El vuelo del cernícalo Capítulo 6EL FUNERAL
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Capítulo 6EL FUNERAL

EL FUNERAL

Esa noche se despertó de forma brusca y terminó sentado en la cama empapado de sudor.

Había tenido una pesadilla horrible, un mal sueño donde repetía los minutos que transcurrieron desde que lo avisaron de que Claudia había sido atropellada un par de calles más abajo de la casa hasta la carrera más larga de su vida; esa que lo llevó a postrarse frente a ella y sujetarle el rostro ensangrentado mientras esperaba a la ambulancia.

Solo que esta vez la carrera no terminaba nunca.

No conseguía llegar a su destino: su mujer.

Corría como un descosido, sin tener en cuenta los coches que estaban aparcados ni los que circulaban por la carretera.

Se lanzaba sin mirar atrás, sin mirar a los lados.

Su vista estaba puesta de forma exclusiva en el frente, pero la gente de la acera le impedía avanzar libremente, ya que se arremolinaban alrededor de él y con los dedos índices le señalaban el cielo.

No les prestó atención, solo los empujaba a codazos para que le permitieran continuar.

Y, entonces, se perdió.

No reconocía las calles en las que se adentraba. Los edificios se habían difuminado a ambos lados de la calzada y un sinfín de palmeras comenzaron a brotar del cemento, rompiendo los mosaicos de las aceras e incluso el asfalto.

De pronto, atisbó la figura de su mujer al final de la calle.

Caminaba hacia él de forma segura, descalza y con una camisola blanca que le había regalado por San Valentín mientras le tendía una mano.

Con un mar de lágrimas surcando sus tenues arrugas, Yeray hizo un último esfuerzo para llegar hasta Claudia, y cuando lo logró, ella le dio la bienvenida con una sonrisa cálida.

—Protege a tu hija.

Y se despertó.

Lo hizo antes de que pudiera decirle todo lo que la quería, que continuaba necesitándola y que sin ella no podría con esa vida que le pesaba horrores. Pero no pudo despegar los labios. Y ya se había ido.

De reojo, miró el despertador de la mesita de noche y soltó un bufido.

Las dos y nueve de la madrugada. Se tapó la cara con la almohada y volvió a tumbarse sin mirar hacia la ventana, sin siquiera preguntarse cómo el maldito reloj confabulaba contra él para que abriera los ojos cada vez que marcaba los mismos números una y otra vez.

Estaba exhausto y le dolían todos los músculos del cuerpo después de un día tostándose bajo el sol, y simplemente quiso dormir.

No tuvo más pesadillas, ni siquiera volvió a soñar con Claudia. Se dejó llevar invocando el sonido grato de las olas acariciando la orilla y así pudo descansar. Le aguardaba otro día caótico, otro día que no tenía ni idea de cómo afrontar: el funeral de Mateo.

Asistió al pequeño velatorio que había organizado Diana en su casa antes de la misa en la iglesia.

Fue algo simbólico. Su padre así lo había deseado.

Quería que su última despedida se hiciera en el lugar donde sus ancestros habían construido un hogar para todos sus hijos y futuros descendientes, y también porque allí habían trasladado el cuerpo de su mujer desde el tanatorio antes de que la llevaran a la iglesia.

Mateo había luchado para que ella sintiera el calor de su casa, de sus familiares y de sus amigos antes de que el cura pronunciara unas palabras.

El hombre se había enfrentado a los trabajadores del tanatorio, a unos cuantos funcionarios del ayuntamiento y al mismísimo cura para que su María iniciara el cortejo fúnebre desde el que siempre fue su hogar.

Diana había querido repetir la hazaña de Mateo, pero no lo había conseguido, así que decidió abrir las puertas de su casa para que los que quisieran pudieran presentar sus respetos frente a una fotografía de su padre y una corona de flores elaborada con cariño y esmero por dos floristas amigas de su padre.

Fueron muchos los que acudieron esa mañana a la vivienda, y Yeray lo hizo vestido con un pantalón de pinza y una camisa larga que se remangó hasta los codos, puesto que el calor sofocante de ese día le encogía los pulmones cada vez que respiraba.

Martín ya había hecho un comentario jocoso sobre su vestimenta.

Según el viejo, en el campo no era necesario tanta elegancia y floritura; lo que más importaba era el saber estar.

Olivia también lo acompañaba, pese a que habría preferido que no lo hiciera.

El entierro de su madre había sido meses atrás y todavía lo tenía grabado a fuego en el alma: los llantos, los abrazos de desconocidos que trataban de consolarla en un segundo demasiado ínfimo para que alguien pudiera expresar con claridad un sentimiento ajeno, las frases encorsetadas, ya que nadie sabía exactamente qué decir en un momento tan duro...

Así que se alegró de ver a Dulce nada más llegar y de que estuviera cuidando de su nieto mientras su hija hablaba con Ricardo, el hermano de Diana.

La mujer se llevó a los niños a la cocina con la promesa de que había hecho el mejor bizcocho de chocolate del mundo, y Yeray se sintió en parte aliviado, pues, pese a que no había lágrimas en la casa que reflejaran tan claramente la tristeza de una partida, sí podían apreciarse los rostros de angustia de los familiares y amigos más cercanos por esa muerte tan trágica.

Martín, después de darles el pésame a los dos hijos de Mateo, cogió del brazo a Airam y ambos entraron en la sala, donde habían colocado un par de sillas para todo aquel que quisiera decir una oración.

Entretanto, Yeray prefirió aguardar a que Diana terminara de hablar con una de las vecinas.

Ella lo miraba de reojo, con ojos desesperados, deseando que la mujer terminara de alabar a su padre como si hubiera sido un santo, cuando todos sabían que había perdido la cabeza y que terminó siendo un dolor de muelas para muchos, pero aguantó manteniendo la compostura y asintiendo a todo lo que la mujer le decía.

Yeray le sonrió de medio lado y aprovechó ese momento interminable para darle el pésame a Ricardo. Sin embargo, este lo recibió con una frialdad ingrata que él no supo cómo encajar. Le dio la mano y, sin esperarlo, le dijo entre dientes:

—No sé por qué has vuelto. Pero no le hagas más daño a mi hermana.

Él lo miró con asombro y cierta incomodidad.

Nunca habían hecho buenas migas. De hecho, como hermano mayor de Diana, siempre desaprobó su relación, y muchas veces salió a buscarla mientras ellos se besaban a escondidas.

A veces recorría no solo El Retamal, sino La Vizcaína o incluso el Lomo del Balo, dispuesto a arrearle un guantazo y ver cómo la sangre de su nariz chorreaba como un grifo averiado.

Así que agradeció que fuera la mismísima Diana la que cortara esa corriente gélida que se había creado entre los dos cuando lo empujó con una mano hacia la parte trasera de la casa, hasta un pequeño habitáculo donde Mateo solía guardar todas sus herramientas de trabajo.

Apenas contaba con dos metros cuadrados, y las repisas de la pared repletas de decenas de utensilios y cosas inservibles contribuían a estrechar el espacio.

Allí, nerviosa, abrió la ventana, sacó un cigarrillo de la cajetilla que guardaba en el bolsillo de su pantalón negro y se puso a fumar con los dedos temblorosos.

—¿Vas a bajar a la iglesia? —le preguntó al tiempo que le daba una calada al cigarro.

—Claro —afirmó extrañado por esa pregunta, cuya respuesta le resultaba obvia—. Cuando nos vayamos, cogeremos la furgoneta e iremos al funeral.

—¿Qué te ha dicho mi hermano?

—Me ha dado las gracias por venir —mintió con descaro.

—Mentir siempre se te ha dado fatal.

—Bueno, eso mismo me decía Claudia.

Un silencio mordaz se instaló sobre sus cabezas.

Y no supo por qué, pero se arrepintió de haber pronunciado el nombre de su mujer.

Bajó la cabeza y martilleó con la punta de uno de sus zapatos caros el pavimento desgastado.

Ella continuó fumando, con un brazo apretando su vientre y el otro apoyado en este, para así mantener una verticalidad que se le rompía por momentos cada vez que alejaba el cigarro de sus labios.

—Es muy sobreprotector, ya sabes. Nunca se tomó en serio nuestra relación. Siempre me decía que algún día se acabaría y...

—Que yo te dejaría —la interrumpió—. Bueno, en eso no se equivocó. Me fui y me comporté como un cobarde. Ni siquiera fui capaz de despedirme de ti la noche antes de que me marchara.

—Bueno, ya me habías dejado claras tus intenciones cinco días antes y yo tampoco tuve el coraje de detenerte. Al fin y al cabo, se trataba de tu vida. De tus ilusiones. ¿Quién era yo para romperlas?

—Te prometí que volvería a por ti —murmuró.

Ella hizo un aspaviento con la mano para restarle importancia a ese hecho, aunque sus dos iris transparentes, tan frágiles como el cristal, le decían lo contrario.

—Éramos unos críos demasiado soñadores. —Suspiró con elegancia—.

Después, la vida en sí misma se encarga de matar esos sueños y convertirlos en puñetazos y golpes varios.

—Hizo una pausa en la que sus labios no se despegaron del cigarro al tiempo que contemplaba por la ventana el vuelo simétrico de dos pajaritos risueños—.

Me pegaba, ¿sabes? Enrique desahogaba conmigo su frustración y el poco reconocimiento que le daban en el trabajo.

Yeray abrió los ojos de par en par y quiso acercarse a ella sin parecer demasiado torpe.

Diana continuaba provocando en él una marea de sentimientos revueltos y confusos que lo abocaban una y otra vez a un pasado inconcluso, a un capítulo de su vida que cerró con tal brusquedad que, al hacerlo, rompió la cerradura donde todos esos recuerdos deberían haber estado guardados.

Sin embargo, ahora que la tenía delante, esas malditas reminiscencias se fugaban de su memoria con la munición cargada y dispuestas a ponerlo de nuevo de rodillas frente a ella.

Porque la había amado con locura, porque había sido su primer amor y porque le hizo una promesa que no pudo cumplir.