CAPÍTULO 1EL HIJO PRÓDIGO #2
Yeray resopló y se llevó una mano a la frente. Así no llegarían a ningún lado. Y estaba exhausto después del viaje en avión hasta Tenerife y luego por haber cogido un ferry hasta Valle Gran Rey porque su padre se había negado a recogerlo en la capital de la isla: San Sebastián de la Gomera.
—Vale. ¿Piensas ayudarnos con las maletas, o quieres que pasemos la noche aquí a la intemperie? —le preguntó en un tono conciliador.
—Por mí, puedes pasarla donde te plazca. —Martín entró en la casa y lanzó el paño sucio en dirección a la cocina—. Ya eres mayorcito y tienes dos manos para valerte por ti mismo. Ahora tengo que terminar de ponerle el aceite a la furgoneta.
—¡Gracias por tu hospitalidad! —exclamó sin haber puesto aún un pie en el único escalón que lo separaba de la casa.
Después se acuclilló frente a Olivia y le acarició una de las mejillas con el pulgar—.
Eh, no te preocupes. No siempre es así. El viejo tiene sus días, como todos, pero te prometo que en los buenos podrás sacarle una sonrisa con uno de tus chistes malos.
—¿Crees que le gustarán?
—¡Oh, sí! Todavía no lo sabe, pero le encantarán.
Yeray subió las dos maletas al segundo piso y aguardó a que su hija llegara arriba.
A continuación, enfiló el pasillo angosto hasta alcanzar su habitación, esa que le había servido de refugio cuando su padre decidió que no era más que un adolescente rebelde y maleducado.
Recordó los gritos, las amenazas y cómo él se sublevaba poniendo la música a todo volumen.
Abrió la puerta y descubrió que su dormitorio estaba tal como lo había dejado veinte años atrás.
Los pósteres desgastados de sus grupos favoritos de rock continuaban decorando las paredes, y esas malditas cortinas beis seguían afeando las vistas desde la ventana, y probablemente tampoco impedirían que la luz mañanera se filtrara a través de ellas.
Frunció los labios, abrió el armario y reconoció algunas de las prendas que permanecían en el perchero.
Sonrió para sus adentros. Estaba convencido de que eso era cosa de su madre, quien nunca quiso tirar nada por si algún día regresaba.
Y lo había hecho. Aunque fuera demasiado tarde para ella.
—Papá, ¿tenemos que dormir en la misma cama?
Yeray se dio media vuelta y cayó en la cuenta de que tampoco su padre se había preocupado por instalar otra cama. La suya no era pequeña. Medía metro y medio de ancho, suficiente para que los dos descansaran, aunque no pudieran dormir a pierna suelta.
—Bueno, será solo por unas cuantas semanas. Nos compraremos dos buenas camas de esas que te dan masajes por la noche hasta que te duermes, y más adelante tendremos nuestra propia casa. —Quiso sacarle una sonrisa; sin embargo, Olivia continuaba cabizbaja.
—Pensaba que iba a tener mi propio dormitorio. ¿No me dijiste que la tía Yaiza vivía en San Sebastián?
—Sí, es verdad. Pero te repito que en cuanto consiga trabajo y reúna algo de dinero, tú y yo vamos a tener una casa para nosotros solos. Vamos a ser la envidia del Valle.
Los labios de Olivia comenzaron a tremar y contuvo un pequeño hipido para evitar llorar.
—Quiero irme a casa. Quiero volver a Madrid.
—No podemos, mi niña. Ya no. —Se sentó en la cama y la cogió de las manos.
—Pero hemos dejado a mamá allí y alguien tiene que ponerle flores y hablarle de vez en cuando para que no se sienta sola.
—Mamá ya no está allí. Está aquí —le aseguró, tocándole el pecho con el dedo índice—. Y puedes hablar con ella siempre que quieras.
Yeray evitó que una lágrima rodara por una de sus mejillas.
Había mantenido el temple desde que dejaron su antiguo piso atrás y se dirigieron al aeropuerto.
Lo había hecho por ella, por su niña, pese a que estaba roto por dentro, pese a que la angustia le había devorado el alma hasta dejarlo mudo.
Ya no sentía ni padecía. El dolor era tan inaguantable que lo había aceptado como si fuera su nuevo compañero de aventuras; un compañero afilado y traicionero, pues no podía fiarse de él. No podía.
Se sorbió la nariz y abrazó a la pequeña para darle un consuelo que él también exigía. Y allí, entre los brazos de su hija y un corazón sin latidos, deseó que su plan funcionara, porque necesitaba sentirse vivo por ella, deseaba seguir adelante por ella. ¡Por Olivia!
De pronto, alguien irrumpió en la estancia de forma brusca y Yeray apenas tuvo tiempo de alzar la mirada para descubrir de quién se trataba. Ambos fueron absorbidos por unas extremidades gigantes que los rodearon y estrecharon hasta el punto de no dejarlos respirar.
—Hola, Yeray. M-m-me alegro mucho de verte. Te he echado m-mucho de m-m-menos.
—Hola, hermanito. Yo también estoy muy feliz de verte, pero ¿podrías dejarnos respirar? Estás escachándonos.
—Perdona.
Se incorporó con rapidez y Yeray pudo apreciar lo alto que era y lo mucho que había crecido.
La última vez que lo había visto había sido en el funeral de su madre, pero en ese viaje relámpago a la isla, que apenas había durado tres días, no había tenido tiempo de hablar con él como se merecía.
Ese gigantón con un globo como barriga y manos tan grandes como un oso lloraba desconsolado y no atendía a consejos.
Se había encerrado en su cuarto y ni su hermana Yaiza, siempre más cariñosa que él, había logrado que se sentara a la mesa para comer con los demás.
—Olivia, este es tu tío Airam. Como te dije, es como un oso amoroso y estoy segurísimo de que a él sí van a gustarle tus chistes.
Yeray se levantó al apreciar la sonrisa inocente de su hermano y lo abrazó de nuevo mientras este aprovechaba para darle varias palmaditas en la espalda.
Recordó el día de la partida y cómo Airam le suplicaba que no se fuera, que no tendría con quién jugar a los indios y vaqueros, ni tampoco a nadie que lo enseñara a nadar cuando fueran a la playa.
En ese momento, estuvo a punto de echarse atrás, de no salir en busca de sus sueños porque no podía dejar a su hermano desamparado.
Yaiza ya se había marchado. Había conseguido trabajo en una peluquería de la capital, mientras que a Airam le esperaba una vida al amparo de sus padres.
Su hermano pequeño tenía síndrome de Down.
Era bastante independiente. Podía vestirse y bañarse solo, incluso había aprendido a cocinar platos no muy difíciles.
Su madre lo había enseñado. Se había esforzado para que Airam fuera un niño autosuficiente, aunque su mala locución y su incapacidad para comprender el valor del dinero impidieron que consiguiera un trabajo bien remunerado.
Por eso su padre lo había adoctrinado en el arte de la agricultura: el negocio familiar.
—¿Dónde estabas? —le preguntó con interés—. Antes, cuando hemos llegado —le aclaró—. Esperaba que al menos tú vendrías a recibirnos.
—Lo s-s-siento. Estaba du-durmiendo. Hoy me he levantado m-m-muy temprano. —Hablaba como si la lengua se le enredara entre los dientes y a veces arrastraba las palabras, sobre todo cuando las frases eran muy largas o estaba demasiado emocionado, como en ese momento.
—Ya. Imagino. —Chasqueó la lengua y evitó pensar en la esclavitud a la que estaba sometido su hermano.
—Ya está la cena. Sabes que a papá le g-g-gusta co-comer sobre las ocho. La he hecho yo. M-m-macarrones con salsa de tomate.
—Sí, te encantan los macarrones. —Apretó los labios, orgulloso de él. Luego miró las maletas y se encogió de hombros—. Vale, ya las desharemos después. Ahora vamos a degustar esa rica comida que nos has preparado.
Durante la cena, apenas intercambiaron unas frases.
Martín Darias continuaba mostrando su semblante severo e inflexible, y pese a que Airam se esforzaba en darle conversación a la pequeña preguntándole cómo era la vida en Madrid, los continuos bufidos del cabeza de familia cortaban el ánimo de todos los presentes.
Así que el sonido de los tenedores al chocar con los platos era la única banda sonora de ese enigmático anochecer que Yeray podía distinguir a través de la ventana de la cocina.
Eso y las respiraciones de Toby, el perro labrador que contaba con más de quince años y que aguardaba ansioso a que alguien le lanzara un macarrón desde la mesa.
—Me voy a ver la tele un rato y luego a dormir. Mañana nos espera otra jornada dura —anunció su padre conforme se levantaba.
—Sí, ahora te-te-te acompaño, papá.
Yeray miró a su hermano, y aunque no quería compadecerse de él, no pudo evitar hacerlo. No era fácil tratar con el viejo, pese a que Airam era el niño de sus ojos; un niño grande que ya tenía treinta y cuatro años y que jamás se oponía a los mandatos de su padre.
—Vete, si quieres descansar. Yo fregaré los platos y recogeré la cocina —le aseguró al tiempo que miraba a su hija de reojo.
Y cogiéndola desprevenida, comenzó a hacerle cosquillas mientras ella, riendo, se defendía de sus dedos—.
Y esta niña preciosa puede irse a la cama ya, porque ha hecho un viaje muy largo y tiene que estar muy cansada.
Después, le dio un beso en la frente, y tras una nalgada cariñosa la mandó a la habitación.
Se levantó, recogió los platos y cubiertos de la mesa y se dirigió al fregadero.
Desde la ventana, observó cómo un cernícalo detenía unos segundos su vuelo; unos segundos donde fijó mejor a su presa y valoró las opciones antes de lanzarse en picado para atrapar a su víctima, probablemente un ratón o un lagarto.
Anochecía, y le extrañó que el pájaro continuara con su caza, ya que eran aves diurnas y casi eran las nueve de la noche, pese a que al sol estaba costándole despedirse de la isla ese día de finales de julio.