El vuelo del cernícalo Capítulo 3EL ECO DEL PASADO #3
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Capítulo 3EL ECO DEL PASADO #3

—No puedo asegurar que fuera él. Vi a... alguien.

—¿Cómo era? —insistió Diana.

—Solo vi una sombra. Era alta, flaca y muy rápida.

—Concuerda con mi padre, aunque él no corría demasiado, pues la ciática estaba matándolo.

—Cerró los ojos con fuerza—. ¡Joder! No debería haber usado esa palabra ahora que está muerto...

Es que todavía no me lo creo. —Se llevó un puño a la boca y lo mordisqueó para evitar que sus emociones se desataran con un desgarro de su garganta.

—Te entiendo. —Tuvo la tentación de consolarla; no obstante, se guardó las manos en los bolsillos y miró hacia otro lado.

—Perdona. Ni siquiera te he dado el pésame por lo de tu mujer. Pensarás que soy una insensible.

—No, no. Cada dolor tiene su momento y hoy tu tristeza tiene mayor protagonismo. Tu padre murió anoche de una forma horrible y es normal que busques respuestas, aunque tal vez no las haya. Pero los humanos somos así: necesitamos darle sentido a la muerte para que cobre sentido nuestra vida.

Ella estiró una de las comisuras de los labios y asintió con levedad.

—Gracias por ser tan comprensivo. Parece que no has cambiado mucho —afirmó al tiempo que se sonrojaba.

Yeray se sintió cómodo con ese comentario y quiso aprovechar ese momento de conexión para saber más de ella, para que le dijera que, después de todo, era feliz.

—Venga, cuéntame algo de ti. Tú ya sabes que he regresado con mi padre, que tengo una hija y que probablemente nos quedaremos este curso aquí, si no me arrepiento antes y me marcho. Llevo dos días y este maldito calor está asfixiándome.

—Lo sé —afirmó rotunda—. Quiero decir que soy una de las maestras del colegio de El Retamal y sé que has matriculado a la niña aquí. Conseguí la plaza no hace mucho y decidí volver a mis raíces. No me arrepiento de mi vuelta, aunque tiene sus más y sus menos.

—Sabes que aquí las noticias vuelan y ya sé que regresaste cuando te divorciaste —le confesó encogiéndose de hombros.

—Sí, fue una separación complicada y tengo una hija de diecisiete años que está poniendo a prueba mi paciencia.

No le gusta esto. Se aburre y no para de gritarme que sus días son monótonos y desesperantes.

Llevaba otro ritmo en San Sebastián, y me culpa por haberla separado de sus amigos y haberla enterrado en vida aquí.

—Hizo una pausa en la que se atrevió a mirarlo a los ojos—.

Acaba de terminar cuarto de la ESO. Repitió curso el primer año que nos mudamos y, de nuevo, me culpa a mí.

Ahora no sabe qué hacer con su futuro. Solo quiere largarse de aquí.

Me recuerda mucho a nosotros, a nuestros planes de conquistar las estrellas y viajar por el mundo.

—Sí, éramos unos críos con pajaritos en la cabeza —le dijo sin mala intención.

—Bueno, sabes que yo sí cursé el primer año de Física en Tenerife, pero luego me cambié a Magisterio el segundo año.

Los dos callaron. Existían recuerdos dolorosos, y ese era uno de ellos.

Habían hecho un pacto para comenzar una nueva vida juntos.

Se trasladarían a Tenerife y compartirían piso mientras ambos estudiaban Física en la Universidad de La Laguna.

Sus planes eran convertirse en astrofísicos y tal vez cursar un máster en alguna universidad europea, quizá terminar en Boston más tarde, y luego regresar con un currículo que nadie despreciaría y apostar por ser contratados en el Observatorio del Roque de los Muchachos, en La Palma, o en el de Izaña, en Tenerife.

Pero él rompió el pacto. Lo hizo sin apenas darle tiempo a reaccionar, a suplicarle que no la abandonara, y finalmente lo dejó marchar a Madrid para estudiar Ingeniería Aeroespacial.

—Menos mal que todavía no tengo ese problema con Olivia. Ya me da miedo que vaya a cumplir diez años, así que imagínate diecisiete. —Yeray quiso romper ese silencio incómodo retomando el discurso de las niñas con cierta torpeza.

—Estoy segura de que se adaptará bien. No es un colegio muy grande y todos somos una gran familia —le aseguró sin mucho ánimo—.

Tengo que irme. Mi hermano ha venido de Vallehermoso y lo he dejado solo en la casa.

Está con el papeleo, y seguro que las visitas de los vecinos no lo dejan concentrarse. Tenemos mucho que arreglar y...

—Sí, está bien —la interrumpió él esta vez.

La vio marcharse con los hombros decaídos y los brazos cruzados por debajo del pecho.

Tuvo la impresión de que huía de él por miedo a que volviera a destrozarla de alguna manera.

La Diana del pasado era fuerte, decidida y arrolladora.

Sin embargo, la que había visto ese día se le antojó frágil, insegura, aunque con el mismo espíritu luchador.

Y se preguntó qué le había sucedido en todos esos años para que la chispa de su mirada no se encendiera como antaño.

Con resignación sacudió la cabeza. Él también había cambiado, aunque detestaba reconocerlo. Su vida entera se había desmoronado y era incapaz de retomar las riendas con el ímpetu necesario para sentirse dichoso, pero sobre todo vivo.