Capítulo 3EL ECO DEL PASADO
EL ECO DEL PASADO
Una pareja de la Guardia Civil no tardó en presentarse en su casa.
A esa hora, ya se había armado un gran revuelo en todo el barrio, y algunos vecinos habían subido hasta el lugar donde se hallaba Mateo.
La Benemérita se esforzó en echarlos del lugar, pero algunos ya habían visto el estado del cuerpo del pobre hombre y quisieron colaborar para bajarlo de la sabina, por mucho que los agentes insistieron en que no era necesario.
A duras penas había alcanzado la finca debido al estado de shock en el que se encontraba su hermano, y después de entrar en la vivienda, no tuvo más remedio que alertar a su padre, quien no daba crédito a su narración.
Martín, más testarudo que una mula, decidió acompañarlo junto a los guardiaciviles al lugar, no sin antes tranquilizar a Airam y hacerle prometer que no dejaría la vivienda en ningún caso.
Ante el gran alboroto, Olivia se había despertado, y con labios temblorosos no paraba de preguntar qué era lo que sucedía.
A Yeray no le salían las palabras, no quería revelarle que otra muerte había acontecido cerca de ellos, pese a que su hija no conocía a Mateo.
Sin embargo, temía que los recuerdos funestos del día en el que recibió la noticia del fallecimiento de su madre sobrevolaran su mente y decidieran aposentarse en ella para siempre.
Fue uno de los guardiaciviles, con fuerte acento andaluz, quien lo ayudó a gestionar el problema y calmarla convenciéndola de que su padre llegaría pronto.
Yeray, tras acariciarle sus cabellos oscuros y sin apenas mirarla a los ojos, se encaminó de nuevo a la lomada con los dos agentes.
No aguantó ver el cuerpo del viejo otra vez y tuvo que darse la vuelta para presionarse los párpados con mucha fuerza y evitar posar su mirada en él.
Se negó a observarlo mientras la Benemérita hacía su trabajo con la ayuda de tres bomberos y un par de sanitarios.
En cambio, Martín lo examinaba sin ningún reparo, todavía incrédulo y algo impávido, aunque con una mueca desfigurada que mostraba su indignación.
—¿Por qué tuviste que hacerlo? —le oyó decir.
Después, llegó el espectáculo y quiso regresar con su hija, no sin antes escuchar los llantos de Diana, quien había sido una de las últimas en acercarse al lugar.
No tuvo coraje de mirarla a los ojos, de confesarle que había sido él quien había descubierto el cadáver, de acercarse a ella y consolarla.
Desde lejos, contempló cómo caía de rodillas y un enfermero corría para asistirla.
Su melena castaña se había derrumbado con ella, perdiendo el brillo natural que siempre la había acompañado desde que era una niña; esa que ondeaba con el viento mientras hacían incursiones en los barrancos y que se le enredaba entre sus dedos cuando la acercaba a sus labios para besarla.
Se sintió miserable al verla hundida, destrozada.
Demasiadas escenas de un pasado que consideraba remoto quisieron inundarlo mostrándole sus uñas afiladas y enterrándosele en la piel para abrirle unas llagas que había cerrado hacía mucho tiempo.
Así que cuando el guardiacivil más simpático le dio permiso, abandonó la lomada sin volver la vista atrás.
Cuando llegó a casa, con ganas de esconderse bajo las sábanas de la cama, se encontró a Airam y a Olivia sentados en el sofá del salón, con la mirada perdida en la pared blanca. Ninguno hablaba. Ninguno se miraba. Solo permanecían abrazados, observando la nada.
—¿Estás bien? —Se arrodilló frente a la niña y esta vez se sumergió en sus ojos, tan verdes como las hojas de un papayo florecido.
—Yo también he visto al monstruo —le aseguró.
Contempló a su hermano de reojo y supo al instante que habían estado hablando, ya que este continuaba mirando al frente con la barbilla alzada y sin parpadear.
Era lo que solía hacer cuando su padre o su madre lo regañaban: permanecer quieto como una estatua, como si se hubiera vuelto invisible, para que así no pudiera caerle ningún castigo.
Airam ya no estaba. Se había vuelto invisible para todos.
Al menos eso creía él, porque esa treta nunca le funcionó.
—Cariño, no hay ningún monstruo. Aquí estás a salvo —la consoló.
—Pero lo vi por la ventana cuando me levanté para ir al baño. Era grande y feo.
—Era Mateo. El hombre no estaba bien de la cabeza y salía todas las noches a dar un paseo. No tienes de qué preocuparte. —Ni él mismo se creía lo que estaba asegurando, pues las dudas comenzaban a agujerearle el cerebro.
De reojo, observó a su padre, quien se había mantenido en el umbral, con los brazos cruzados y su habitual semblante severo. No le quitaba la vista de encima a Airam, a quien consideraba una parte responsable de toda aquella locura. La otra, sin duda, era él.
—Los agentes de la Guardia Civil llegarán de un momento a otro para interrogarte mejor. Volverán a preguntarte si viste a Mateo en la finca y por qué corriste detrás de él. Mide bien lo que dices. No quiero problemas.
Yeray se tomó esas palabras más como una amenaza que como un consejo. Soltó una exhalación resignada y volvió a centrarse en su hija cuando habló:
—Está bien, Olivia. Cuando vengan los policías, no quiero que les hables de ningún monstruo. Tú no viste a nadie. Estuviste durmiendo todo el rato hasta que los toques en la puerta te despertaron. No te levantaste para ir al baño, ¿de acuerdo?
Ella asintió con levedad y luego frunció los labios, confusa.
—¿Eso no es mentir?
—Yo no qu-quiero qu-que me metan en la cá-cá-cárcel —comenzó a hablar Airam de forma atropellada. Estaba nervioso, se frotaba las manos sin parar y las respiraciones cortas le dificultaban aún más su locución—. Yo n-n-no he he-hecho nada.
—¡Claro que no has hecho nada!
—¿P-p-pero y si vi-viene el monstruo a p-p-por mí?
—¡Basta ya, Airam! Tu hermano te ha dicho que no hay ningún monstruo —intervino de nuevo Martín.
Airam rompió a llorar y abrazó muy fuerte a su hermano, tanto que estuvo a punto de desestabilizarlo y hacerlo caer hacia atrás.
Yeray le dio unas palmaditas en la espalda y quiso calmarlo:
—Deja que yo me encargue de los agentes. Tú no tienes que decir nada. Hablaré yo. Les diré que era la segunda vez que veía a Mateo en nuestra propiedad y que las dos veces salí a por él. Vete arriba y acuéstate un rato. Te subiré una tila dentro de un momento.
—No qu-qu-quiero estar so-so-solo.
—Lo sé —le dijo mientras le sujetaba la cabeza con ambas manos—. Vamos a hacer una cosa. Vas a coger uno de tus cuentos y quiero que se lo leas a Olivia para que no esté tan asustada, ¿te parece? Así no estarás solo y la ayudarás a calmarse.
Airam asintió repetidas veces de forma automática.
—Papá, yo puedo leérselo si el tío quiere —se ofreció la niña, haciéndose la valiente.
—Me parece una idea estupenda, cariño.
Yeray aguardó a que ambos subieran las escaleras y se dirigió a la cocina para poner un caldero de agua a hervir. Martín lo siguió y se sentó en una de las sillas. Enterró la cabeza en el pecho, y con las manos entrelazadas en la coronilla comenzó a negar nervioso:
—Esto no me gusta. No me gusta ni un pelo.
¿Qué piensas decirles a los picoletos? —Él se dio la vuelta con el rostro arrugado y se encogió de hombros—.
No soy idiota. Es imposible que hayas perseguido a Mateo por las plataneras y que de repente el hombre decida sacar una cuerda y se cuelgue diez minutos después.
Eso fue lo que tardaste en llegar a la lomada, ¿no?
—Sí, puede que menos. No lo sé.
—¿Tú lo viste bien? —Yeray suspiró resignado—. ¿Cuánto tiempo crees que llevaba muerto? Porque yo juraría que más de una hora. Y como no juegues bien tus cartas, van a llevarte al cuartelillo del puerto para tomarte declaración. Tu historia no tiene sentido.
—¿Y qué crees que van a pensar?, ¿que yo lo maté?
—Lo miró con el ceño fruncido y sin dar crédito a lo que escuchaba—.
Se suicidó, padre. Eso es lo único de lo que estoy seguro.
¿Es imposible que estuviera aquí media hora antes correteando entre las plataneras?
¡Claro que no era él! ¡No soy estúpido! Pero, entonces, ¿quién vino a la finca?
, ¿y cómo sabía que Mateo estaba allí arriba?
Es evidente que alguien estaba siguiéndolo, y yo no tengo ni idea de quién es, pero no voy a mentirle a los guardiaciviles.
—Van a llevarte al cuartelillo. —Su padre se levantó y dejó la cocina sin más explicaciones.
Él no supo discernir si estaba preocupado por su situación o le importaba más el qué dirían.
No tuvo que esperar mucho para obtener una respuesta.
La Benemérita lo interrogó de manera amable en el salón y él decidió ceñirse a los hechos.
Un intruso había irrumpido en la propiedad y él lo había seguido hasta el lugar donde había encontrado el cuerpo de Mateo.
No tenía ni idea de quién era el acechador, pero al principio pensó que se trataba del propio Mateo por los rumores existentes en el barrio.
Insistió en que fue el único miembro de la familia que se había despertado por un ruido en la ventana y por eso había visto al intruso, y que desde luego no quiso alertar a su padre, porque era mayor, ni a su hermano, porque tenía síndrome de Down y solía alterarse con esas cosas.
No le preguntaron mucho más, solo si recordaba la hora o alguna característica llamativa de la persona a la que estuvo persiguiendo.
No se lo llevaron al cuartelillo, como había presumido su padre, simplemente lo informaron de que si les surgían preguntas nuevas, lo llamarían para que se personase en el puerto.
Él les dio las buenas noches y los despidió con amabilidad.
Después regresó a la cama, donde su hija había vuelto a dormirse, y le agradeció a su hermano que se quedara sentado en el colchón para vigilarla.
Airam le contestó que era su deber como tío, por si el monstruo regresaba, y Yeray no quiso contradecirlo.