El vuelo del cernícalo Capítulo 5LA LLAMADA
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Capítulo 5LA LLAMADA

LA LLAMADA

Se levantó como si se hubiera bebido una botella entera de ron a palo seco.

Tenía los síntomas de una gran resaca, pero sin haber tomado ni una gota de alcohol.

Le costaba pensar, hacía un gran esfuerzo para mantener los ojos abiertos y una náusea matutina lo amenazaba con soltar la cena en el váter.

Sin embargo, lo que menos soportaba era el dolor de cabeza.

Se la sujetaba temiendo que de un momento a otro cayera por su propio peso y terminara como una pelota de fútbol preparada para ser pateada en el suelo.

Algo imposible e ilógico pero que en ese momento se le antojó real.

Entró en la cocina con una mano en una sien y la otra en el costado donde había sufrido el golpe tras caerse de la palmera.

Con los párpados entreabiertos, distinguió a su hermano y a su hija Olivia desayunando leche con gofio mientras intercambiaban chistes sin sentido.

Se alegró de que la niña estuviera de mejor humor y no con ese halo de tristeza que tanto lo había preocupado el día anterior.

—¡Vaya! Ya veo que te has atrevido con el gofio. ¿Está bueno?

—Sí, me lo ha preparado el tío Airam.

—Gracias —le dijo mientras se acomodaba en una de las sillas—. ¿Dónde está el viejo? ¿Ya se ha puesto a trabajar?

—No, seguimos de luto ha-ha-hasta qu-qu-que sea el entierro de Mateo.

—Me parece muy raro que se coja días libres. Ese cabrón nos hacía trabajar hasta que el sol se ponía. ¿Tan buenas migas habían hecho?

—Iba mu-mucho a vi-s-s-sitarlo. Además, es do-domingo. Vamos a misa.

Yeray apoyó la frente en la mesa y se quejó durante unos segundos.

Desde esa posición, miró de reojo a su hermano y se percató de que tenía la camiseta algo levantada a la altura de la cintura.

Arrugó la frente y reparó mejor en una rojez que se discernía en el costado.

Entonces, levantó la cabeza, estiró un brazo y le subió la camiseta sin decirle nada.

La inflamación tenía el tamaño de una naranja y el color encarnado de la piel lo hizo fruncir el ceño con recelo.

Se humedeció los labios y luego se mordisqueó la lengua, intranquilo.

—¿Cómo te has hecho esto? —Él se encogió de hombros y no quiso responderle—.

Parece serio, Airam. Si ha sido trabajando, deberías decírselo a padre para que te lleve al centro de salud.

Y me importa una mierda si no tienes seguro laboral.

Ya es hora de que el viejo se deje de tonterías y te haga un contrato decente o ponga de una vez por todas las plataneras a tu nombre.

—Creo qu-qu-que me ca-ca-caí de la cama.

—¿Crees? ¿Es que no estás seguro? —Yeray asentía preocupado.

—No lo sé.

—Airam, ¿cómo no puedes saber si te caíste o no de la cama? —Lanzó un suspiro reflexivo y lo miró a los ojos, preocupado—. ¿Quieres contarme algo? Sabes que puedes. Estoy aquí, puedo ayudarte con lo que sea.

Yeray recordó las veces en las que él tuvo que defenderlo ante las burlas de varios compañeros que lo humillaban arrancando las páginas de sus libros de clase y se las lanzaban como si fueran pelotas de nieve.

En algunas ocasiones, se atrevieron a perseguirlo por los barrancos sin importarles que su hermano, poco ágil en la carrera y asustado, pudiera perder el equilibrio y caer por los empinados precipicios.

Pensó en las noches de invierno, cuando el sol los dejaba antes de que las pocas farolas del barrio se encendieran y tenía que salir a buscarlo con una linterna en la mano.

Lo encontraba siempre agazapado en el mismo sitio, con las manos rodeando sus piernas y con una mancha visible en los pantalones.

Airam tenía miedo de regresar a casa y de que su padre lo llamara gallina porque no había sido capaz de defenderse y porque había terminado orinándose encima.

Y un Darias tenía que llevar el apellido con orgullo, con independencia de si eras un agricultor con la sangre caliente en las venas, como solía decirles Martín, o un pescador tostado por los incesantes rayos del sol, como era su tío Paco.

La honestidad era un sello identificativo de su familia, por eso tenías que mostrar los dientes frente a cualquier adversario que quisiera ponerte contra la pared y decirte lo contrario.

Pero aunque Airam era la persona más honesta que había conocido, carecía del coraje suficiente para enfrentarse a esos idiotas que se creían los dueños del Valle y que se dedicaban a asustar a las niñas pequeñas y a su hermano por el simple hecho de haber nacido con síndrome de Down.

Lo llamaban monstruo, mongólico, y le recalcaban que era un retrasado, un desperdicio de la humanidad que jamás llegaría a nada.

Ahora lo miraba con suspicacia. Sabía que Martín era incapaz de levantarle la mano. Jamás lo había hecho. Siempre lo trató como un miembro más de la familia, aunque muchas veces no se percatara de que no podía exigirle los mismos compromisos que a Yaiza y a él.

—Entonces, ¿puedo quedarme tranquilo? ¿No tienes ningún acosador?

Airam bajó la cabeza, molesto. Detestaba que le recordasen aquella época donde su fragilidad lo hizo sentirse como un bicho raro, como si no pudiera aportarle nada al mundo, como así le repitieron sus acosadores.

Él no pidió nacer así. Y era consciente de que no llegaría jamás a ser alguien estudioso ni a trabajar en una empresa con requisitos muy complejos.

Pero había aprendido a ser un gran agricultor.

Cuidaba de los mangos, de los tres papayos de su madre y de las plataneras.

Acompañaba al mercado a su padre y era capaz de cobrar los euros que le pedían y dar el cambio correcto.

No comprendía la teoría de la relatividad, pero entendía la tierra.

Sabía cuándo estaba herida y también cuándo estaba pletórica y quería florecer.

Escuchaba sus lamentos, así como sus risas, aunque últimamente llorara de pena y no consiguiera averiguar el porqué.

—¡No qu-qu-quiero hablar de eso! ¡No! —Le dio un puñetazo a la mesa.

—Vale, está bien. No te enfades.

Su hermano estaba conteniendo unas lágrimas rabiosas que tensaban todos los músculos de su cuerpo, así que Yeray lo abrazó y esperó a que poco a poco fuera relajándose.

—No soy pe-pequeño.

—Lo sé. Lo siento. Había olvidado que eres más alto que yo y que llevas muchos años cuidando del viejo y de ti mismo. Perdóname.

Emocionada, Olivia, quien había atendido a la conversación de los dos hermanos sin parpadear, se unió al abrazo, y eso consiguió que Airam sonriera.

Los tres permanecieron en esa posición unos minutos, en medio de la cocina, sin importarles que el segundero del reloj de la pared les recordara que el tiempo continuaba corriendo.

—Pero ¿qué están haciendo? —Martín irrumpió en la estancia y dejó plasmado su fuerte acento canario.

En las islas, no se usaba la segunda persona del plural.

Sustituían el vosotros por el ustedes. Era una forma de dirigirse con cortesía y respeto hacia varios interlocutores y que se había detectado en las Canarias en el siglo XIX—.

Parecen tres pasmarotes esperando la bendición del cura.

—Yeray lo miró de arriba abajo con el ceño fruncido, y tras deducir que el viejo no estaba de buen humor, cruzó los brazos a la altura del pecho en señal defensiva cuando continuó—: Estaba recogiendo el desastre que hiciste anoche.

No puedes dejar las palmas cerca de la entrada de la casa e irte a dormir la mona como si nada.

—No estaba bebido —quiso aclararle.

—Pues lo parecía.

—No voy a discutir esto contigo delante de Olivia. —Le hizo un gesto para que se percatara de que la niña era una esponja que lo absorbía todo. No estaba dispuesto a que su padre volviera a faltarle el respeto delante de ella.

—Ya es mayorcita para saber que su padre no es un santo, y dudo que con los años te hayas vuelto beato. Anoche no estabas en tus cabales. Ya me entiendes.

De pronto, el sonido del teléfono fijo retumbó por toda la cocina e interrumpió lo que Yeray sospechaba que podría convertirse en una discusión aireada.

Airam lo descolgó de inmediato y comenzó a jugar con el cable del aparato.

—¿Quién es?

—Ahora mismo me da igual lo que pienses —insistió Yeray—.

No voy a continuar con esta historia. Necesito que me prestes tu furgoneta para bajar a la playa.

Mi coche y el resto de mis pertenencias llegarán en unas cuantas semanas, y quiero que Olivia pase un día de verano normal y corriente como los demás niños de la isla.

—Qu-que quién es. No se oye bien.

Miró a su hermano de reojo, quien continuaba enredando los dedos en el cable del teléfono mientras se mordía el labio inferior, y volvió a mirar al viejo con dureza, quien le espetó:

—Por mí, puedes hacer lo que te dé la gana. Cuanto menos estés por la casa, mejor. —Le lanzó las llaves del vehículo y él las cogió al vuelo.

—No es ve-ve-verdad. No soy bobo.

—¿Qué ocurre? —le preguntó a Yeray, preocupado. Esa mísera palabra, que para los demás carecía de un significado profundo, hizo que saltara su alarma interior. Bobo era sinónimo de amenaza, de burla, de un segundo tenso antes de que comenzara el primer empujón.

Airam tapó el auricular y miró a su padre y a su hermano, asustado.

—Dice qu-qu-que es Mateo.

—¿Mateo? —Yeray le arrebató el teléfono con rabia y visiblemente enfadado—. A ver, no estamos para cachondeos a esta hora de la mañana y ninguna otra. ¡Si quieres reírte de alguien, hazlo de tu pu...! —Se mordió la lengua en cuanto vio que Olivia abría los ojos de par en par.

Antes de pensar en colgar, aguardó unos segundos y respiró hondo al tiempo que trataba de controlar los nervios.

Retaba con su fuerte respiración a la persona que estaba al otro lado de la línea.

Quería saber si tendría el coraje de volver a hablar, ahora que era él y no su hermano quien estaba al teléfono.

Sin embargo, no escuchó nada. No había nadie en el aparato, solo un silencio profundo que logró ponerle los vellos de punta.