El vuelo del cernícalo Capítulo 2EL INTRUSO #4
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Capítulo 2EL INTRUSO #4

Yeray salió con la linterna encendida, y apenas recorrió dos metros cuando frenó en seco e inspeccionó los árboles más cercanos a la casa.

Dirigió el haz de luz hacia ellos con desconcierto y no dudó en mostrar una mueca de incredulidad.

Estaban serenos, sus ramas no volaban agitadas, y ni siquiera había rastro de hojas o frutos pequeños en el suelo.

El viento se había detenido. Y no lo comprendía.

Hacía escasos minutos lo había visto azotar las palmeras con crueldad y ahora ni escuchaba el silbido del aire.

Volvió la vista al frente con cierta confusión y avanzó más despacio hacia la primera línea de plataneras.

Sin embargo, tres luces en el cielo llamaron su atención.

Al principio, confundió esos pequeños puntos brillantes con estrellas, pero al cabo de un minuto se movieron a gran velocidad y parecieron descender en picado hasta desaparecer en el barranco.

Se quedó de nuevo anclado a la tierra, examinando el cielo como si fuera un completo desconocido, como si esas constelaciones que tanto le gustaba observar cuando era un chaval le fueran ajenas o incluso lo espiaran desde arriba de forma incisiva.

De pronto, un crujido lo obligó a mirar otra vez hacia las plataneras.

Mateo estaba allí.

Apretó la linterna con tanta fuerza que le sudaron las manos. El haz tembloroso barría las hileras de las plantas, pero las sombras parecían tragárselo, volviéndose más densas, más vivas. Se adentró en la finca y lo llamó, sin preocuparle que pudiera abalanzarse sobre él como un poseso.

—Mateo, venga ya. Sal de dondequiera que estés. Tu hija tiene que estar preocupada.

Entonces, oyó unos pasos; lentos, arrastrados y demasiado pesados para tratarse de los de un viejo loco.

Aun así, se giró en seco, convencido de que vería a Mateo husmeando entre las plataneras.

Pero se equivocó. Los pasos corrieron hacia la derecha, hacia la carretera, y no dudó en seguirlos.

La linterna rebotaba en su mano, arrancando destellos fugaces que le parecían imposibles: un hombro que desaparecía entre la niebla baja, una silueta que flotaba más que andaba.

Cada vez que creía acercarse, la figura se apartaba y se deslizaba con una ligereza asombrosa.

Por un instante, pensó que los pies de aquella extraña forma ni siquiera tocaban la tierra.

Jadeante, apretó el paso, convencido de que debía detenerla antes de que cruzara la carretera. Pero, al iluminarla de nuevo, la luz le devolvió un perfil alargado y el destello de unos ojos que se le antojaron inhumanos.

Yeray frenó en seco cuando la vio cruzar el asfalto.

La figura también se detuvo al llegar al otro lado, a apenas unos metros, y lo miró.

Lo hizo con curiosidad y a la vez con fiereza.

Un silencio pesado los envolvió, tan espeso que ni los grillos se atrevieron a cantar.

Yeray parpadeó, y cuando alzó de nuevo la linterna, la carretera estaba vacía.

Se humedeció los labios secos y decidió cruzar al otro lado.

Llegados a ese punto, tenía que localizar a Mateo y devolverlo a casa antes de que se hiciera daño.

Se había adentrado en una zona escarpada con una gran cantidad de riscos.

Ascendió unos metros con esfuerzo y se preguntó cómo un viejo había logrado alcanzar ese lugar en pocos minutos.

Él se encontraba en buena forma. Le gustaba correr todas las mañanas antes del trabajo, y si el tiempo se lo impedía, se ejercitaba en casa antes de la cena, pero era de noche y ese relieve empinado estaba poniendo a prueba sus piernas.

De pronto, oyó de nuevo unas pisadas y quiso llegar hasta ellas antes de que volvieran a esfumarse, así que apuró el ritmo.

Se presentó en una lomada llana con una gran presencia de retamas y algunas sabinas.

Inspeccionó los alrededores con la linterna, hasta que unos zapatos llamaron su atención.

Estaban suspendidos en el aire, y tragó saliva al tiempo que los enfocaba y ascendía con el haz de luz muy despacio.

Allí estaba Mateo: colgado de una maldita sabina y con la lengua por fuera. Una soga gruesa le rodeaba el cuello y lo mantenía atado a una de las ramas.

—¡Me cago en la leche!

Se acercó a él a toda prisa, pero el hombre estaba muerto. Quizá llevaría sin vida algunas horas, y no lo comprendía. Lo había seguido hasta allí en una carrera que casi le había sacado los pulmones por la garganta y le había reventado las arterias del corazón. Y él ya se había suicidado. ¿Cómo?

Tenía que volver a la casa y llamar a la policía.

No obstante, se sentó un instante, apretó los dientes y luego abrió la boca para recuperar el aliento.

Después de unos minutos, en los que perdió la noción del tiempo, escuchó los ladridos de un perro y unos pasos que se dirigían hacia él.

Se puso de pie como impelido por un resorte al identificar la voz de su hermano llamar a Toby, pero antes de impedirle que llegara a la lomada, distinguió el rostro de su hermano asomar la cabeza.

Airam gritó al ver el cuerpo de Mateo. Gritó como un niño pequeño que acaba de descubrir una de las caras más feas de la muerte. Yeray solo pudo abrazarlo mientras él expresaba un dolor que a veces sonaba a miedo. Y ese alarido ensordecedor penetró por sus oídos hasta hacerlo sangrar.

Mateo estaba muerto. Y a juzgar por su rostro, llevaba así algunas horas. Entonces, ¿a quién demonios había estado persiguiendo minutos antes? ¿Y por qué lo había llevado hasta allí?