella solían hacer—. Prométemelo.

—¡Claro! Eso no lo dudes. Estaré siempre que me necesites.

No quiso entornar los párpados hasta que Olivia se durmiera.

Por alguna razón que no lograba comprender, sentía que tenía que protegerla de la noche, de las horas más oscuras y de las pesadillas que pudieran agobiarla.

Pensó que la experiencia de encontrar al cernícalo muerto la había afectado más de lo esperado, pero ahora no estaba tan seguro de que tuviera que ver con la muerte de Claudia.

La niña le había mencionado a Mateo, y aunque él evitaba pronunciar la palabra suicidio delante de ella, las habladurías del pueblo tenían las patas cortas y los brazos largos.

Corrían endemoniadas agarrando a todos sus habitantes sin darles tiempo a esconderse.

Después de la tregua que había conseguido tras el funeral de Mateo, esa noche se le antojó eterna.

Estuvo leyendo un buen rato para intentar que sus ojos sintieran el mismo agotamiento que su cuerpo, pero no lo lograba.

Esa pesadez en el ambiente había regresado y él no había descansado lo suficiente para enfrentarse a lo que estaba por venir.

Aun así, la extenuación consiguió derribarlo y más pronto de lo que esperaba se rindió a su sueño.