Capítulo 5LA LLAMADA #2
Entonces oyó un crujido intenso seguido de varios golpes y después el silbido de un viento lejano que se aproximaba a su oído con celeridad. Tuvo que alejar el auricular de la oreja para impedir que ese sonido penetrante entrara en su cabeza. En cuanto finalizó, agarró con más fuerza el aparato.
—¡Te crees muy gracioso! Pero en cuanto averigüe quién eres, vas a acordarte de mí —lo amenazó, con el puño que mantenía libre en tensión.
La llamada se cortó de forma repentina y Yeray colgó el teléfono con rabia.
—¿Quién era? —le preguntó su padre, con semblante airado.
—Un idiota con ganas de fiesta —aseveró, imaginándose quién era el responsable.
—Era Mateo —les aseguró Airam.
—No era Mateo. Solo querían gastarte una broma. —Quiso restarle importancia al asunto, aunque en su interior la sospecha de que de nuevo alguien estuviera acosando a su hermano se había encendido.
—Mateo está muerto. Tú mismo lo viste. Y los muertos no llaman por teléfono —sentenció Martín—. ¡Maldito cabrón! Te juro que como vuelvan otra vez a molestarnos con las llamaditas, ese idiota se va a enterar.
—¿Existe la posibilidad de que sea él? —le preguntó a Martín.
—¿Qué idiota? —Olivia los miraba a todos con una curiosidad extrema.
—No es nada, cariño.
—Un ch-chico al que le gustaba asus-sustarme. P-p-pero no es él. Se fue a trabajar a Te-Tenerife. —Airam se dio media vuelta y se dirigió al salón. A continuación, escucharon el sonido de la televisión encenderse.
—Luego me pasaré por la casa de sus padres y les preguntaré si ese canalla está por aquí.
Viene algún que otro verano y siempre termina metiéndose en un follón.
—Martín bufó y se agarró con las dos manos al poyo de la cocina.
El viejo negaba con la cabeza. Estaba afectado y se sentía mayor para iniciar de nuevo una lucha que había enterrado hacía ya mucho tiempo, meses antes de que Yeray se fuera a Madrid.
—¿Quieres que te acompañe? —Quiso acercarse a su padre, buscar una tregua que le devolviera el oxígeno que perdía cada vez que entraba en la casa.
—No. Vete a la playa con tu hija y pasa un día alejado de todos nuestros problemas —le respondió, sin alzar la cabeza—. Esto suele dársete bien.
Condujo por la carretera GM-1 unos minutos en silencio mientras escuchaba uno de sus clásicos favoritos: Highway to Hell , de AC/DC.
Desde el espejo retrovisor observaba de vez en cuando a su hija, quien jugaba con su móvil y no le prestaba atención al paraje hipnótico de la zona que podía apreciarse desde la ventanilla.
Las altas palmeras, que podían alcanzar los cuarenta metros, embellecían esos terrenos abalconados y te hacían sentirte cerca del paraíso.
Por eso muchos alemanes escogían Valle Gran Rey para pasar sus ansiadas vacaciones.
No eran solo las playas y el buen clima durante todo el año, sino su paisaje embaucador repleto de senderos por los que transitar y en los que esperabas tocar un trocito de cielo.
Al llegar a la rotonda de Las Orijamas, tomó la carretera de la Alameda, y fue entonces cuando divisó a varios metros delante de él, en el arcén izquierdo, a un hombre empapado corriendo en dirección a la parte alta del Valle.
Extrañado, Yeray arrugó la nariz y examinó mejor al personaje en cuanto lo tuvo a su altura.
Se sobresaltó al reconocer a Toño, el taxista que los había llevado hasta su casa.
Parecía desorientado y algo asustado. Aminoró la marcha y le tocó varias veces el claxon por si necesitaba ayuda.
Sin embargo, el hombre no lo miró. Continuaba el ascenso con los cabellos pegados a la frente y la ropa adherida a la piel, como si se hubiera dado un chapuzón en el mar con ella puesta y no se hubiera secado.
Pensó en dar media vuelta con el vehículo y hablarle directamente, pero luego vio a Olivia moverse al ritmo de la música mientras entornaba los párpados y no quiso arruinarle el día.
Después de todo, no conocía a Toño lo suficiente para saber si estaba metido en algún tipo de lío o simplemente estaba loco, como la mitad del pueblo.
Desde que había llegado, no había tenido ni un solo día de paz, y necesitaba alejarse del caos para volver a reconectar con la isla.
No tardó en encontrar aparcamiento, y pronto se dirigieron a la playa de La Calera con las toallas y el protector solar, dispuestos a fingir ser turistas por un día.
Entre riscos y huertos de platanera, se extendía la playa de arena volcánica de un kilómetro de longitud y aguas tranquilas.
Yeray pensaba únicamente en tumbarse y en que los rayos del sol impactaran en su piel, regalándole la calidez que necesitaba en esos momentos.
Antes de llegar a su destino, divisó un taxi recoger a un par de alemanes al otro lado de la avenida.
Arrugó el entrecejo, confundido, pues le pareció que el conductor era Toño.
Cruzó la calle mientras le rogaba a Olivia que no se moviera de la acera y se aproximó a la ventanilla delantera del vehículo al tiempo que los extranjeros se acomodaban en el interior.
—¡Coño! ¡Qué susto me has dado! —exclamó Toño en cuanto apreció su rostro a dos palmos del suyo.
—Perdona, me ha parecido verte antes corriendo por la carretera. Ibas empapado y estabas como ausente.
—Pues, como ves, no era yo. Estoy aquí. Me habrás confundido con otra persona.
—Ya, pero se parecía mucho a ti. Me he preocupado y pensaba que tenías algún problema.
El taxista soltó un profundo resoplido y reparó en las incipientes ojeras de Yeray.
—Tío, no sé qué te pasa, pero ya te he dicho que no era yo. Llevo desde las ocho de la mañana trasladando a clientes de un lugar a otro. Dicen que todos tenemos un doble, y tú te habrás tropezado con el mío.
Yeray escudriñó en sus ojos sinceros y nada opacos.
El hombre estaba contándole la verdad, y en ese momento, el que parecía un loco que decía frases sin sentido era él.
Era imposible que Toño se hubiera dado un chapuzón y luego echara a correr carretera arriba, para unos minutos después reaparecer casi al mismo tiempo en su taxi, seco, con otra ropa y dispuesto a trasladar a un par de extranjeros hasta donde le solicitaran.
Le dio un golpecito al capó y, después de presionar los labios, asintió con la cabeza.
—Sí, me he equivocado. Es evidente que no podías ser tú.
—Por aquí hay mucho pirado. Sobre todo en verano, cuando muchos hippies vienen a bailar desnudos con los árboles. Ya me entiendes.
Yeray volvió a cruzar la carretera y se acercó a su hija, quien no lo había perdido de vista con sus dos iris grandes y verdosos. Ella le entregó la bolsa de la playa y observó cómo él no apartaba la mirada del taxi hasta que se alejó lo suficiente para poder seguir su rastro.
—Olivia, ¿recuerdas haber visto a un hombre mojado en la carretera cuando veníamos en el coche?
Ella negó con seguridad aunque con recelo.
—Me has prestado tu móvil y estaba riéndome con los vídeos de Booba. ¿Por qué?
—Por nada. Creo que la falta de sueño está pasándome factura.
No le dio más vueltas al asunto. Prefirió concentrarse en Olivia y disfrutar de ese día soleado en la playa.
Cuando llegó la hora de comer, caminaron por toda la Avenida Marítima hasta la piscina natural de Charco del Conde.
Allí buscaron un restaurante cercano que les ofreciera unas vistas increíbles de la costa y al mismo tiempo pudieran servirles unos calamares a la romana, a los que Olivia era aficionada; quizá porque a su madre le chiflaban y le había enseñado a apreciar ese manjar como si fuera una exquisitez que muy pocos podían valorar, cuando en realidad era un plato muy común en todos los bares del país.
Después de comer, decidieron acercarse a la playa de Vueltas y observar las pequeñas barquitas entrar y salir del puerto para ir a faenar.
Se sentaron sobre las toallas para descansar, para acallar el estridente sonido de las sirenas que todavía retumbaba en su mente.
Yeray había corrido disparatado en cuanto supo lo que le había ocurrido a Claudia.
Llegó al lugar antes que la ambulancia e intentó consolarla mientras le rogaba que aguantara.
Sacudió la cabeza con brusquedad e inspiró profundo, siendo consciente de que el aire del lugar era diferente a cualquier otro. No era el del mar ni el de las olas al conjugarse con la arena volcánica. Era nostálgico, una brisa embaucadora que lo transportaba a su pasado más feliz.
—Mi tío Paco era pescador. Su suegro lo enseñó a navegar cuando apenas era un chaval. Se casó con dieciocho años, muy joven, y se entregó al mar y a su mujer.
—¿Y dónde está ahora?
—Murió de una neumonía hace años. Imagino que mi primo Aarón seguirá con la tradición familiar.
—Pensaba que la tradición de la familia era el cultivo de los plátanos.
—Y lo es. Creo que se remonta a mi tatarabuelo, pero quien puede asegurártelo es el abuelo Martín —le confirmó mientras su mente navegaba por recuerdos muy lejanos. Esos en los que se fugaba para ir a la playa con sus amigos y ver a su tío Paco regresar después de una jornada entera faenando.
—El abuelo no me deja hablar con él como lo hago contigo —afirmó la pequeña con tristeza.
Los ojos de Olivia reflejaban una impotencia que a él se le antojó cercana. Jamás contó con el cariño de su padre, y menos con su aprobación para hacer lo que quisiera. Siempre tenía la última palabra, y la mayoría de las veces, sus palabras herían.
—Lo sé. Pertenece a una generación donde los niños no iban a la escuela, sino directamente a la finca.
Sus padres los utilizaban como mano de obra y los veían como bocas a las que alimentar —quiso explicarle—.
Trataba a su padre de usted, como si fuera un sargento o un general.
Nunca lo llamó papá. Por eso creo que siempre le costó dialogar con nosotros, y era mi madre la que buscaba una cercanía que poco a poco, mientras íbamos creciendo, fue más lejana.