Capítulo 4LAS LUCES DEL CIELO #2
—Sí, a mí también me comentó algo. —Por primera vez, Yeray le prestó atención a la mujer que ocupaba una de las mesas.
Era mayor, tendría unos ochenta años, y por eso tardó en reconocerla.
Fue cuando lo miró con esos ojos azules tan inquietos cuando determinó que se trataba de Juana, quien tenía una parcela de tierra junto a la de Alfredo—.
Pero yo nunca he visto a nadie entre mis mangos.
También soy muy vieja y la vista no me llega donde quisiera, a pesar de que me operaron de cataratas hace unos años.
Sin embargo, Mateo me contó que ese hombre era muy raro y que tenía alas como las de un cernícalo y los ojos muy brillantes.
—¿Alas de cernícalo? —Miguel casi escupió el café de su boca en la barra—. Mateo estaba mal.
—Puede que quisiera decir que estaba disfrazado de pájaro —puntualizó Alfredo—.
Mateo siempre fue un hombre coherente. A mí también me mencionó lo de las alas, y después de hablarlo durante unos minutos, llegamos a la conclusión de que ese tipo podría haberse comprado un disfraz en alguna tienda de chinos.
Yeray se secó la frente de un sudor invisible con la palma de la mano. Esa conversación estaba siendo de lo más disparatada. Aun así, quiso intervenir preguntándoles a los presentes algo que él consideraba clave:
—¿Y entonces por qué creía que ese hombre misterioso estaba relacionado con las luces?
—No lo sé. Tenía unos papeles escritos donde apuntaba las horas de las luces y luego la aparición del loco —le aseguró Alfredo.
—Venga ya, Mateo desvariaba —le discutió Miguel—. Ahora vas a decirme que ese hombre era un extraterrestre con alas de pájaro que bajaba volando desde su platillo volante porque no tenía otra cosa que hacer que espiar a los vecinos de Valle Gran Rey.
—Yo no perdería el tiempo aquí —intervino Ancor—. Me iría a vigilar a Trump y a Putin. Esos dos se creen superhéroes a los que Dios les ha dado una capa para hacer lo que se les venga en gana. Todavía no se han dado cuenta de que son los villanos de la historia.
—En eso llevas razón —aseveró Dulce, quien ya sacaba las pulguitas de la plancha.
Yeray asistía a la charla con ojos incrédulos y, al mismo tiempo, con una curiosidad que lo asustaba.
Él había visto las luces. Él había perseguido a un desconocido por las plataneras y él había descubierto el cuerpo de Mateo.
Aquello era una locura. Sin embargo, puede que sí existiera un hilo conductor entre todo lo que estaba sucediendo en el pueblo, aunque por el momento no lograra verlo.
—Yo no he hablado de ovnis —se molestó Alfredo—. Solo estoy diciendo que están ocurriendo cosas muy raras y que me huele mal que Mateo haya muerto cuando perseguía a ese chiflado.
—Eso lo decidirá la investigación de la Guardia Civil y la autopsia. Pero a mí no me cabe la menor duda de que fue un suicidio —afirmó Miguel tajante.
—Bueno, vamos a cambiar de tema, que la comida está lista para esa niña bonita. En un minuto, te lo acerco todo a la mesa. —Dulce colocó uno de los puños sobre su cintura y lanzó un resoplido fatigoso.
El calor era agobiante, y trabajar al aire libre o cerca de los fuegos empeoraba la sensación de sofoco. Su única esperanza era que llegara la noche y la brisa ligera que descendía de los montes los regara con su frescor.
Yeray llamó a Olivia y le dijo que fuera a lavarse las manos antes de empezar a comer, y aunque ella puso cara de mala gana, no rechistó. Dulce llegó con los vasos y cubiertos y Yeray reparó entonces en la extraña sombra que recorría todos los dedos de su mano izquierda.
—¿Qué te ha ocurrido?
—¡Ah, esto! —exclamó, abriendo y cerrando la mano como si nada—. Me he levantado con los dedos algo enrojecidos hoy.
—Pero ¿te has dado un golpe?
—¡Qué va! Ni siquiera me duelen —dijo, restándole importancia—. Me he puesto un poco de hielo y se ha bajado la inflamación.
Yeray la cogió por la muñeca y examinó mejor la sombra circular que saltaba de un dedo a otro como si fueran aretes.
—Parece como si hubieras llevado muchos anillos puestos durante años y te los hubieses quitado de repente. La zona sombreada es la que no ha visto el sol jamás. Deberías ir al médico —la aconsejó en tono paternalista.
—Boberías. No es nada grave ni me impide trabajar. —Dulce retiró la mano muy despacio y después se la frotó en el paño que llevaba colgado de la cintura.
—Puede que anoche te secuestrasen los extraterrestres y hayan estado experimentando contigo —bromeó Miguel.
—¡Bueno, se acabó! Ya no quiero oír más historias de bichos verdes en mi bar. Y si a alguien no le gusta, ahí tiene la puerta.
Yeray se humedeció los labios y esbozó una ligera sonrisa al escuchar a la mujer imponerse delante de todos aquellos hombres acostumbrados a tener la última palabra.
Los observó desviar la mirada y a algunos bajar la cabeza para seguir con su cerveza de media tarde, para pocos segundos después entablar una nueva discusión sobre fútbol.
Con una sonrisa de medio lado, aguardó a que su hija llegara para disfrutar de una merienda relajada fuera del radio de actuación de su padre, pese a que sus pensamientos no paraban de girar en torno a la muerte de Mateo.
No se había atrevido a hablar, pero él había visto las luces nocturnas y puede que persiguiera al mismo hombre a quien Mateo estaba intentando atrapar.
Sin embargo, por mucho que se estrujó el cerebro, no llegó a apreciar en la figura que recordaba la presencia de alas.
Y puso su mente en paz al determinar que probablemente la noche anterior había olvidado ponérselas y se había presentado en la finca sin disfraz.
De todas maneras, le parecía raro que ningún vecino se hubiera percatado de que un desequilibrado abandonara su casa vestido de manera extravagante durante varias noches seguidas y luego regresara casi al alba.
Si su padre se disfrazara de esa manera tan ridícula, lo habría pillado antes de que saltara por la ventana.
Así que, o el perspicaz demente esperaba a que sus familiares durmieran como troncos para ausentarse, o vivía solo y no le rendía cuentas a nadie.
Esa noche no intercambió palabra alguna con su padre.
Continuaba molesto y ambos se comportaron como si fueran dos desconocidos que compartían piso e ignoraban la existencia del otro.
Se fue a la cama temprano, aunque no se durmió hasta pasada la medianoche; demasiadas preocupaciones, demasiados interrogantes sobre la vida nueva que quería construir allí, lejos del caos.
Olivia también estaba intranquila, y no era para menos.
El viejo no la había acogido como esperaba.
Después de todo, era su nieta, su única nieta, ya que su hermana Yaiza no tenía hijos.
Aunque tomó una decisión complicada y siempre fue consciente de que Martín no lo recibiría con los brazos abiertos, quiso imaginar que al cascarrabias se le ablandaría el corazón al ver el rostro tierno de la niña.
Pero Olivia era el vivo retrato de su madre Claudia y supuso que el viejo veía en ella a la persona que se había llevado lejos a su hijo, a la serpiente que lo había tentado prometiéndole un sueño que él jamás podría darle.
—¿Crees que al abuelo se le pasará pronto el enfado?
—Sí. Mañana ya no se acordará de nada.
La pequeña frunció el ceño, no muy convencida.
—No se parece en nada al abuelo Pedro.
—No, tienen caracteres diferentes, y todo porque sus vidas han sido muy distintas.
—Yeray pensó en los padres de Claudia, quienes jamás dudaron en acogerlo en su casa como un hijo más, y por un momento una brizna de arrepentimiento nubló su espíritu.
Si se hubieran quedado en Madrid, al menos Olivia podría contar con el cariño de sus abuelos maternos, y pese a que vivían en Toledo, podrían visitarlos con relativa frecuencia—.
Ya verás que todo va a ir bien. No te preocupes.
—¿Me lo prometes?
La arropó al tiempo que asentía y luego apagó la luz de la habitación.
Después se quedó largos minutos observando el cielo estrellado a través de la ventana; tan resplandeciente, tan misterioso.
Claudia debería estar allí con ellos disfrutando del brillo nocturno que les ofrecían los astros y de la seguridad que les transmitían las montañas.
Allí, el estrés del tráfico no existía, ni tampoco los desalmados al volante que después de una noche de juerga hacían apuestas temerarias, como saltarse el semáforo y esquivar a los peatones como si estuvieran en un videojuego.
Dos críos borrachos y drogados. A él no le importaba que hubieran arruinado su vida matando a dos personas e hiriendo a otras tantas.
Le importaba que hubieran destrozado la suya y le hubieran arrebatado a su gran amor, dejándolo a ciegas en un mundo que necesitaba luz.
Entrecerró los ojos, suspiró agotado y luego corrió la cortina.
Al tumbarse en la cama, un pensamiento inesperado cruzó por su mente como una estrella fugaz: Diana.
Ella también adoraba contemplar el cielo nocturno y deleitarse con su fulgor, tanto que estaba decidida a convertirse en una de las mejores astrofísicas de Canarias, pero él truncó su sueño y se sintió miserable.
Se marchó sin darle tiempo a reaccionar, la dejó buceando sola en un océano lleno de incertidumbres, y quiso creer que su decisión de cambiar de carrera no había sido culpa suya.
Después de todo, cada persona era responsable de sus propios actos y decisiones, aunque en algunas el destino no les daba esa oportunidad, como a Claudia.