Capítulo 4LAS LUCES DEL CIELO
LAS LUCES DEL CIELO
Esa tarde se dirigió al bar de Dulce con su hija.
La pequeña necesitaba coger aire, salir de ese entorno asfixiante que a Martín le gustaba generar con sus argumentos encendidos mientras lanzaba pullas sobre todo aquello que le pareciera mal.
Y ese día le había tocado a Olivia. La niña había tratado de contarle uno de sus chistes que hablaban sobre plátanos, pensando que al viejo le agradarían, puesto que llevaba toda una vida dedicándose a su cultivo.
—¿Por qué los plátanos no van a la escuela? —le había preguntado ante la cara de pasmarote de su abuelo—. ¡Porque están muy maduros!
Ni siquiera él supo en qué momento Martín se había ofendido, pues el chiste no era insultante, y mucho menos verde, dado que esta fruta era carne de cañón para muchas frases de contenido sexual.
Pero, de repente, sus ojos pardos se oscurecieron y abrió la boca con una mueca deforme, capaz de espantar a todos los pájaros que anidaban en la finca con tan solo verlo.
—Y ahora vas a decirme que los canarios estamos aplatanados, cuando trabajamos como cabrones de sol a sol, y que además vamos saltando de palmera en palmera con taparrabos.
Yo aprendí a leer en la escuela como tú, y no necesito el móvil para sumar y restar, sino que hago el cálculo aquí —le reprochó mientras se señalaba una sien.
—Estás sacando las cosas de quicio —le dijo Yeray, quitándole hierro al asunto—. Es una niña. Tu nieta. Solo tenías que reírte.
—A mí m-m-me ha gustado mucho. —Airam había soltado una carcajada que su padre apagó con una mirada severa.
—Tú no eres nadie para decirme si tengo que reírme o no —lo increpó su padre—.
No me ha hecho gracia y punto. Aquí no eres más que un invitado, y ella también.
Te he acogido porque eres sangre de mi sangre, pero nada más.
Perdiste tu condición de hijo cuando te largaste, y ahora que has vuelto, no te debo nada.
Yeray aguantó con estoicismo toda la verborrea de su padre hasta que contempló los ojos húmedos de la pequeña. A veces, Martín era tan insensible que podría agujerearle la piel con un punzón y él no se quejaría.
—Vamos, Olivia.
Ambos dejaron la casa mientras escuchaban toda clase de improperios que el viejo usaba para enfatizar su discurso, donde era imposible rebatirle nada.
Le costó aprenderlo, y por eso siendo un adolescente sus enfrentamientos eran continuos.
Estaba harto de que su padre se saliera con la suya, que nadie fuera capaz de llevarle la contraria, y por ese motivo, alguna que otra vez, se llevó un buen tortazo.
Entonces, su madre salía en su defensa y evitaba que le diera una paliza.
Martín se arrepentía minutos después de haber expresado su furia contra su cara, pero era tan testarudo que jamás fue a pedirle perdón, sino a recordarle que a un padre se le respetaba y a reiterarle el castigo que le había impuesto.
—¿Estás bien? —le preguntó a la niña después de caminar unos cuantos metros en silencio.
—No sé qué es lo que he hecho mal.
La atrajo hacia su cintura y le acarició sus sedosos cabellos morenos.
Olivia tenía suerte. Poseía las facciones serenas y hermosas de su madre, y sus ojos grandes y verdes eran como un faro para mantener a los marineros a salvo.
Bufó para evitar derramar una lágrima, porque ella era la responsable de que todavía se mantuviera a flote y quisiera nadar hasta la orilla para no dejarse engullir por la tormenta que asolaba su alma.
—Tú, nada, mi vida. Y no tienes que preocuparte por él. Ya sabes lo que dicen por ahí: «Perro ladrador, poco mordedor». Dale tiempo. Es como el enano gruñón de Blancanieves: cuando te conozca, te cogerá cariño.
Saludaron a varios vecinos mientras avanzaban con un paso calmoso.
Quien no lo hacía con un gesto de la barbilla, levantaba la mano con una gran educación.
Aunque no conocía a los más jóvenes, Valle Gran Rey continuaba manteniendo el sentimiento de pueblo arraigado en las manos forjadas con la agricultura durante mucho tiempo, pese a que cada vez eran más los miles y miles de turistas que llegaban al año para disfrutar de sus costas y de su clima, y por supuesto para vivir una aventura a través de las decenas de senderos que atravesaban sus bosques mágicos.
Los chalangueros se sentían afortunados porque lo tenían todo: un océano que los rodeaba con devoción, unos montes que custodiaban su territorio y la riqueza de su gente que afloraba en la bondad y la generosidad con sus vecinos.
—¡Hola, mi niño! —lo saludó Dulce nada más verlo entrar—. Veo que hoy te has traído a una preciosidad contigo.
—Sí, hemos decidido dar un paseo y luego se me ha ocurrido que podríamos merendar una de tus sabrosas pulguitas con salsa de aguacate. Yo, esta vez, prefiero tomarme una de tortilla, si te quedan.
Le señaló a su hija la única mesa libre que había en el local y le pidió que se sentara mientras él se dirigía a la barra para coger un periódico.
Se lamentó al ver que solo había prensa local y nada nacional.
Aun así se hizo con un ejemplar y le pidió a Dulce un jugo de melocotón para Olivia y una Coca-Cola para él.
—Ya sabemos que fuiste tú el que encontró al pobre Mateo —lo asaltó Miguel antes de que se reuniera con la niña—. Ya sabía yo que esta historia iba a terminar mal. No llegó nunca a superar la muerte de su mujer.
—María se murió hace solo dos meses —puntualizó Dulce—. ¿Qué esperabas?
—Martín también perdió a su mujer hace dos años y no terminó empicado en uno de sus papayos —insistió, haciendo referencia al duelo de su padre—. Es un hombre con la piel más gruesa, más curtida.
—¡Estás diciendo tonterías! —le reprochó la dueña del local.
—Nunca se sabe lo que pasa por la mente de un suicida —afirmó Yeray, con la esperanza de que el hombre dejara a un lado la conversación, pues su hija estaba escuchándolo todo y no quería que nadie mencionara la palabra muerte delante de ella.
—¡Eso es! —intervino otro hombre al que reconoció de inmediato: Alfredo, el vecino más cercano a la casa de Mateo.
Continuaba con la misma calvicie en la coronilla, aunque el cabello que la rodeaba era blanco—.
La gente habla y habla pero no sabe lo que dice.
Aquí todos callamos, pero muchos, como Mateo, hemos visto las luces del cielo.
Se produjo un intercambio de miradas incómodas entre los presentes.
Eran solo siete personas en el local, contando con Olivia y él.
Yeray reparó en los ojos engrandecidos de su hija y cómo el verde de su mirada parecía atravesar las paredes como si fuera una de esas heroínas de los cómics, dispuestas a descubrir la verdad y atrapar al malhechor.
En ese momento, agradeció que apareciera el nieto de Dulce en el bar y que esta insistiera en que le enseñara su colección de soldaditos antiguos a la vez que le preparaba el bocadillo. Los dos niños se dirigieron a la pared del fondo y se entretuvieron charlando entre ellos.
—No puedes hablar de estas cosas delante de los niños. Pueden asustarse —le recriminó la mujer entre dientes.
—¿Te crees que ya no saben lo que está pasando en el cielo del Valle desde hace unas cuantas semanas? —insistió Alfredo—. Ha salido en los periódicos y todo.
—Sí, pero hablan de bólidos y de basura espacial.
—Un joven de unos veinticinco años también quiso ser partícipe de la conversación.
Yeray no lo había visto antes y no dudó en examinarlo un segundo.
Tenía los brazos fornidos, y aunque no era muy alto, supo de inmediato que era capaz de cargar sobre sus hombros un racimo de plátanos de cincuenta kilos—.
Me llamo Ancor. Soy hijo de Marta. Me dijo que te dio clases cuando eras un niño.
—Ah, sí, Marta. ¿Qué tal está? —Recordó que la mujer se había quedado embarazada pasados los cuarenta años y que fue objeto de murmuraciones en el pueblo.
—Bien, se prejubiló hace unos años y ahora está disfrutando de la vida. Se apuntó a un curso de costura y viaja mucho con esos grupos organizados. Ha visto más mundo que yo.
Yeray le mostró una sonrisa agradable y se interesó por su opinión sobre el misterioso brillo que asolaba el Valle desde hacía noches.
—¿Tú has visto las luces? —le preguntó.
—Sí, una vez que el insomnio estaba matándome.
Serían las dos de la mañana, aunque no recuerdo muy bien la hora.
Noté un destello por la ventana y salí al balcón.
Eran unas cinco luces que parecían estar quietas en un primer momento, pero luego se movieron con rapidez y desaparecieron detrás de las montañas.
—Pues la basura espacial, como has dicho, no se queda quieta —porfió Miguel—. Pero tampoco creo que vayan a invadirnos los extraterrestres, y tampoco entiendo qué tiene que ver con la muerte de Mateo.
—Mateo estaba investigándolas —aseguró su vecino—.
Se había obsesionado con ellas. Lo sé porque me lo contó.
Por eso salía todas las noches. No era porque estuviera lloriqueando todo el día por la muerte de su mujer.
Era porque estaba convencido de que alguien aparecía en su finca cada vez que esas luces se presentaban.
Miguel fue el único que soltó una carcajada estrepitosa mientras el resto lo miraba ojiplático. A Alfredo no le importó que ocho ojos lo torpedearan con bombas cargadas de asombro y continuó bebiéndose el café como el que oye las últimas campanadas del domingo para ir a misa y no se diera prisa.
—Pero ¿qué estás diciendo? —lo miró Dulce al tiempo que le entregaba a Yeray el jugo de Olivia y su Coca-Cola.
—Solo repito lo que él me decía —continuó Alfredo—. Vino varias veces a mi casa para preguntarme si había visto a alguien merodear por mi propiedad, porque, según él, en cuanto lo descubría en su huerta y lo perseguía, saltaba a la mía.