Capítulo 3EL ECO DEL PASADO #2
No pudo decir que durmiera, ya que se limitó a dar cabezadas y despertarse sobresaltado cada vez que la imagen de Mateo, con la cara violeta y la lengua por fuera, lo asaltaba de forma violenta entre sueños revueltos.
Cuando la luz solar arremetió con fuerza sobre las cortinas beige de la habitación e inundó su espacio, decidió levantarse.
Comprobó que Olivia ya no estaba en la cama y deseó que estuviera viendo dibujos animados en la televisión.
Se arrastró hasta el baño con los ojos pegados y apenas pudo mirarse en el espejo, aunque pudo apreciar que su cabello moreno estaba reburujado y que el bronceado de su piel se había tornado más amarillento.
Estaba pálido, y sus ojos del color del cacao en polvo parecían estar viviendo un eclipse total.
Se rascó su barbilla angulosa, y al palpar la crecida abrupta de numerosos pelos en ella decidió que tendría que afeitarse más tarde, cuando fuera capaz de organizar su mente.
Oyó a su hermano que lo llamaba con insistencia. Repetía su nombre como un loro al que le hubieran dado de beber varias tazas de café mientras subía las escaleras, así que inspiró hondo y, tras convencerse a sí mismo diciéndose que era un nuevo día, asomó la cabeza para recibirlo.
—Preguntan por ti —le comunicó de un tirón, y él supo que se encontraba mejor y que su ataque de ansiedad había remitido por completo.
—¿Quién?
Airam no le respondió y volvió a bajar ligero los peldaños.
Yeray le echó un vistazo rápido a su indumentaria, pues no se había cambiado después de la visita de los guardiaciviles.
Se olfateó las axilas para comprobar que la camiseta no desprendiera un tufillo desagradable y se sujetó mejor las cintas del pantalón del pijama.
Después, con cierta resignación, se dirigió a la planta baja imaginando que la Benemérita querría aclarar algunas cuestiones.
Se sorprendió al ver en el salón a su padre sentado con Olivia y viendo la televisión en una postura más que relajada.
—¿Hoy no trabajas? —le preguntó, arqueando una de las cejas.
—Estamos de luto —le respondió, sin apartar la vista de la pantalla—. Están esperándote fuera. No ha querido pasar.
Olivia giró la cabeza para saludarlo:
—¡Hola, papá!
—¡Hola, preciosa! ¿Has dormido algo? —La niña asintió rápido y volvió la vista al frente. Era evidente que no quería que la interrumpiera mientras veía los Looney Tunes —. Vale, no comas tantas galletas por la mañana. No es bueno.
A continuación, se encaminó hacia la entrada y negó con la cabeza al constatar que la puerta estaba cerrada. Ni siquiera la habían dejado entreabierta por educación, como solía hacer su madre cada vez que iban a buscarlo sus amigos para bajar a La Calera.
Antes de abrir, se atusó los cabellos con los dedos e imaginó que no sería un agente de policía quien preguntaba por él; si no, Martín ya lo habría hecho pasar al salón.
Inspiró rápido, sin permitir que sus pulmones se beneficiaran del aire que bajaba de las montañas, y se quedó petrificado al distinguir a Diana en el exterior.
Tenía los ojos hinchados y enrojecidos de tanto llorar, y algunas arrugas se le arremolinaban en las comisuras de los labios, dispuestas a afear un rostro que siempre le pareció hermoso.
Ya no lucía el flequillo por el que tantas veces suspiró, sino que su melena con un corte en pico se extendía hasta la mitad de sus brazos y ocultaba parte de sus mejillas sobresalientes.
Al principio se quedó mudo contemplándola.
El tiempo había sido grato con ella, pues mantenía la calidez de su rostro y esa boca simétrica y amplia que estrechaba aún más su barbilla.
—Hola —lo saludó, reprimiendo una sonrisa afectuosa que pronto se transformó en amarga.
—Perdona, tendría que haber ido a verte en cuanto supe que tú también habías vuelto al Valle, pero apenas he tenido tiempo. Y todo ha sucedido tan rápido que...
—Me han dicho que fuiste tú quien descubrió el cuerpo de mi padre —lo interrumpió, dejándole bien claro que no se trataba de una visita de cortesía.
—Eh, sí... No tengo muy claro lo ocurrido y...
—Ya sé que solía meterse en las fincas de los vecinos por las noches.
—De nuevo, volvió a detener su confusa verborrea, pero esta vez Yeray lo agradeció.
No tenía ni idea de qué podría contarle o no, porque ni él mismo tenía claro lo que había sucedido—.
Y aunque te parezca raro, jamás se había atrevido a adentrarse en zonas escarpadas.
De día era otra cosa, y vagabundeaba por los senderos o se sentaba durante horas sobre un risco para mirar las vistas de todo el Valle.
Adoraba este sitio. Aquí nació, se enamoró, construyó una casa y tuvo la vida que quiso.
Diana comenzó a alejarse de la vivienda y lo instó a que siguiera sus pasos. Era mejor así, pues tampoco quería que Martín los espiara por la ventana, como solía hacer en el pasado.
—Me comentaron que estaba deprimido —se atrevió a decirle en cuanto se colocó a su lado.
—Sí, la muerte repentina de mi madre hace dos meses lo hundió.
Murió de un infarto, ¿sabes? Ninguno lo esperábamos.
Nunca fue una mujer enfermiza ni una quejica, y a pesar de la edad que tenía, estaba fuerte.
Ayudaba a mi padre con los mangos y... Y la verdad es que no salían de casa el uno sin el otro.
Iban a misa juntos, al supermercado, y cuando bajaban a La Calera se tomaban un helado y paseaban por la playa.
—Enmudeció al sobrevenirle un hipido que quiso contener.
Se llevó una mano a la boca y luego se sorbió la nariz—.
Lo siento, es que sé que mi padre la quería mucho, pero él no era así.
No comprendo cómo ha terminado cometiendo esta locura.
—¿A qué te refieres?
Ella se tomó unos segundos para contestar. Meditaba su respuesta mientras con sus ojos avellanados oteaba el horizonte como si fuera un pájaro deseoso de una libertad que siempre se le resistió.
—Hará un mes que empezó con esas terribles pesadillas que no lo dejaban dormir, por eso se dedicaba a perseguir cernícalos por la noche.
—Pero eso no tiene sentido, los cernícalos son aves diurnas —aseveró con una sonrisa difusa.
—Lo sé, pero últimamente decía cosas incoherentes, desvariaba. Aseguraba que mi madre estaba en la luz y que venía a visitarlo mientras dormía, que lo encandilaba con su brillo y tenía que salir a buscarla.
—No lo entiendo. ¿Salía a buscar a tu madre o a cazar cernícalos?
Ella ignoró su pregunta y continuó con su discurso:
—Era desesperante. Hace una semana dejó de dormir y se quedaba esperando a que aparecieran las luces del cielo. Según él, eran una señal del más allá que le decían que pronto se reencontraría con mi madre.
Yeray se detuvo de forma brusca y la sujetó por el brazo para obtener toda su atención:
—¿Las luces del cielo?
—¿Las has visto? —Ella abrió los ojos de par en par, a la espera, por lo que intuyó Yeray, de una respuesta que le diera esperanza para armar un puzle mental que debía antojársele caótico—.
Algunos vecinos están convencidos de que se posan sobre sus cabezas y luego se esfuman como por arte de magia.
Recordó las tres luces en las que había reparado la noche anterior antes de decidirse a perseguir al misterioso intruso entre las plataneras.
Las había confundido con estrellas, pues en el cielo canario, apenas contaminado, brillaban como piedras preciosas en aguas cristalinas.
Era una de las cosas que más echaba de menos en Madrid: el asombroso cielo salpicado de infinitos puntos dorados.
De pequeño solía jugar con sus hermanos a dibujar formas con ellas por las noches.
La mayoría de la gente lo hacía con las nubes y se aventuraban a apreciar siluetas de animales o de objetos cotidianos; ellos pintaban sus sueños con las estrellas.
—No, no he tenido esa suerte —mintió. No quería que ahora que acababa de llegar se extendieran rumores de que, además de perseguir a un fantasma, también veía luces extrañas.
Sabía cómo funcionaban los pueblos, y una vez que entrabas en la lengua de todos, no desaparecerías hasta que una nueva historia volviera a escandalizarlos.
—Yo tampoco. Tiene que ser que caigo tan rendida por las noches que lo último que quiero es vigilar por si vienen los extraterrestres a invadirnos —dijo riendo.
—¿Crees que son ovnis? —No ocultó una sonrisa cómplice que de manera inusitada lo acercó a ella de nuevo. Y entonces, avergonzado, bajó la cabeza.
—Yo no creo nada. Lo dicen muchos de los que las han presenciado. Pero no solo aquí, en El Retamal, sino por todo Valle Gran Rey.
Caminaron unos metros más en silencio sin ser del todo conscientes de que se dirigían al mirador de San Antonio por la ruta que solían tomar cuando eran unos adolescentes.
Muchas veces se refugiaron en ese lugar para alejarse de las miradas de sus familias y contemplar la magnificencia del valle alto mientras las campanas de la ermita repicaban exaltadas acompañando su amor prohibido.
No llegaron hasta él, ya que se detuvieron mucho antes de alcanzarlo.
Se habían alejado lo suficiente para que nadie llegara a verlos.
—Siento mucho lo de tu padre.
—¿Lo viste? Quiero decir vivo, en la finca de tu casa.
Titubeó un instante. No quería mentirle, pero tampoco indicarle que el monstruo, como lo llamaba Airam, le había indicado el lugar donde Mateo se había suicidado.