El vuelo del cernícalo Capítulo 2EL INTRUSO #3
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Capítulo 2EL INTRUSO #3

Lamentaba que su matrimonio no hubiera terminado bien.

Siempre la imaginó teniendo una vida feliz y con los tres hijos que tanto deseaba tener, pues a pesar de que fue su amiga en la infancia y en la adolescencia, nunca la llamó para ver cómo se encontraba, ni siquiera le preguntaba a su madre por ella cuando hablaba por teléfono.

Aunque tampoco Diana se había interesado por él, e imaginó que todavía se sentía traicionada.

Él se había ido sin apenas despedirse y ella viajó a Tenerife poco después para entrar en la facultad de Física.

Aun así, supo más tarde que había cambiado sus planes en segundo curso y se había matriculado en Magisterio.

Nunca averiguó el motivo, puesto que ella quería ser astrofísica y trabajar con grandes telescopios para observar las estrellas.

Y ahora le parecía increíble que su padre se hubiera vuelto loco y recorriera las calles de El Retamal sin que nadie lo hiciera entrar en razón.

En cuanto llegó a casa, descubrió a su hija desayunando en la cocina sola y se disculpó por el repentino arrebato que había tenido.

Había calentado la leche en el microondas y se la bebía sin nada con lo que acompañarla, porque en la casa no había cacao, cruasanes ni mermelada.

Le prometió que esa misma tarde irían al supermercado y comprarían todo lo que quisiera.

Al caer la noche, y después de otra cena silenciosa, los dos se acostaron en la cama y Yeray decidió leerle uno de los cuentos infantiles que Airam mantenía con celo en su dormitorio.

Sin embargo, el pequeño libro narraba una leyenda conocida por todos los canarios: la trágica historia de amor entre Gara y Jonay, y cómo ambos acabaron suicidándose porque nadie aprobaba su unión desde lo alto de un roque del parque nacional de la Gomera.

El paraje natural debía su nombre a los dos amantes: Garajonay.

—Es una historia muy triste —le comentó la niña al terminar.

—Sí, tendría que haber escogido otra lectura más alegre. Mañana miraré mejor. Ahora, duérmete.

Le dio un beso en la frente y, después de arroparla, aguardó a que su hija cerrara los ojos.

Luego cogió el móvil para leer los mensajes que había ignorado durante todo el día.

Lanzó un resoplido sonoro y devolvió el teléfono a la mesita de noche, pues la mayoría de ellos eran de sus amigos, quienes no comprendían por qué había decidido largarse de Madrid y dejar el trabajo.

Había uno de la hermana de Claudia, quien le suplicaba que volviera, que no podía llevarse a la niña así como así, que necesitaba verla.

Entornó los párpados y quiso dormirse enseguida, sin embargo, sus pensamientos no lo dejaban tranquilo.

Puede que todos tuvieran razón y se hubiera equivocado al tomar esa decisión precipitada por un impulso que había sepultado su raciocinio en lo más profundo de su mente.

Pero no podía. No podía vivir más en el piso en el que construyó un hogar y de repente le fue arrebatado de la noche a la mañana por unos locos.

Claudia no estaba. Se había ido. Y no tenía ni idea de hacia qué puerto dirigir su vida ahora.

Lloró durante unos minutos, procurando no alertar a Olivia.

No quería que ella lo viera de esa manera: derrotado, fatigado después de una lucha incansable contra el maldito destino, ese que le había arrebatado a su mujer cuando todavía ella lo necesitaba, cuando todavía él la necesitaba.

No quería nadar en su tristeza, y a pesar de que hacía mucho que había dejado de creer en Dios, rezó para que le aliviara el dolor, para que le diera fuerzas para volver a coger el timón del barco y navegar por la vida.

Ya extenuado, y cuando el escozor de los ojos no lo dejó apreciar el brillo de las estrellas de esa noche sosegada a través de la ventana, se durmió, dejando a medias sus pensamientos.

Lo hizo sin correr las cortinas, y de nuevo permitiendo que la brisa estival penetrara por la diminuta ranura que había dejado abierta a conciencia.

De pronto, un golpe brusco en la ventana hizo que diera un brinco en la cama y se despertara desorientado.

Por un momento, pensó que estaba en su piso de Madrid y que quien dormía a su lado era Claudia.

Pero no era ella. Exhaló un aire que se había quedado estancado en el pasado, se sentó y contempló molesto cómo una de las palmas chocaba con violencia contra el cristal.

Miró fuera y descubrió que la palmera estaba sufriendo los azotes de un vendaval repentino.

No era la única. El resto de las palmeras, junto con los arbustos que rodeaban el vecindario, parecían ser atacadas por un tiempo desapacible e ingrato.

Comprobó la hora y bufó con resignación al advertir que eran las dos y nueve minutos de la madrugada.

Se calzó las zapatillas y descendió las escaleras, dispuesto a examinar el estado de las plataneras y de los mangos de la finca.

Ni siquiera supo por qué tuvo esa primera reacción, puesto que ya le había dejado claro a su padre años atrás que aquel pedazo de tierra le importaba un carajo.

Quizá se sentía obligado ahora que había regresado para cuidar de los ingresos de la familia, o puede que tuviera interiorizado ese impulso de salvaguardar la finca cada vez que arreciaba el tiempo.

Fuera como fuese, no quiso ahondar en el motivo.

No obstante, antes de abrir la puerta trasera, se detuvo al atisbar a Airam en el mismo sitio que la noche anterior, petrificado delante de la ventana de la cocina.

—¿Le has echado un vistazo a los papayos y mangos? —le preguntó, sin querer alterarlo demasiado—. Se ha levantado un viento de mil demonios. Si hay destrozos, deberíamos avisar a padre.

—Toby no qu-qu-quiere salir. Tiene m-m-miedo.

Yeray observó al labrador, que se escondía entre las piernas de su hermano mientras emitía pequeños gemidos. Desconcertado, se acercó a Airam y miró a través del cristal con las cejas alzadas.

—¿Ha vuelto Mateo?

—Mateo no lo asusta.

Observó la rigidez en el rostro de su hermano, pues parecía que todos los músculos de la cara estaban congelados, y luego deslizó la mirada despacio hacia unas de las manos, donde un extraño tic obligaba al pulgar a golpear con insistencia al dedo índice.

Airam estaba asustado, tenso, y quiso calmarlo con sus palabras:

—Hay que hacer algo con ese hombre. No sé si está tomando medicación, pero es evidente que no está bien.

Tendría que ir a un psiquiatra. —Miró de reojo al perro, que parecía temblar de arriba abajo, y de nuevo posó sus ojos inquietos en la ventana.

Si el hombre estaba allí, él lo encontraría—.

Bien, dame la linterna. Voy a buscarlo. No es bueno que esté ahí fuera con este tiempo. Puede pasarle cualquier cosa.

Su hermano lo observó como si hubiera enloquecido, pero luego asintió sin rechistar, cogió la linterna de una de las gavetas y se la entregó.