Capítulo 5LA LLAMADA #4
Alzó las gafas oscuras y la retó durante unos segundos con una mirada gélida.
El joven que la acompañaba comenzó a tirarle de la mano para que continuaran con el paseo, pero en un primer instante ella no se movió.
Lo miró con soberbia y un rencor que no se merecía.
Y comprendió que en el pueblo circulaban rumores falsos sobre su persona, sobre cómo se había ido a estudiar a Madrid y por qué no fue a visitar a su madre más a menudo cuando se supo de su enfermedad.
Martín era la víctima, y él, el insensato verdugo.
Lanzó un resoplido cansino y luego miró a su hija, quien con los labios fruncidos observaba a la pareja alejarse de ellos.
—¿Por qué te ha dicho todo eso? ¿Es que le caes mal?
—Puede ser, cariño. En los pueblos, como en la familia, todo funciona de distinta manera —afirmó, forzando una sonrisa—. Es muy posible que Martín le haya hablado de mí en alguna ocasión y ella se haya hecho una idea equivocada de cómo soy en realidad.
—¿Y por qué el abuelo le hablaría mal de ti? —le preguntó con la inocencia que la caracterizaba.
—Porque Martín es un grano en el cu... culete.
—Olivia rio y se tapó la boca como si esa expresión hubiera salido de ella—.
Eres muy pequeña para entender cómo funcionan las relaciones adultas.
Ya lo comprenderás más adelante. ¿Sabes?
A veces me gustaría ser como los niños de ahora.
Si me caes mal, no te hablo, y nadie te fuerza a hacerlo para quedar bien, y si me caes genial, te invito a mi casa para merendar y jugar a la consola.
—Aquí todavía no tengo amigos.
—Los tendrás, Olivia —le aseguró—. En cuanto empiece el curso, te saldrán amigos por todas las esquinas. Además, ya tienes uno: el nieto de Dulce. Así que cuando quieras jugar con él, vamos al bar y pasamos la tarde.
Ella asintió entusiasmada.
Después de hora y media regresaron a casa.
Los dos estaban hambrientos y no rechistaron en cuanto vieron los platos de potaje en la mesa.
Airam los interrogaba sobre el día en la playa que habían pasado y Yeray le prometió que cuando quisiera podría bajar con ellos para disfrutar del mar.
A su hermano le pareció una idea estupenda.
Desde que su madre había enfermado, no había pisado la arena de la playa ni se había tomado un helado de cucurucho.
De vez en cuando escuchaban los rebuznos de Martín, pero ambos hijos decidieron ignorarlos.
De pronto, el teléfono sonó y Airam dio un respingo en la silla.
—¿Han estado llamando todo el día? —le preguntó Yeray a su hermano.
—No —le respondió Martín—. Es la segunda vez que suena el teléfono. Puede que sea Julia para saber si viene a trabajar mañana.
Se limpió la boca con una servilleta de tela, retiró la silla hacia atrás y comenzó a levantarse.
—Déjame, contesto yo —se apresuró Yeray—. Deberías tener un móvil para estas cosas. Con solo mandarles un mensaje a los empleados, te ahorrarías mucho tiempo.
—No pienso comprarme un chisme de esos. Me niego.
Yeray descolgó el teléfono y se colocó el auricular en una oreja.
—¿Sí? ¿Quién es? —Parecía que no había nadie al otro lado, pero cuando estuvo a punto de colgar, escuchó susurros; unos susurros tan lejanos que era incapaz de adivinar alguna de las frases que le decían.
Miró a los presentes y quiso restarle importancia al asunto—: No, no estamos interesados en un nuevo seguro para el hogar.
Observó el rostro arrugado de su padre, quien ya escupía blasfemias dirigidas a todos los acosadores de venta telefónica, y siguió fingiendo que escuchaba con atención.
—¡Son unos buitres! Quieren engañar a un pobre viejo que se ha ganado la vida de forma honesta. ¡Mira cómo no se les ocurre llamar a las casas de los políticos interesados que tenemos en el Gobierno! Aquí hay que desplumar al más pobre. ¡Desgraciados!
—No, tampoco nos interesa esa cuestión. ¿Cómo se llama su empresa?
—Yeray continuó con su mentira mientras agudizaba el oído.
Estaba convencido de que el acosador de su hermano se delataría de un momento a otro con una risotada, un insulto o siguiéndole el juego que él mismo había empezado—. Ya, supongo.
Entonces, una voz se hizo más clara al otro lado del teléfono. Era varonil, incluso se atrevería a decir que pertenecía a alguien de cierta edad.
—Peligro —le repitió varias veces en un susurro que le heló la sangre—. Peligro.
—Vale, ¿y quién es usted?
—Mateo.
Yeray tragó saliva y pensó que se atragantaría con ella nada más bajarle por la garganta. Se masajeó el cuello para aliviar esa sensación de asfixia mientras procuraba que su rostro no reflejara la alarma que había saltado en los latidos de su corazón.
—¡Cuelga ya, hombre! No le des cháchara, que luego no dejan de llamarnos. —Martín se levantó y se fue al salón enojado, sin retirar los platos de la mesa.
Él les hizo señas a Olivia y a su hermano para que empezaran a recogerla. Después, les dio la espalda y habló en voz baja, tapándose parte de la boca:
—Tú no eres Mateo. Deja de molestarnos.
Colgó el teléfono, se dio la vuelta y apoyó la espalda en la pared mientras trataba de recuperar el aliento.
No tenía ni idea de quién o quiénes estaban gastándoles una broma, pero debía de ser alguien muy retorcido que se burlaba de la muerte de un vecino.
Y, entonces, no tuvo dudas.
No se trataba de uno de los acosadores que le habían hecho la vida imposible a su hermano cuando era solo un chaval.
Era el acosador de Mateo. Ese que lo había llevado a quitarse la vida.
Pero ¿qué quería de ellos?