Capítulo 2EL INTRUSO #2
—Le hacía videollamadas cada vez que el trabajo me lo permitía. Recé todas las noches por ella como me enseñó a hacer y le enviaba audios todos los días. —Trató de defenderse, a sabiendas de que era una lucha que tenía perdida.
—¡Eso no fue suficiente! ¡Y lo sabes! Airam me ayudaba a meterla en la bañera todas las noches, a cepillarle el pelo cuando se le enredaba, a cambiarle los pañales y a limpiarle los vómitos cada vez que la sometían a ese maldito tratamiento.
Yaiza venía todos los fines de semana a quedarse con nosotros y cocinaba para un regimiento, para que a tu madre no le faltara la comida hasta el viernes siguiente.
La acompañaba al huerto y paseaban por la finca, hasta que no tuvo más remedio que empujarla en una silla de ruedas para que cogiera un rayo de sol.
Y lo único que me preguntaba ella por las noches era: «¿Sabes cuándo viene Yeray? ».
Arrepentido, bajó la cabeza y evitó mirarlo a los ojos. Las palabras de su padre seguían afectándolo demasiado, cuando ya pensaba que lo había superado.
—Intenté varias veces coger un pasaje, pero la empresa estaba pasando por momentos complicados y no me dejaban irme y...
—Calló. No había excusas para su comportamiento.
Todos los días pensaba que llegaría el momento adecuado, el más oportuno para coger el avión y visitarla, sin estar rindiéndole cuentas a su jefe, pero ese día nunca llegó. Y entonces su madre murió.
—¡Dos años, con sus noches y sus días! Ese es el tiempo que tuviste para venir mientras ella se deterioraba.
Él amagó una nueva defensa: giró la cabeza y se quedó anclado en mitad del salón sin saber muy bien qué decir.
Tenía un nudo enorme en la garganta, la saliva no lo ayudaba a deshacerse de él y no era capaz de enfrentarlo con otro argumento que lo excusara.
Solo le quedó mirar a su padre con ojos sinceros, y tras presionar los labios con firmeza, intentó disculparse:
—Lo siento —musitó con voz quebrada.
Eso no conmovió a Martín, quien continuaba observándolo como si fuera un extraño, un fantasma que se había instalado en una de las habitaciones de la vivienda para reabrir las viejas heridas del pasado. Y eso lo corroía por dentro.
—No sé lo que haces aquí. No sé qué pretendes viniendo ahora, pero no voy a permitir que contamines esta casa con tus aires de grandeza.
Yeray se mordió el labio inferior con saña y temió hacerse sangre.
—Yo también he perdido a mi mujer.
Quiso acercarse a él, sentir los brazos de su padre estrecharlo con fuerza y confesarle que comprendía por lo que había pasado —porque él también continuaba devastado—, pero que esperaba que la isla, su isla, le devolviera las ganas de vivir. Las había perdido y ya no recordaba dónde.
—Bueno, ahora al menos conocerás el sufrimiento por el que tuvimos que pasar todos —zanjó el viejo.
A continuación, Martín dio un portazo y Yeray se vio condenado a ahogar un primer quejido en el exterior.
Corrió hacia la puerta delantera, la abrió y saltó el único escalón que lo separaba de la vivienda.
Necesitaba respirar. Se ahogaba. Le dolía el pecho, y después de unos segundos de lucha consigo mismo, soltó un grito de frustración que le brotó de las entrañas.
Con el mentón elevado y los brazos en jarra, observó las imponentes montañas que lo rodeaban.
Deberían servirle de abrigo, brindarle la calidez que le había negado Madrid.
No obstante, lo oprimían, lo condenaban a permanecer inmóvil en aquel valle, sin ofrecerle la oportunidad de surcar los barrancos para luego llegar hasta la cima de una de ellas y ser libre.
Entonces decidió correr. No era la marcha que tenía prevista hacer esa mañana, ya que no era parte de su ejercicio diario. Quería desaparecer. Huir.
Bajó por uno de los caminos estrechos del barrio y pronto tuvo que controlar la respiración y también el ritmo de la carrera.
En El Retamal, las calles eran sinuosas y con pendientes pronunciadas.
Algunas de ellas se convertían en caminos de tierra vecinales, aunque existían otras asfaltadas, más acondicionadas para la vida diaria de los lugareños.
Incluso muchos turistas se aventuraban a transitar por ellas porque eran el punto de partida de diversas rutas de senderismo que se adentraban en el parque rural de Valle Gran Rey.
Buscó esa tranquilidad que ahora le faltaba en el paisaje natural y prodigioso que lo rodeaba, repleto de vegetación autóctona y enmarcado entre decenas de palmeras canarias mientras disfrutaba de las vistas panorámicas del extenso valle y el mar.
Ese paraíso recóndito era un canto a la libertad y quiso impregnarse de su energía salvaje, de su firmeza aplastante, pese a que durante mucho tiempo lo consideró una prisión maldita.
Ignoraba cuántos kilómetros había recorrido, aunque no le preocupó demasiado; sus piernas se quejarían más tarde, cuando tuvieran que comenzar el ascenso de regreso a casa.
Entonces distinguió el letrero viejo del bar que solía frecuentar cuando era un chaval y se dirigió a él sin pensárselo demasiado.
En realidad, estaba ubicado en el bajo de una casa, en un salón a medio encalar, pero en el que la dueña había colocado tres mesas con varias sillas de madera de abrir y cerrar.
Nada más entrar, los cuatro hombres que estaban sentados alrededor de la barra a esa hora de la mañana lo escudriñaron con ojos afilados.
Le sorprendió que uno de ellos estuviera bebiendo cerveza a pesar del calor inusual de ese viernes de julio.
Ese día, el sol había querido arrancar su jornada laboral con ímpetu y demasiada generosidad.
Se acercó a la barra y reconoció satisfecho a Dulce, la propietaria, y se alegró de que el pequeño local donde se servían cafés y bocadillos continuara indemne y con los mismos manteles de cuadros rojos adornados con un florero pobre.
—¡Vaya, Yeray! Ya me habían dicho que habías vuelto —la señora secaba las tazas recién fregadas con un paño blanco.
—¿Quién habrá sido? —le dijo mostrando una sonrisa de medio lado.
—Ya sabes que aquí las noticias vuelan. Además, me he enterado de que no estás solo, sino que una linda niña ha venido contigo esta vez —añadió la mujer de rostro afable y mirada comprensiva.
—Sí, mi hija Olivia.
—Toño, el taxista, el hijo de Pepe el Boliche, que en paz descanse, me lo dijo ayer cuando se pasó por el bar.
—Él arqueó las cejas y asintió con levedad.
No le extrañaba que la noticia se hubiera colado en las ciento y pocas casas del barrio.
Tampoco que se hubiera corrido la voz en La Vizcaína y alrededores—. ¿Qué te pongo, mi niño?
—Pues no he desayunado. Así que déjame un barraquito y uno de tus bocadillos de pollo desmenuzado con salsa de aguacate. ¡Cuánto los he echado de menos!
Ella rio agradecida, soltó la taza y se puso a cortar el pan enseguida. Tenía el pelo corto, teñido de un cobrizo que conjugaba a la perfección con sus ojos azules.
—Entre tu vuelta y la desaparición de Mateo, no se habla de otra cosa aquí —le comentó la mujer al tiempo que ponía el bocata en la plancha.
—¿Mateo ha desaparecido? —le preguntó arqueando las cejas.
—Bah, andará por ahí, como siempre —intervino el hombre de la cerveza—. Puede que no me recuerdes. Soy Miguel. Tenía una pequeña venta a la que solías venir con tu madre. Ahora ya estoy jubilado.
—¡Ah, sí! Lo recuerdo. Siempre me regalaba un chupete a escondidas —dijo riendo, agradecido de que esa imagen tan positiva aterrizara en su mente.
—Pues eso, que a Mateo se le ha ido la cabeza y se escapa durante la noche —continuó Miguel—.
A veces lo han encontrado en el mirador y otras durmiendo en las huertas de los vecinos.
Cuando le preguntan qué es lo que ha estado haciendo, te contesta que persiguiendo las luces del cielo o cazando cernícalos.
—A mí me da pena porque es un buen hombre y tiene a su hija amargada —prosiguió Dulce mientras le preparaba el barraquito—. Esa familia no se merece ese sufrimiento continuo.
—¿Diana está aquí? —le preguntó mientras percibía que el corazón le daba un brinco. La mujer asintió con tristeza—. Pensaba que se había casado y estaba viviendo en San Sebastián.
—Se divorció hace unos años y regresó al pueblo para vivir con sus padres. ¡Pobre muchacha! —Yeray fingió concentrarse en el café que le servía—. ¿Piensas quedarte mucho por aquí?
—Todavía no lo tengo claro. —Enmudeció y prefirió escuchar la trivial conversación que mantenían los presentes sobre un par de holandeses que se habían perdido en uno de los senderos semanas atrás.
Cuando terminó el desayuno, emprendió la vuelta a casa, sumido en un profundo desasosiego.
No recordaba haber visto a Diana en el funeral de su madre, aunque esos días de permiso no se interesó por nadie del pueblo.
Había llegado gente de todo Valle Gran Rey, incluso un concejal, ya que su madre era un miembro activo de la asociación vecinal La Mérica; hecho que irritaba a su padre, pues tenía que llevarla hasta la costa para asistir a las reuniones porque ella no conducía.
Sin embargo, su memoria estaba llena de rostros borrosos que le daban el pésame y le estrechaban la mano mientras su corazón navegaba por recuerdos de la infancia con la que fue su madre, Ángela.
Gracias a ella se fue a Madrid. Gracias a ella tuvo la oportunidad de quedarse en la casa de un primo segundo suyo que llevaba viviendo diez años en la ciudad.
Gracias a ella pudo emprender el vuelo y dejar a Diana detrás.