Capítulo 2EL INTRUSO
EL INTRUSO
Se levantó por la mañana con un fuerte dolor de cabeza y se maldijo a sí mismo cuando recordó lo sucedido la noche anterior.
Había un intruso en la finca. Lo había visto brincar de un lado para otro como si fuera un saltamontes, y por mucho que quiso amedrentarlo, al final solo había conseguido un chichón cerca de la oreja derecha y un montón de babas de perro por toda la cara.
Lanzó un resoplido frustrante y se llevó una mano al pequeño bulto, conteniendo una mueca de dolor.
Tras comprobar que Olivia continuaba durmiendo como una princesa de cuento, se puso un chándal y bajó a desayunar antes de iniciar su carrera matutina.
Mientras descendía los escalones, escuchó voces provenientes del salón, y de reojo miró el reloj de su muñeca para asegurarse de la hora.
Eran las ocho de la mañana y no esperaba que su padre tuviera visita tan temprano.
Así que en lugar de dirigirse a la cocina, asomó la cabeza para averiguar quiénes estaban provocando ese escándalo mañanero.
Pronto, distinguió a una mujer de mediana estatura, robusta y de unos cincuenta años, con los brazos en jarra y dando instrucciones a dos desconocidos más.
Tenía un pañuelo rojo atado como si fuera una diadema que le cubría gran parte de su pelo gris, aunque lo que más le llamó la atención fue su voz grave y autoritaria.
Su padre estaba a su lado y asentía a todo lo que ella decía mientras los dos muchachos más jóvenes atendían a sus directrices como buenos alumnos.
En cuanto lo descubrieron fisgando, todos giraron la cabeza para posar sus miradas interrogantes en él. Yeray no tuvo más remedio que saludarlos con la mano y dar un paso al frente mientras estiraba una de las comisuras de sus labios.
—Siento haber interrumpido la charla —se excusó tontamente.
—¡Hola! ¿No te acuerdas de mí? —La mujer se acercó y le dio un emotivo abrazo que lo hizo sentirse incómodo—. ¡Claro! ¿Cómo ibas a acordarte? Soy unos doce o trece años mayor que tú y la edad no perdona. Soy Julia, la hija del mecánico.
—¡Ah, Julia! Perdona... No te había reconocido —se disculpó, de nuevo de manera tonta.
La recordaba. Sí, claro que la recordaba: su melena rubia al viento cuando practicaba el manejo de la bicicleta en las curvas más peligrosas cerca de los barrancos mientras él babeaba admirando su destreza porque era un niño de apenas ocho años, y ella una diosa veinteañera con esos shorts y esas camisetas ajustadas que le marcaban las tiras del sujetador.
Sí, la recordaba bastante bien—. ¿Y qué haces aquí?
—Es mi capataz —le aclaró su padre—. Lleva años trabajando en la finca y enseñando conmigo a las nuevas generaciones.
Yeray observó con interés a las otras dos personas de la estancia.
El primero era un joven desgarbado de unos veintitantos años.
Tenía las manos ásperas de trabajar la tierra y un rostro poco agraciado y taciturno; como para ser el alma de las fiestas los fines de semana.
En cambio, la chica era guapa. No era una belleza exótica con sinuosas curvas ni labios sugerentes, pero tenía un atractivo sutil que despertó su interés.
Rondaría los veinte, y pese a sus rasgos faciales armoniosos, sus ojos avellanados le contaban que dentro habitaba un torbellino, imparable y fresco.
—Hola, soy Idaira —se presentó mostrándole la mano y esperó a que se la estrechara.
Él lo hizo con cierta curiosidad, pues se preguntaba por qué una joven a la que la acompañaba un aire de astucia y rebeldía ayudaba a un viejo en sus labores de agricultor.
—¿Trabajas aquí todo el año? —le preguntó con interés—. ¿Es que no estudias?
—Sí, sí que estudio. Ayudo a Martín desde hace unos tres años durante las vacaciones, días festivos y algún que otro fin de semana.
—Me alegra escuchar eso. No dejes tus estudios. Hay muchos lugares interesantes fuera del Valle, oportunidades que una persona inteligente debería valorar. Estoy seguro de que podrías dedicarte a lo que quisieras.
—Lo sé. Solo estoy aquí para ganarme un dinerito —le respondió resuelta y con gracia—, y porque Martín siempre es muy amable conmigo.
—¿Amable? —Yeray arrugó la frente sin disimular. Su padre podría ser de todo menos amable.
El viejo carraspeó, evidenciando su malestar, y se adelantó dando varias palmadas.
—Ya está bien de cháchara. Tenemos que empezar la jornada. Vamos con retraso y no me gusta. —Seguidamente, se dirigió a él y en un tono menos autoritario le preguntó—: ¿Has visto a tu hermano?
—No, y de eso quería hablarte. Hemos tenido una noche movidita. Puede que siga durmiendo.
Martín torció el morro y negó repetidas veces con la cabeza. A continuación, con un gesto tosco de la mano, mandó a sus jornaleros fuera mientras Julia les indicaba las tareas que debían realizar.
—No sabía que tenías empleados. Esta finca no es muy grande y siempre ha sido el negocio familiar —le dijo al ver que él continuaba con una postura rígida.
—¿Para eso querías hablarme?, ¿para darme tu opinión sobre cómo debo llevar mi casa?
Escúchame, aquí solo quedamos Airam y yo.
Y por si no te has dado cuenta, soy un viejo que pronto cumplirá los setenta.
Tengo que dejarle a tu hermano un futuro decente, del que pueda comer y dormir tranquilo sin pensar en facturas, hipotecas ni en los buitres del banco.
Julia está ayudándonos para que esto no se vaya a la mierda en cuanto empiece a chochear.
Yeray ignoró su discurso dramático, pues no tenía interés en la finca ni en quién la heredaría cuando falleciera.
Nunca se sintió apegado a ella, pese a que Martín lo obligaba a trabajar sin descanso antes y después de regresar del instituto.
Siempre imaginó que ese trozo de tierra sería para su hermano, aunque Airam no estaba capacitado para llevar las cuentas del negocio familiar en el que su abuelo y su padre habían invertido sus vidas.
Ser agricultor en el siglo veintiuno era toda una proeza: si no te comían las facturas, lo hacían los grandes terratenientes con una visión más amplia sobre el futuro de la tierra en las islas.
—¿Airam te ha contado que tenemos un visitante nocturno? —le preguntó con mucha curiosidad.
—Sí, me lo ha dicho —afirmó mientras comenzaba a ponerse los guantes para la faena—. Ya sabes que es algo fantasioso. De pequeño, veía monstruos por todos lados.
—Por si no te has dado cuenta, ya no es tan pequeño —le recordó con retintín.
Martín lo torpedeó con su mirada oscura, pero él no se achantó—.
Yo también lo vi. Anoche. Salí con una linterna y lo vi.
Primero estaba saltando de platanera en platanera de un lado para otro, y luego se escondió detrás de una de ellas.
—Ya. No te preocupes por él. Es el viejo de Mateo —afirmó restándole importancia—. Se le ha ido la cabeza desde que murió su mujer hace dos meses. Viene de vez en cuando a mearse en mi huerto. Dice cosas sin sentido y después se va a dormir la mona a su casa.
—¿Estás seguro de eso?
—¡Claro que lo estoy! —exclamó indignado—. La primera vez que lo vi me acerqué a él con el garrote que tengo detrás de la puerta. Pensaba que era uno de esos vándalos que se dedican a asaltar los aguacateros y mangos de la zona para luego hacer negocios por su cuenta, pero era Mateo.
—¿Y te dijo algo? —Con el rostro ceñudo, indagó en sus ojos nublados.
—Que había visto un cernícalo posarse en una de las palmeras e iba a cogerlo —le respondió, como si eso no le importara en absoluto.
—¿Eso es todo?
—Está como una regadera. El pobre lo lleva como puede.
—Pero ¿le has dicho a Airam que el acechador es Mateo? —insistió, no muy convencido.
—¿A ti qué bicho te ha picado con esta historia? ¡Por supuesto que he hablado con él! Pero tu hermano no atiende a razones y dice que Toby no ladraría si se tratase de Mateo. Siempre que saca de paseo al perro, pasa por su casa y Mateo lo engatusa con una de esas galletitas para chuchos.
—Es verdad, anoche no lo escuché ladrar. —Se pellizcó los labios mientras reflexionaba.
—Exacto. No te dejes llevar por las historias de tu hermano. Parece que no lo conoces.
Yeray soltó una risita resignada al escuchar eso último y se rascó la barbilla para encajar el golpe de su padre.
Puede que los años pasaran y que él no estuviera al día de los asuntos familiares cotidianos, pero las cosas no habían cambiado demasiado y Martín seguía soltándole esas pullas con el veneno que tanto lo irritaban.
El viejo se encaminó hacia la puerta de atrás con ligereza, sin embargo, no pasó por alto la actitud socarrona de su hijo, quien se había apoyado en la pared y tenía una sonrisa de pega en su cara.
—No sé qué has venido a hacer aquí después de tantos años, pero no te metas en mis asuntos —le soltó de pronto—.
No tenías por qué hablarle así a Idaira.
Ella puede largarse de aquí cuando quiera.
Yo no la tengo amarrada a ninguna platanera ni le doy azotes para que trabaje.
Si quiere ganarse un sueldo en esta finca, que se lo gane.
Tú no tienes derecho a juzgarme ni a intentar manejar mi casa a tu antojo.
Lo perdiste cuando saliste por esa puerta.
—Me fui a estudiar —quiso recordarle.
—Y ella te pidió que no regresaras y le hiciste caso.
Yeray se enderezó, molesto. Su padre no le perdonaba que después de finalizar los estudios se fuera a vivir con su novia y que años más tarde le pidiera matrimonio.
—Ella tiene un nombre: Claudia. Y Claudia murió hace unos meses en un accidente. No te vi en el entierro.
—Tu madre también murió y solo viniste para despedirte de ella como si se hubiera ido de crucero.
¡No estuviste aquí! —El viejo apretó los labios con desprecio—.
Ese maldito bicho estaba comiéndosela por dentro, día a día, y no viniste a verla.
Todas las noches suspiraba para que su hijo, su ojito derecho, viniera y la cogiera de la mano. Quería morir en paz.