Capítulo 6EL FUNERAL #3
Escucharon la voz de Ricardo llamar a Diana, y esta, como una cría que temía ser descubierta, cogió la carpeta, la cerró y la escondió detrás de una bolsa de fertilizante.
Se sacudió las manos y se encaminó hacia la puerta con paso ligero.
Sin embargo, fue demasiado tarde, ya que Ricardo apareció en el umbral con cara de pocos amigos.
—¿Qué estás haciendo aquí? Tenemos la casa llena de gente que pregunta por ti.
—Entonces, el hombre elevó la mirada y lo descubrió en el fondo de la estancia, apoyado en una de las repisas con las manos en los bolsillos—.
¡Vaya! Ni el día en el que entierran a mi padre eres capaz de mantener tu sucia boca alejada de la de mi hermana.
—Ricardo, por favor —le rogó Diana.
—Estábamos hablando entre amigos —se defendió Yeray molesto.
—Ya. Pues los amigos no se esconden en los trasteros —añadió, convirtiéndose en el matón que los espiaba cuando eran unos adolescentes—. Deberías guardar el luto por tu mujer al menos unos meses más, por respeto.
—¡Ricardo! —lo reprendió su hermana.
Yeray apretó los puños y quiso aliviar la rabia de sus entrañas enterrando las uñas en las palmas de las manos. Si ese estirado no se hubiera marchado segundos después, los surcos en la piel le habrían sangrado. Era eso o estamparle uno de sus puños en la nariz.
Aguantó la ofensa con estoicismo, y después de reunirse con Olivia, abandonaron la casa para dirigirse a la parroquia de Los Santos Reyes.
Por lo visto, Mateo y su mujer eran fieles devotos de la patrona de Valle Gran Rey y jamás se perdían la misa de los domingos que oficiaba un párroco que era primo segundo de la mujer de Mateo.
Tanto Martín como Airam tuvieron que aligerar el paso para alcanzarlo, ya que él los aventajaba varios metros.
—Pero ¿qué bicho te ha picado de repente? —oyó comentar a su padre—. Los familiares todavía no han salido. Deberíamos ir detrás de ellos.
—Cumplamos con las normas morales del pueblo y luego volvamos a casa —soltó sin dar más explicaciones, aún molesto por las palabras de Ricardo.
Llegaron antes que nadie a la parroquia y tomaron asiento en uno de los bancos de la nave central.
Era una iglesia con una fachada principal sencilla y simétrica, de estilo neocolonial y con mucha influencia de la arquitectura española representativa en América.
El edificio había sido construido con materiales tradicionales canarios, como la piedra y la madera, y la cubierta a dos aguas, con tejas de cerámica.
Era un templo que había sido erigido en honor a los Santos Reyes Magos, por eso su festividad se celebraba el seis de enero y en su interior albergaba varias imágenes religiosas dedicadas a Baltasar, Gaspar y Melchor.
Cuando el féretro por fin desfiló hacia el altar aupado por cuatro hombres del pueblo, entre los que se encontraba Ricardo, Yeray no pudo evitar una mueca de desagrado.
Después, entornó los párpados para calmar su malestar y los abrió de nuevo para sonreírle a Diana a su paso.
Esta le devolvió el saludo con una mirada que penetró en lo más hondo de su alma, y de nuevo se sintió miserable.
Sin embargo, apenas tuvo tiempo para desgranar el motivo de ese sentimiento, pues justo detrás de ella avanzaba Idaira, resuelta, con la cabeza bien alta y luciendo un vestido con un escote discreto pero que apenas le cubría sus tersos muslos.
Lo miró con una sonrisa pícara al llegar a su altura, y no apartó sus ojos avellanados y repletos de un brillo hipnótico de su rostro hasta que no pudo estirar el cuello más hacia atrás. Incluso se atrevió a humedecerse los labios y a mordérselos de una manera que a Yeray se le antojó provocativa.
—¿Por qué Idaira está ahí? Quiero decir, ¿por qué camina con los familiares de Mateo? —le preguntó en voz baja a Martín.
—¿Eres idiota? Es su nieta. La hija de Diana.
Yeray creyó que se abría una grieta enorme bajo sus pies y que caía sin remedio en el agujero.
Su cerebro estaba a punto de estallarle mientras se esforzaba en hallar las conexiones perdidas que lo habían hecho ignorar ese detalle tan significativo.
Él había supuesto erróneamente que la muchacha tendría unos veinte años, dado su desarrollo físico evidente.
Además, trabajaba para su padre, y nunca habría imaginado que Martín contrataría a una menor de edad.
Porque, si no recordaba mal, Diana le había dicho que tenía una hija de dieciséis o diecisiete años.
Se masajeó la frente para aliviar la carga de todos los pensamientos que ahora mismo turbaban su mente.
Idaira le había confesado que su padre había muerto, cuando en realidad no había sido así.
Era el exmarido maltratador de Diana, y aunque podía entender que usara esa expresión para definir el estado de su padre después de las innumerables palizas que habría recibido su madre, le extrañaba que se lo hubiera dicho con ese desparpajo propio de las personas a las que les importa todo un carajo.
Después de todo, aunque fuera un miserable cabrón, continuaba siendo su padre.
Podría haberle comentado que no tenía trato con él porque su madre se había divorciado y no quería verlo ni en pintura.
Exhaló el poco oxígeno que le quedaba en los pulmones y cayó en la cuenta de que él era un completo desconocido para la joven y que en ningún momento tenía que contarle nada de su vida.
Él tampoco lo habría hecho. Nadie necesitaba saber que imaginarse a Claudia en la cama cada mañana lo hacía sentirse desgraciado.
Al terminar la misa, los presentes se concentraron en la salida para volver a presentarle sus respetos a la familia.
Sin embargo, Yeray prefirió apartarse de la multitud al tiempo que observaba a Airam jugar al caballito con Olivia y hacer una carrera ficticia por la plaza.
Para Martín, no era el comportamiento adecuado en un funeral, pero a él le importaba un soberano pepino lo que la gente pudiera opinar al respecto.
Olivia había sufrido, y ojalá hubiera tenido con quien dejarla en la casa para que no presenciara el drama con el que alguno de los presentes se dirigía a la familia.
Se apoyó en un árbol y esperó con paciencia a que Martín hablara con alguno de los vecinos.
En ese momento, de reojo, observó que Idaira se acercaba a él con una mueca socarrona mientras movía las caderas como si fuera una tigresa marcando sus dominios.
—Vaya, el pijo de ciudad ha sabido cómo vestirse para la ocasión, aunque para mí te has pasado un poquito.
—Podrías haberme dicho que eras la hija de Diana —le espetó.
—¿Por qué? ¿Era necesaria esa información?
—Seguro que tu madre te ha hablado de mí —le insinuó, sin que esa frase tuviera el efecto deseado en ella.
—Te crees que eres el ombligo del mundo —le dijo riendo—. Sabía que existías porque Martín me hablaba de ti. ¿Por qué se supone que mi madre tendría que haberlo hecho?
Apretó los labios con ganas y sacudió la cabeza sin saber muy bien qué responder a eso. Puede que Diana nunca le hubiera hablado de su relación con él. Después de todo, Idaira no dejaba de ser una chiquilla.
—¿Sabe tu madre que tienes un novio que es mayor que tú? —desvió el tema hacia otro asunto que no fuera él.
—¿Y eso qué más da? —le soltó con desparpajo—. Estamos en el siglo veintiuno.
—Y tú eres menor de edad —le recordó.
—Eres un remilgado de mierda.
—Y tú una descarada a la que no le vendrían mal un par de azotes.
—Oh, ¿quieres dármelos tú?
Yeray chasqueó la lengua y desde la distancia observó a Diana, tan elegante, tan correcta, con ese moño recogido a un lado y que amarraba sus deseos de libertad, pero que en ningún caso le restaba atractivo a su rostro delicado y armonioso.
Después, volvió a mirar a Idaira, quien apenas había heredado ese estilo y finura.
La joven era condenadamente hermosa, excitante, aunque con una lengua demasiado brusca y afilada.
—Si yo fuera tu padre, ya te habría castigado un mes sin móvil y sin salir —añadió, sin cortarse un pelo ante el continuo desafío de la muchacha.
Idaira se atrevió a dar un paso al frente y a desafiarlo con su rostro cándido y a la vez salvaje.
—Si yo fuera tu hija, me habría fugado antes de que me pusieras la mano encima —le aseguró con tono amenazante.
—Yo no soy Enrique.
Ella soltó una carcajada histérica que lo descompuso unos segundos. Después se dio media vuelta, se dirigió a la multitud y se refugió en los brazos de su tío, quien le dio un beso en la frente al tiempo que no perdía la oportunidad para escudriñarlo con su semblante insidioso.