Capítulo 6EL FUNERAL #2
—Lo... lo siento. No lo sabía —logró musitar.
—Bueno, antes o después ibas a enterarte.
Es un secreto a voces en el Valle. Supongo que me encontré dentro de una espiral de amor, odio y violencia y no supe cómo escapar.
Ni siquiera sé cómo llegué a despertar de esa pesadilla y darme cuenta de que ya no tenía vida, que él la había estrujado como si fuera un papel inservible y se lo hubiera guardado en el bolsillo del pantalón para tenerlo a buen recaudo.
—Volvió a darle una calada profunda al cigarrillo y así consiguió la entereza para poder continuar—: Puede que fuera por mi hija.
Iba haciéndose mayor y mis lágrimas se convirtieron en las suyas, y yo no...
—Se sorbió la nariz y bajó la barbilla, avergonzada—.
No quería que ella fuera como yo: una mujer sin sueños, cobarde y que rezaba cada día para que en el trabajo las cosas le hubieran ido bien y mi cara no volviera a estrellarse contra su puño.
—No me pareces una mujer cobarde. Ahora estás aquí. Has vuelto.
Dio otro paso más al frente y le acarició los brazos de arriba abajo, aunque en ese momento deseaba abrazarla, decirle que sentía que su vida no hubiera sido tal y como había imaginado, y que tal vez ahora tenía una segunda oportunidad para renacer en el Valle, como pretendía hacer él.
Pero no pudo. No pudo porque en parte se sentía responsable de su desdicha, por haberla dejado sola, por haberle dado falsas esperanzas y rogado que lo esperara.
—Sí, y como solía decirme mi padre, he vuelto con una mano delante y otra detrás —continuó, sin permitirse derramar una lágrima—. Sin nada en los bolsillos. Estuve un tiempo sin trabajar y me costó conseguir la plaza en el colegio. No voy a mentirte.
Yeray entornó los párpados y evitó mirarla a la cara, ya que de nuevo la culpabilidad volvía a golpearlo. Presionó los labios con dureza y a continuación los liberó para hacerle una pregunta sencilla pero a la vez incómoda:
—¿Dónde está él?
—Imagino que trabajando en San Sebastián —le respondió, como si ya lo hubiese superado—.
Sé que quería mudarse a Tenerife y ojalá lo haya conseguido.
Tiene una orden de alejamiento y no puede ni pisar El Retamal, ya que los primeros meses se presentaba en esta casa e insultaba a mis padres, me seguía a todos lados y apenas podía salir de estas cuatro paredes.
—Inspiró hondo y observó el cigarro como si fuera su única salvación y, a la vez, su maldita condena—.
Y cuando empezaba a encontrarme mejor, enferma mi madre.
Y ahora mi padre está... ¡No lo entiendo! Te juro que no lo entiendo.
Entonces, se rompió. Una cascada repentina de lágrimas inundó su rostro sin control alguno al tiempo que unos pequeños hipidos lograban que sus hombros se sobresaltaran.
—Tranquila. Ya sabes que cuando necesites hablar, estoy aquí. —Recogió una de sus lágrimas con el pulgar—. Sigo siendo tu amigo. Al menos, déjame que lo sea.
—Nunca dejaste de serlo. —Alzó la barbilla y sus miradas fueron acortándose durante unos segundos, donde el silencio hablaba por ellos.
Diana se humedeció los labios y deseó que él iniciara el descenso hacia su boca, pero Yeray se detuvo a medio palmo de su rostro y se retiró.
Sonrojada y algo avergonzada, apagó el cigarro en un viejo cenicero que guardaba en una de las repisas, por lo que Yeray dedujo que no era la primera vez que se escabullía para fumar allí, en el trastero.
Puede que a Mateo le incomodara el olor del humo contaminando el aire fresco de la casa, o tal vez detestara que su hija fumara como hacía en la adolescencia.
Fuera como fuera, Diana seguía escondiéndose.
—Tengo ganas de que termine esta historia.
—Se sacudió la camisa negra con escote en pico que había elegido para el funeral.
No quería que los restos de la ceniza ensuciaran su atuendo, pues no contaba con muchas prendas negras y era de un obligado moral que los familiares del difunto acudieran a la iglesia con ese color—.
Se han demorado con la autopsia, casi no nos dejan verlo, y encima he tenido que preparar esta pantomima para no sentirme culpable, porque me siento muy culpable y Ricardo no para de repetirme que tendría que haberlo cuidado mejor y no dejar que se escapara por las noches y persiguiera cernícalos. ¡Como si yo pudiera haberlo detenido!
—Tú no tienes la culpa de todo lo ocurrido.
—Lo sé. Pero tal vez tendría que haberlo llevado a un psicólogo en cuanto empezó a desvariar y decir bobadas como que mi madre lo llamaba y tenía que salir a buscarla —le confesó con la voz entrecortada—. Estaba volviéndose loco y volviéndome loca a mí.
Yeray se llevó una mano a la frente y, con el ceño fruncido, la miró directamente a sus ojos avellanados, tan nublados ahora, tan faltos de cariño, que recordó esos momentos en los que para consolarla juntaba sus labios con los de ella y la hacía beber de su pasión, de su energía arrebatadora y de las ganas de hacerla suya bajo las imponentes montañas del Valle.
Había estado a punto de besarla, a punto de envolverla en sus brazos y volver a sentir con mayúsculas, pero el recuerdo de Claudia lo atosigaba, le escocía en las heridas todavía abiertas por su muerte tan temprana.
Se mordisqueó el labio inferior y frenó de nuevo esas ansias pasadas para centrarse en el presente; un presente extraño que le susurraba continuamente que ambos tenían que sanar un dolor que ahogaba al mismísimo corazón en sus propias lágrimas.
Desvió la mirada hacia la ventana y desde allí observó los mimados mangos de Mateo. Puede que los más sabrosos de todo el Valle. Sin duda, los más esbeltos y elegantes de El Retamal.
—¿Alguna vez te contó que veía a un hombre disfrazado con unas alas enormes?
Yeray se arrepintió al instante de haber formulado esa pregunta. No supo por qué la había hecho, tal vez por simple curiosidad o porque en ese momento se encontraba admirando la finca de Mateo, esa por la que imaginaba que había perseguido a su acosador.
Diana arrugó el rostro, desconcertada, mientras dejaba escapar muy despacio el aire viciado que se había acumulado en sus pulmones.
—¿Por qué me lo preguntas?
—Perdona, ha sido una estupidez. En el bar, Alfredo me comentó que Mateo había hablado con él porque de vez en cuando tenían un visitante nocturno.
Ella se enderezó y se apresuró a secarse las lágrimas con el dorso de la mano.
—¿El mismo al que perseguiste la noche que murió mi padre?
Se encogió de hombros, sin saber darle una respuesta que no sonara a locura.
—No lo sé. Yo no vi alas ni ojos iluminados.
—¿Ojos iluminados? ¿Quieres decir ojos rojos? —Lo miró con incredulidad y también con mucha expectación—. Mi padre no me dijo nunca nada al respecto, pero... Espera un momento. Quiero que veas algo.
Salió de la habitación sin decir nada más y él permaneció de pie examinando todas las herramientas y fertilizantes con los que contaba Mateo para mantener vivos sus mangos y papayos.
Después, se distrajo contando la primera hilera de árboles que rodeaba la casa, y luego su mente volvió a traicionarlo llevándolo a los días de verano en los que se escondía con Diana detrás de los mangos para darle rienda suelta a su amor mientras escuchaban la voz de Ricardo llamarla sin cesar.
—Perdona, he subido al dormitorio de mi padre. Sabía que tenía esto en la gaveta de la mesita de noche.
Le mostró una carpeta azul que contenía innumerables dibujos hechos a lápiz. Algunos no eran más que cuadrados engarzados con círculos, pero las últimas hojas reflejaban la obsesión de Mateo: el hombre disfrazado.
Lo caracterizaba con una cabeza ovalada sin apenas pelo, una boca deforme y unos ojos que destacaban sobre todo el diseño, ya que se había tomado la molestia de pintarlos con un bolígrafo rojo; la única huella de color en toda la ilustración.
Yeray examinó uno por uno la docena de dibujos que Mateo se había esmerado en realizar.
El hombre retratado tenía los brazos y las piernas largas y flacas en comparación con el tronco, más estrecho y abombado.
Arrugó la nariz, porque era evidente que el viejo no tenía nociones de proporciones y las artes plásticas no era uno de sus talentos. Hizo bien al dedicarse a la agricultura; como pintor no se habría ganado la vida.
—¿Te referías a esto? —La curiosidad de Diana iba incrementándose al tiempo que él plasmaba muecas desconcertantes en su rostro.
—Supongo que sí. Pero ¿qué demonios son? Quiero decir, si se trata de un vecino cabreado que salía con su disfraz para asustarlo, ¿por qué lo ha pintado así?
—¿Como un ser sacado de una pesadilla? No lo sé. —Se encogió de hombros conforme pasaba las hojas de la carpeta—. Mi padre estaba muy mal en estos últimos meses, y ahora estoy pensando que tal vez tendría alucinaciones.
—No, él no ha sido el único que lo ha visto —aseveró con firmeza—. No se trata de una alucinación. Es una representación de alguien. Pero ¿quién?
—Es imposible determinarlo con estos dibujos. Sé que estaba obsesionado con los cernícalos, y de ahí podrían venir las alas y esa mirada acechante. Después de todo, el cernícalo no deja de ser un ave rapaz —dedujo, haciéndose la detective.
—En eso tienes razón. Tal vez con este dibujo quería transmitir que el hombre disfrazado no era inocente, sino un depravado, un voyeur —intuyó convencido.
—¿De verdad crees que existe un tipo así en el Valle? No lo sé, me parece retorcido. Además, ¿por qué estaba espiando a mi padre? —Soltó un leve suspiro, en el que quedaron reflejadas todas sus dudas.
—Puede que tu padre fuera el único que se diera cuenta de su presencia, aunque no solo lo vigilara a él. Puede que haya estado observando a todos los vecinos —soltó, acentuando el drama en sus frases.
—Pues eso no me deja más tranquila.