El vuelo del cernícalo Capítulo 4LAS LUCES DEL CIELO #3
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Capítulo 4LAS LUCES DEL CIELO #3

No supo cuánto tiempo había transcurrido desde que se había dormido hasta que abrió los ojos de nuevo.

Otra vez, la palma golpeaba el cristal con insistencia, y ya comenzaba a hartarse.

Con los dedos, recogió parte de la cortina para contemplar cómo la maldita hoja se ensañaba con la ventana como si quisiera romperla en mil pedazos.

Luego miró la hora en el radiodespertador de la mesita de noche, y al ver reflejadas las dos y nueve se enfureció aún más.

Sin despertar a Olivia, se calzó las zapatillas, dispuesto a llegar hasta el cuarto de aperos que tenía su padre en el exterior.

Le sorprendió no tropezarse con su hermano en la cocina, aunque después imaginó que, como Mateo ya estaba muerto, no se introduciría en su finca para perseguir al cernícalo, y por eso Airam se encontraba durmiendo a pierna suelta.

No quiso pensar en el loco que se disfrazaba por las noches ni en la posibilidad de que este les hiciera una visita.

Pensó que estaría conmocionado por el suicidio de un vecino muy apreciado en la zona y que, después de todo, él era en parte responsable de esa muerte, así que supuso que no abandonaría su casa en un par de semanas.

Al salir, se percató de que el viento había cesado.

Tan pronto como se había levantado, se había esfumado, y soltó una carcajada nerviosa.

Parecía que el céfiro estuviera burlándose de él y soplaba con rabia para despertarlo a horas intempestivas hasta que lo conseguía.

Era eso o la energía de la mismísima isla, que no aprobaba su regreso y lo invitaba a irse antes de que se volviera loco como Mateo.

Se dirigió hasta la parte delantera de la vivienda y observó la planta con malicia. Estaba quieta. Ninguna de sus hojas frondosas y largas bailaba ya con el viento endemoniado. Aun así, se acercó a aquella palmera que estaba ocasionándole tantos dolores de cabeza.

—¡Si crees que vas a salirte con la tuya, es que no me conoces! —le gritó entre dientes.

Se encaminó de nuevo a la parte trasera, entró en el cuarto donde su padre guardaba todas las herramientas de la finca y se hizo con un arnés y un corvillón.

Recordaba haber utilizado este último muchas veces cuando era un adolescente para podar las palmeras.

Siempre fue un muchacho ágil y sin miedo a las alturas, por eso Martín le encargaba esa faena que él acogía como si fuera una diversión, pese a lo fatigosa que resultaba.

La poda no era necesaria para su crecimiento como muchos creían, era más bien una tarea que los palmereros realizaban por estética o para que las ramas desgastadas no terminaran cayendo a la calzada o sobre algún transeúnte.

La poda de esa Phoenix canariensis de unos diez metros de altura era necesaria porque sus palmas tocaban la pared de la casa, y cuando volaban agitadas no solo deterioraban la pintura, sino que el ruido que provocaban en el interior no era nada placentero.

Se situó debajo de la palmera, con las fosas nasales hinchadas, y comenzó a colocarse el arnés. Entonces, cuando ya se encontraba bien sujeto al estípite, que era como se le denominaba al tronco, su padre salió por la puerta delantera.

—¡¿Qué demonios estás haciendo?! ¡¿Es que te has vuelto loco?!

—No, no estoy loco. Deberías haberla podado hace meses. Las malditas palmas están rozando la pared y una de ellas está jodiéndome por las noches y no me deja dormir.

Comenzó el ascenso sin mirar a Martín, decidido a ensañarse con la culpable de su insomnio.

—¡Baja de ahí! ¡Vas a matarte! Ni siquiera te acuerdas de cómo usar el corvillón. ¡Joder! ¡Por si no te has dado cuenta, es de noche! —lo increpó su padre.

—¡Claro que me acuerdo! ¡No soy idiota! Era yo el que me encargaba de hacer la poda.

—¡Eso fue hace siglos! ¡Vas a romperte la crisma!

Ante los continuos reproches y el alboroto, tanto su hermano como su hija salieron para ver qué ocurría.

—¡Sigo en forma! No voy a permitir que el viento me moleste cada vez que le venga en gana.

—¡¿Qué viento?! —Martín abrió los brazos, desesperado—. ¡¿De qué coño estás hablando?!

—El que está jugando al escondite conmigo —musitó para él.

—¡Papá, por favor, ten cuidado! —le gritó Olivia, asustada.

—¡No pasa nada, cariño! —quiso tranquilizarla desde las alturas.

Llegó hasta la corona y sujetó mejor el corvillón forjado de manera artesanal para comenzar la limpieza.

El mango era ligeramente más largo que la pala, de madera rugosa y fácil manejo, mientras que la pala, aunque estaba algo desafilada, era de acero.

No pretendía realizar una poda profunda, pero para alcanzar a la causante de sus problemas de sueño tenía que deshacerse de algunas hermanas primero.

Cuando las primeras palmas comenzaron a caer, Airam retiró a la niña de los alrededores. Entretanto, su padre, rígido como un sargento, se mantuvo bajo la inexistente sombra de la palmera con los brazos en jarra.

—¿Quieres dejar ya de hacer el machango? —le reprochó—. Vas a despertar a los vecinos.

Por fin la alcanzó y se detuvo un instante para observarla con inquina.

Después la arreó con saña hasta que la palma cayó moribunda sobre la tierra.

Se rio de ella como un poseso y a continuación inició el descenso con una satisfacción que le hinchaba el pecho.

Sin embargo, cuando quedaba apenas metro y medio para que sus pies rozaran el suelo, distinguió una serie de luces que desfilaban en el horizonte como si fueran soldados adiestrados.

Contó hasta cinco. En un principio mantenían una distancia milimétrica la una de la otra y se movían discretas, sin grandes aspavientos.

Las observó un instante con cierto asombro.

Parecía que estuvieran vigilándolo desde las alturas, e incrédulo arrugó el rostro.

Entonces, sin ser consciente de ello, aflojó la tensión que ejercían sus manos sobre el arnés y cayó de espaldas.

Se quejó de dolor a la vez que se llevaba una mano a uno de los costados.

Entrecerró los ojos, fatigado, y no volvió a abrirlos hasta que atisbó el semblante endurecido de Martín, quien lo miraba como solía hacer cuando era un niño: con decepción y vergüenza.

—Pero ¡¿qué coño te crees que estás haciendo?! Ni siquiera te has puesto los guantes. Podrías haberte cortado. —Le tendió una mano y él la aceptó, a pesar de la bronca que estaba echándole.

No le respondió, solo volvió a mirar hacia el cielo y reparó en que esas luces extrañas habían desaparecido. Se habían evaporado sin darle tiempo a registrar en su mente la dirección que tomaban.