El vuelo del cernícalo Capítulo 5LA LLAMADA #3
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Capítulo 5LA LLAMADA #3

Se tumbó en la toalla y se puso las gafas de sol para que los rayos no impactaran de forma directa en sus ojos.

Había llegado a la conclusión de que el pasado era una mierda, lo mirara por donde lo mirase, y que las alegrías podía contarlas con los dedos de una mano, pero que eran los momentos más trágicos los que te marcaban el alma y muchas veces te impedían avanzar.

—¿No es esa Idaira? —La voz de la niña lo sacó de sus pensamientos derrotistas.

Se incorporó con fatiga. El hematoma del costado no le permitía moverse con facilidad.

Aun así, y con esfuerzo, quiso saludar a la empleada más joven de su padre.

No podía negar que le había ocasionado un cierto impacto al conocerla.

Tenía una belleza salvaje propia de la isla.

Apasionada. Rebelde. Auténtica y al mismo tiempo inocente.

—Creo que sí —le confirmó en cuanto sus pupilas se estrellaron con las piernas esbeltas de la chica.

Yeray la observó con más detalle. Idaira se paseaba con un bikini minúsculo sintiéndose la dueña de la playa.

Iba de la mano con un chico de bronceado de infarto y abdominales cincelados.

Ella era la que marcaba el ritmo, pausado y liviano en apariencia, puesto que su rostro reflejaba el torbellino que existía en su interior.

De vez en cuando se detenían y se besaban con un ardor que contrastaba con el frescor del mar al bañar sus tobillos.

Eran los protagonistas de una estampa paradisíaca donde muchos los miraban con esperanza, y otros, con envidia.

—Es muy guapa —le escuchó decir a Olivia.

—Sí, y también un poco creída.

Los chicos pasaron muy cerca de ellos y la niña, ni corta ni perezosa, se atrevió a saludarla, pese a que la pareja estaba más entretenida en atornillar sus lenguas de fuego e ignorar que las chispas que provocaban sus cuerpos mojados y enroscados el uno con el otro pudieran levantar suspicacias entre los más ancianos o entre los padres que contaban con niños pequeños en la arena.

Ella se giró con amabilidad y con una sonrisa que bien podría haber eclipsado al mismísimo Sol.

Saludó a Olivia con la mano y luego reparó en él.

Su rostro mudó por completo. Pasó de encontrarse en el cielo a descender a los infiernos en un segundo.

No dudó en examinarlo de arriba abajo como si fuera el mismísimo demonio quien estuviera juzgándola.

Por un instante, Yeray se sintió cohibido.

La joven parecía analizar su atractivo sin cortarse un pelo, y lo incomodó tanto que cruzó las piernas.

Era verdad que su piel había perdido el color del verano después de tantos años en Madrid, aunque nunca fue extremadamente blanco y jamás se enrojecía después de un día en la playa.

Sus incipientes ojeras le contarían que no estaba durmiendo bien, y si prestaba atención al golpe en el costado, quizá pensaría que se había peleado con su padre.

—Vaya, ya veo que has sacado a la niña del infierno y has venido a ponerte moreno —le dijo al fin.

—Te recuerdo que si yo vivo en el infierno, tu jefe es Satán.

Con los brazos en jarra, Idaira fingió una sonrisa pícara.

—No me refería a tu casa en concreto, y Martín no es una mala persona. Me ha tratado mejor que muchos otros.

Alzó el cuello con orgullo y Yeray pudo distinguir un curioso lunar cerca de la oreja derecha. Ella reparó en ese detalle y apartó su melena mojada para que pudiera recrearse en él, así que sus ojos se desviaron a su mirada felina, cargada de desprecio y al mismo tiempo de osadía.

—Suele portarse mejor con sus empleados que con su propia familia. No te dejes engañar.

—Puede que el ciego aquí seas tú. Deberías darle una oportunidad a tu padre. Ha cuidado de Airam como se merece y de las tierras cuando nadie creyó que lo conseguiría. No digo que sea el padre más cariñoso del mundo, pero lo respeta. Respeto que creo que te falta con Martín.

Yeray chasqueó la lengua, y las gafas de sol evitaron que ella pudiera captar el orgullo algo herido con el que estaba encañonándola en ese momento a través de su intensa mirada. No comprendía por qué la joven se comportaba con él de esa manera cuando apenas había hablado con ella.

—Perdona, ¿cuántos años tienes? —quiso atacarla, ponerla en su lugar—. ¿Sabe tu padre que te dedicas a besar a pardillos como si fueras una aspiradora de último modelo?

—Oye, sin faltar —fue la primera y última vez que intervino el muchacho de ojos hundidos y pies planos.

Idaira dio un paso al frente, autonombrándose la líder de una disputa que no tenía intención de detener. Se ajustó a propósito la parte superior del bikini a su pecho y deslizó una de las manos hasta su vientre, donde la dejó descansar sobre su ombligo.

—Mi padre murió hace muchísimo tiempo —le recalcó para inspirarle cierta pena, algo que a Yeray no lo conmovió en absoluto—.

Está bien enterrado. Y soy así porque me siento libre, porque puedo ser y hacer lo que quiera.

¿Puedes decir tú lo mismo? Has vuelto a esta mierda de pueblo para curar tus heridas, pero todavía no te has dado cuenta de que esta isla no salva a nadie, sino que te abre las heridas aún más para que sientas un dolor insoportable.

Perdona, ¿cuántos años me dijiste que tienes tú?

Él soltó una carcajada y aplaudió su discurso sin complejos, aunque a Idaira no pareció molestarle.

—Vas por mal camino si lo que quieres es comenzar a buscar tu futuro en la finca de Martín. Ya te digo yo que es una prisión. Yo tuve tu edad y sé de lo que hablo.

—¿Y por qué has vuelto, entonces?

—Porque a veces tienes que regresar a tus orígenes para recordar lo que fuiste y te prometiste que jamás querías ser —le confesó sin tapujos—. Para empezar de nuevo y mirar las nuevas oportunidades con inquietudes diferentes.

Ella torció el gesto y alzó el morro.

—Pues yo creo que buscas el perdón de tu padre.

—Eres muy atrevida. No te conozco de nada para que me hables así —le dijo, visiblemente molesto—. Pero te equivocas. Son muchas cosas las que yo debería perdonarle. Y ahora, si me disculpas, estás quitándome el sol y así no puedo coger color.