El vuelo del cernícalo Capítulo 7LAS PLATANERAS
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Capítulo 7LAS PLATANERAS

LAS PLATANERAS

Las noches de la semana siguiente transcurrieron con normalidad en el Valle.

No hubo desfiles de luces que sobresaltaran a los vecinos al oscurecer ni extraños que se introdujeran en sus propiedades.

Parecía que después del funeral de Mateo todo había vuelto a una calma tensa.

Tensa, quizá, porque de alguna manera todo aquello había quedado enterrado con el cuerpo del pobre hombre, bajo tierra y en un ataúd bien cerrado para que el eco de su fantasma no transitase por las calles del barrio.

Sin embargo, la confusión se extendía como un parásito silencioso que bloqueaba las mentes de sus habitantes.

Todavía existían preguntas a las que no se encontraba respuesta, preguntas que nadie quería pronunciar en voz alta, como por qué lo había hecho, quién lo seguía esa noche y por qué ese supuesto acosador no había impedido que se suicidara.

Incluso a Yeray le inquietaba que la autopsia no revelara ningún dato destacado. No existían signos de lucha en su cuerpo, no había rastro de ADN que pudiera involucrar a otro sujeto. Mateo, simplemente, se había suicidado.

No obstante, esos dibujos que Diana le había mostrado continuaban revoloteando sobre su cabeza: el hombre con alas y ojos rojos.

Esa figura esperpéntica con las extremidades más largas que el tronco le preocupaba sobremanera.

Ya existían muchos rumores en el pueblo acerca del origen de las luces del cielo, que la mayoría achacaba a la presencia de ovnis en la isla, y ese dibujo de Mateo aumentaría aún más la ridícula creencia de que los extraterrestres los vigilaban.

El hombre lo había retratado como un monstruo, y puede que en cierto modo lo fuera, ya que estuvo acechándolo durante semanas seguidas sin intercambiar una palabra con él, o al menos no tenían conocimiento de que se produjera ese contacto directo.

Pero el hecho de quitarle su humanidad en el papel lo hacía parecer alguien siniestro y depravado, cuando lo más lógico era pensar que algún vecino del Valle se aprovechaba de la confianza de sus paisanos para salir disfrazado, protegido por la oscuridad de la noche para...

¿hacer qué? No estaba seguro de que robara nada en las casas ni destrozara los cultivos o los dañara de alguna manera. ¿Qué hacía? ¿Por qué los vigilaba?

Quería creer en su primera opción: no era más que un pobre diablo que disfrutaba asustando a los vecinos, pese a que con Mateo, ya de por sí sensible por todo lo que le había ocurrido, se había pasado tres pueblos.

Entonces supuso que el acosador se había asustado y se había escondido en su madriguera, por eso nadie había vuelto a verlo.

Nadie. Y él se alegraba de ello. Por fin, podía disfrutar de unas vacaciones merecidas con Olivia antes de dedicarse a buscar un trabajo en la isla, si es que decidía quedarse al menos un tiempo en el Valle.

En aquel momento no quería pensar en ello.

Había matriculado a Olivia en el colegio y estaba dispuesto a ser el mejor padre: el que no faltaba a las actuaciones navideñas, el que la llevaría y la recogería cada día y el que la ayudaría con los deberes, como solía hacer Claudia.

Todo eso mientras él sanaba las heridas profundas de su alma.

Solo necesitaba tiempo, aunque sintiera que este se le diluía entre los dedos de las manos.

Ese día, después de tomarse el café de la mañana, salió por la puerta trasera y observó cómo el grupo variopinto que su padre había reunido se dedicaba al amarre de los racimos de las plataneras.

La tarea consistía en apuntalarlos bien para evitar que por su propio peso se cayeran y en realizar su posterior embolsado con el objetivo de aislarlos de las plagas o posibles enfermedades que pudieran contraer y propiciar al mismo tiempo la distribución uniforme de la fruta.

Yeray arrugó la frente. Le había dedicado gran parte de su vida al cuidado y cultivo de las plataneras.

Muchas personas desconocían que estas no se reproducían por semillas ni mediante la polinización, sino que lo hacían gracias a la clonación natural; es decir, por el nacimiento de pequeños rebrotes llamados hijos que aparecían en el tallo de la planta madre.

Estos podían ser separados de la madre y plantados en un nuevo lugar.

—¿Piensas quedarte ahí mirándonos como un machango, o vienes a echarnos una mano? —le reprochó Martín, quien continuó con la faena al ver que no se inmutaba—. Esto no es un hotel, hijo. Si quieres cama y comida, tienes que ganártelo, como todos los demás.

Sí, ya había tenido en cuenta que cualquier día su padre lo obligaría a trabajar de nuevo con él.

Lo llevaba en los genes. Martín no podía ver a nadie de brazos cruzados intentando disfrutar de unas vacaciones o, en su caso, de una pausa en su vida.

El destino lo había puesto en jaque y esperaba encontrar la jugada magistral que lo sacara de ese aprieto de forma mágica.

Afortunadamente, tenía unos ahorros en la cuenta bancaria y no necesitaba buscar trabajo de inmediato, y aunque pensó en ofrecerle dinero a Martín para cubrir sus gastos y los de Olivia en la casa, pronto desechó esa idea.

El viejo se sentiría insultado y pondría el grito en el cielo.

Con resignación, miró sus vaqueros nuevos y nada adecuados para la faena. Bufó, y tras comprobar que Olivia jugaba con Toby en los alrededores de la casa, se adentró en las plataneras. Buscó a Airam con la mirada y no tardó en hallarlo con un horcón entre las manos.

—¿Necesitas ayuda? —le preguntó.

Su hermano titubeó un segundo y examinó la vestimenta con la que se había presentado en la finca.

—Te vas a en-ensuciar.

—Bah, no importa. Una lavadora y listo.

Airam le pasó el horcón. Era un palo de madera en forma de Y y de tamaño considerable, puesto que tenía que alcanzar la altura de la platanera.

Su punta debía ser afilada o estar lo suficientemente pulida para facilitar su inserción en la tierra.

Después, su hermano sostuvo la platanera mientras Yeray colocaba el horcón en la posición adecuada para que esta no se inclinara por el peso del racimo, que a ojo le parecía que podría llegar a los sesenta kilos.

Lo apuntaló bien, y después de clavarse una astilla, cayó en la cuenta de que no se había puesto los guantes.

Se llevó el dedo a la boca y comenzó a chuparlo en el punto en el que sentía un resquemor más grande que si le hubieran asestado una puñalada en el estómago.

Luego, con el dedo índice de la otra mano acarició la piel para detectar la maldita intrusa.

No era muy grande, pues si no la habría localizado a simple vista.

Escuchó entonces una risita burlona a su izquierda.

Desvió la mirada hacia ese lado y no le sorprendió descubrir a Idaira con una bolsa plástica.

—No tiene gracia —le dijo, con semblante muy serio.

—Y yo no puedo creer que antes te dedicaras a esto —se burló ella.

—Lo hice. Durante muchos años, antes de que tú nacieras. —Mantuvo sus ojos marrones sobre el rostro de la muchacha, que ahora no le resultaba tan angelical.

Tenía unos pequeños pantalones vaqueros que apenas le cubrían las nalgas y una camiseta roja a la que le había hecho un nudo a la altura del ombligo.

Yeray contempló con recelo las dos largas trenzas en las que había recogido su cabello esa mañana.

Cualquiera habría supuesto que estaba frente a una jovencita inocente y de claras intenciones.

Él no. Ya había comprobado cómo se las gastaba, cómo le encantaba rizar el rizo y tener siempre la última palabra.

—¿Quieres qu-que te traiga alco-hol? —Airam lo miraba preocupado, como si un vampiro le hubiera hecho un agujero en el dedo a su hermano. Él negó con la cabeza—. ¿Seguro?

—Es una astilla. Nada más.

—Lo que necesitas son unas pinzas —le sugirió Idaira— y a una experta en su manejo. —La joven se acercó a él con paso suntuoso.

—Deberías seguir embolsando los racimos —le aconsejó Yeray—. Si Martín te ve, te quitará la paga de hoy.

Ella hizo caso omiso de lo que le decía.

Llegó hasta él, se quitó uno de los guantes y le sujetó el dedo sin preguntarle siquiera.

Con el pulgar, lo acarició de arriba abajo de una manera tan sensual que Yeray no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espina dorsal.

Inspiró hondo y la miró mientras ella pronunciaba el veredicto:

—Aquí está. No es tan pequeña como te creías. Es larga y gruesa. Y se te ha enterrado mucho.

—Ahora me dirás que llevas unas pinzas en el bolsillo del pantalón.

—¡Claro que no! —Rio con picardía—. Pero mis uñas son prodigiosas.

Yeray prestó atención a sus uñas. Estaban bien cuidadas y no parecían las de una agricultora: cortas y llenas de tierra.

Y aunque no eran kilométricas, tampoco eran las de una pianista: discretas y bien pulidas.

Además, estaban pintadas de rosa; detalle que no quiso obviar, puesto que se la había imaginado escapándose por la ventana de su cuarto, vestida de negro y con las uñas del mismo color, dispuesta a arrancarle el corazón a todo aquel que decidiera regalarle su confianza.

Idaira hurgó en el dedo con una de sus uñas y él sintió un ligero pinchazo.

Luego intentó sustraerla colocando el pulgar y el índice en forma de pinza.

Agarró varias veces la maldita astilla, pero cuando tiraba de ella para extraerla, la perdía.

Entonces, ni corta ni perezosa, acercó sus dientes al dedo.

Yeray estuvo a punto de retirarlo temiendo que se lo mordiera y se lo tragara de un bocado, sin embargo, no supo por qué se mantuvo inmóvil.

Quizá necesitaba hacerse el valiente delante de una muchacha que lo retaba continuamente.