CAPÍTULO 1EL HIJO PRÓDIGO #3
Cuando entró en la habitación, se alegró de que la niña durmiera, aunque no le había dejado mucho espacio para tumbarse.
Abrió la maleta, colocó algunas prendas en el armario, se puso el pijama de verano y luego se sentó en la cama.
No tenía por costumbre acostarse tan temprano, así que cogió el libro que había estado leyendo en el avión y se tumbó al lado de su hija mientras leía un nuevo capítulo de Muerte en la vicaría , de Agatha Christie.
Se quedó dormido con el libro sobre el pecho, sin arroparse bajo las mantas.
Hacía calor y agradeció poder mantener la ventana un pelín abierta en la isla.
Jamás se le habría ocurrido cometer semejante locura en Madrid, ya que cualquier indeseable podía escalar por el patio interior del edificio y entrar en el piso.
Pero allí, de una manera casi pueril, se sentía seguro, a salvo.
No tenía que pensar en ladrones o asesinos que quisieran hacerles daño, sino en vecinos cotillas y entrometidos.
Ese era el único peligro que corrían: caer en la lengua viperina de las viejas del pueblo.
Se despertó sobresaltado en mitad de la noche, y tras comprobar que la hoja de una palma golpeaba el cristal de la ventana, le echó un vistazo al despertador digital de la mesita de noche.
Eran las dos y nueve de la madrugada, y estiró una de las comisuras de los labios al percatarse de que el viejo al menos había enchufado el aparato.
Se levantó, cerró la ventana y examinó la palmera unos minutos.
Apenas había una brisa ligera en el exterior, por lo que no comprendía cómo la había zarandeado tanto para lograr que una de sus palmas chocara con ella.
Se rascó la coronilla y bajó hasta la cocina.
Le había entrado hambre y recordó esos momentos en los que se introducía por la ventana después de fugarse por la noche para ir con sus amigos.
Nadie lo escuchaba llegar, así que aprovechaba para zamparse un buen pedazo de pan con chorizo.
Por eso lo pillaba su padre: porque notaba que el chorizo de perro disminuía considerablemente los fines de semana.
En cuanto encendió la luz, dio un respingo al encontrarse a su hermano de pie delante de la ventana, mirando absorto hacia fuera.
—¿Qué ocurre? ¿Estás bien? —Se acercó a él y apoyó una mano sobre su hombro izquierdo.
—Ha vuelto.
—¿Quién ha vuelto? —le preguntó mientras husmeaba a través del cristal.
—El hombre ex-extraño.
—¿Qué? —Se frotó los ojos, como si así pudiera escuchar mejor.
—Toby ha sa-salido a por él.
—¿El perro? ¿De qué estás hablando?
—Nos vigila.
Yeray agrandó la mirada y examinó la primera hilera de plataneras que tenía enfrente.
No había nadie allí fuera, nada se movía, y supuso que su hermano había sufrido una pesadilla.
Airam era muy susceptible, y ya de pequeño gritaba cuando algún monstruo se introducía en sus sueños, por eso su madre le había prohibido ver películas de terror, además de algunas de suspense que tuvieran muchas escenas de sangre.
—Ahí fuera no hay nadie. Vuelve a la cama —le aconsejó.
—No. Tengo que esperar a Toby. Lo va a m-m-matar —aseveró, con los ojos fuera de las órbitas.
—Está bien. Dame una linterna. Iré a por él.
Yeray abrió la puerta trasera que conducía a las plataneras y al pequeño huerto, situado a la izquierda de estas, que durante muchos años mimó su madre, y se lamentó de no haberse puesto unos zapatos.
Caminó descalzo los escasos metros que lo separaban de las primeras plantas mientras le silbaba al perro para que volviera.
Se detuvo al llegar a las plataneras y deslizó la linterna de izquierda a derecha a gran velocidad.
—Jodido perro. ¿Dónde demonios te has metido?
De pronto, oyó un ruido entre las hojas de plátano secas que estaban esparcidas por la finca.
Dirigió el haz de luz hacia el lugar, pero no vio nada que le llamase la atención.
Un segundo crujido lo sobresaltó y de nuevo enfocó la linterna hacia la zona de la que provenía.
Entonces, le siguió un tercero y un cuarto, y luego un quinto.
Desconcertado, comenzó a retroceder muy despacio.
Un perro era incapaz de moverse tan rápido de un sitio a otro, sobre todo porque esos estallidos espontáneos parecían producirse en milésimas de segundo.
—Si hay alguien ahí, más le vale salir corriendo. Voy a llamar a la policía.
Tragó saliva mientras esperaba una respuesta, la cual estaba convencido de que no llegaría, aun así prefirió pensar que si de verdad había un hombre allí, lo había disuadido.
Miró hacia atrás y atisbó a su hermano en la ventana.
Permanecía atento a todos sus movimientos, estático, sin mover un músculo de la cara.
De repente, Airam comenzó a sacudir las manos y señalarle el frente.
Yeray volvió a girar la cabeza de inmediato.
Y, entonces, lo vio.
Había alguien detrás de uno de los rolos de las plataneras, quien se atrevió a mirarlo como si él fuera el intruso.
No pudo distinguir si era un hombre o una mujer, solo una silueta alta y poco definida.
Sin embargo, tenía esa extraña sensación de que lo estudiaba, lo analizaba, a pesar de que no llegaba a verle los ojos.
Quiso enfocarlo con la luz para apreciarlo mejor, pero retrocedió un paso y tropezó con una piedra.
Cayó hacia atrás, perdiendo la linterna.
Estiró un brazo para recuperarla, no obstante, antes de poder hacerlo, algo se abalanzó contra él.
Creyó en ese instante que en cualquier momento recibiría un puñetazo, y también percibió cómo los latidos de su corazón regresaban a él justo cuando supuso que no saldría vivo de ese enfrentamiento.
Entonces, recibió unos cuantos lengüetazos en la cara, y más aliviado, comprobó que se trataba de Toby.
El maldito perro estaba sobre él, y lo único que pudo hacer fue acariciarlo mientras un gusto amargo se apropiaba de su boca.
Airam tenía razón. Alguien estaba acechándolos.