El vuelo del cernícalo
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CAPÍTULO 1EL HIJO PRÓDIGO
EL HIJO PRÓDIGO
Entornó los párpados e inspiró hondo para recibir con gratitud una bocanada de brisa marina.
Echaba tanto de menos ese aroma puro, casi virgen, que tuvo que sujetarse con fuerza a la barandilla del ferry para no caer.
Después de ese leve mareo, alzó la mirada para contemplar el espectáculo paisajístico de su tierra añorada, de su hogar durante su infancia y adolescencia.
La naturaleza volcánica de la isla de La Gomera se combinaba con la serenidad de un valle fértil en su bendito pueblo: Valle Gran Rey.
Admiró la profundidad de los barrancos que descendían de forma abrupta hacia el mar, creando una estampa de gran verticalidad y belleza.
Eran unos barrancos moldeados por la erosión a lo largo de millones de años y que constituían un reclamo atractivo para los miles de turistas que visitaban la isla al año y que decidían transitar por sus senderos mágicos para olvidarse de su vida cotidiana.
Sonrió de medio lado al apreciar los enormes brazos abiertos con los que lo recibían los impresionantes acantilados costeros, como si fueran los de un padre que nunca deseó que se marchara y que durante años lamentó su partida.
Carraspeó acongojado, pues quizá ese fuera el único abrazo que lo acogería ahora que había regresado.
Sacudió la cabeza para ahuyentar esos pensamientos dramáticos y se centró en su hija, quien permanecía sentada en el interior y con la mirada ausente mientras custodiaba el equipaje.
Tras un último vistazo a la perfilada costa gomera, regresó y se sentó a su lado.
Besó sus cabellos morenos y lacios, los cuales descendían como un velo suave hasta la mitad de su espalda, y la cogió de la mano.
Faltaban escasos minutos para que el ferry atracase; segundos contados para pisar de nuevo la tierra que una vez decidió abandonar y a la que volvía por necesidad.
A ambos les aguardaba una nueva vida, y él esperaba que fuera más sosegada, más benefactora con ellos, pero sobre todo que les brindara una oportunidad para sanar sus corazones.
Arrastraron las dos maletas por el muelle nada más desembarcar en el Puerto de Vueltas al tiempo que observaban cómo muchos de los pasajeros se alejaban del barco en sus propios vehículos y cómo otros eran recibidos por sus familiares entre risas espontáneas y lágrimas de felicidad.
Sin embargo, ellos se quedaron anclados en el asfalto después de alcanzar el paseo marítimo.
Solos. Bajo el abrigo de los acantilados descomunales y el sonido hipnótico de las olas al besar la arena negra de la playa.
—¿No me dijiste que el abuelo nos recogería? —le preguntó la pequeña, con sus enormes ojos verdes observándolo.
—Se ha olvidado, el muy ca... —Cerró la boca antes de llegar a pronunciar la palabrota delante de su hija y, en su lugar, la obsequió con una mueca forzada—. No pasa nada. Cogeremos un taxi.
No tuvo tiempo de sacar el móvil, pues un vehículo blanco se detuvo frente a ellos con una calma propia de la isla. El conductor del taxi bajó la ventanilla del copiloto y con una sonrisa de oreja a oreja lo saludó:
—¡Yeray Darias! ¡Dichosos los ojos que te ven! ¿Has venido a pasar las vacaciones de verano con tu viejo?
Desconcertado, arrugó el entrecejo, se quitó las gafas de sol y miró hacia el interior del taxi para apreciar mejor a su interlocutor.
Se fijó en su nariz aguileña y en esa boca pequeña y resultona que le era familiar, sin embargo, era incapaz de ponerle nombre a esa cara tan particular.
Fingió conocerlo y estiró una de las comisuras de los labios con picardía.
—¡Hola! ¿Qué tal estás? Martín me dijo que vendría a buscarnos, pero es evidente que le ha surgido algún problema.
—Sube. Yo te llevo, y te prometo que no te cobraré ni un duro. ¿Quién es la pequeña? ¿Tu hija? No se parece en nada a ti. Es muy guapa.
—Sí, es Olivia —le respondió a la vez que le abría la puerta a la niña.
Luego introdujo el equipaje en el maletero—.
Afortunadamente, toda la belleza y el buen humor los heredó de su madre.
Y no te preocupes por el dinero. Son unos cuantos kilómetros hasta El Retamal y tu tiempo es tu tiempo. Te pagaré igual.
Mientras el hombre le contaba la historia sobre cómo decidió arriesgarse a comprar un vehículo más amplio para iniciar su trabajo de autónomo y convertirse en taxista, Yeray observaba sobrecogido cómo la distancia hasta la que fue su casa se acortaba considerablemente.
Preocupado, se revolvió en el asiento y arrugó la nariz.
Quizá nunca debió aventurarse a vender el piso de Madrid, dejar el trabajo y tomar la decisión más difícil de su vida: regresar a su pueblo.
Volvió a inspirar profundo, aunque esta vez el aire no le pareció tan puro pese a que las palmeras icónicas que salpicaban todo el valle le inspiraban coraje y ciertas ganas de libertad.
Lanzó su mirada nostálgica hacia las diferentes laderas del terreno, las cuales parecían haber sido cinceladas por un dios escultor, ya que se habían transformado en hermosas terrazas de cultivo.
Estas no eran más que una adaptación humana a la superficie abrupta y a la vez agraciada del pueblo, donde se cultivaban plátanos, aguacates y otras frutas tropicales.
Juntas constituían un paisaje escalonado de gran belleza, como si se tratara de los mismísimos peldaños hacia el paraíso.
Yeray distinguió las primeras casas de El Retamal y aguantó la respiración hasta que los músculos de la cara lo obligaron a mostrar una mueca dolorosa.
Estaba allí y ya no había vuelta atrás. A pocos metros se encontraba la casa de su niñez, el hogar que tantas veces lo vio reír y, otras tantas, llorar.
Se despidió del taxista y no le quedó más remedio que asentir después de que este se empecinara en quedar en el bar para tomarse una cerveza.
Luego, caminó junto a su hija los metros que lo separaban de la fachada blanca e impoluta que siempre fue su casa.
Su padre nunca desatendía esas pequeñas cosas como arreglar un grifo que goteaba, cambiar la bombilla porque se había fundido o pasar largas jornadas durante el verano dándole manos de pintura a la construcción.
Trabajaba de sol a sol, sin importarle que después de tantas horas sumergido entre plataneras llegara a casa y continuara con las labores que él denominaba propias de un hombre.
Tocó a la puerta, se separó de ella como si la madera le hubiera escocido y aguardó con las manos en los bolsillos a que alguien le abriera.
Intentaba demostrar ante su hija una serenidad que se le había quebrado nada más descender del barco y comprobar que nadie los esperaba.
Tampoco le había sorprendido. Su relación con su padre siempre había sido complicada y poco afectuosa, pero habría deseado que al menos el viejo se hubiera preocupado por su nieta, a la que no veía desde que había cumplido los dos años.
Escuchó los pasos lentos pero firmes de su padre acercarse a la puerta y supo que se había detenido unos segundos eternos antes de abrir.
Eso lo crispó aún más, pues no comprendía la actitud suspicaz del hombre que una vez lo alentó a vivir sus sueños.
Claro que él no esperaba que sus sueños se encontraran en Madrid, y eso abrió una brecha insalvable entre ambos.
—¡Hola, padre! —lo saludó al ver que asomaba el hocico con demasiado recelo—. Hemos estado esperándote en el puerto.
—¿Era hoy cuando venías?
El hombre se limpiaba las manos en un paño grasiento y Yeray dedujo que había estado revisando el motor de la vieja furgoneta.
—Sí, creo que te lo dejé bien claro por teléfono anteayer —le recalcó.
Martín Darias se pasó la lengua por su dentadura torcida y la posó en las muelas traseras.
No era muy alto ni tampoco robusto, pese a que desprendía una especie de aura intimidante que repelía a todos los vendedores que osaban tocar el timbre.
Su espesa cabellera blanca, junto con sus ojos hundidos, dulcificaba sus facciones toscas y angulosas, aunque eso no engañaba a Yeray.
Las arrugas de su rostro le confirmaban que ni siquiera el paso de los años había ablandado su corazón.
—¿No vas a saludar a tu nieta?
El viejo carraspeó al tiempo que observaba a una persona pequeñita sonreírle con una inocencia que se le antojó simulada.
Vestía con unos vaqueros anchos y una camiseta de tirantes demasiado estrecha para su gusto.
Se fijó en las bailarinas azules e impolutas que calzaba y arrugó el rostro, malhumorado.
—¿Cuántos años tienes?
—Nueve —le respondió la niña con gracia.
—Bien, pues ya tienes que saber que esos zapatitos de muñeca no van a servirte aquí. Trabajamos en las plataneras y tenemos también unos cuantos papayos y mangos. Es mejor que te compres unos tenis. Creo que son más adecuados para ti.
La niña miró de forma interrogante a su padre.
—Se refiere a unas zapatillas de deporte. En Canarias las llaman tenis, aunque en la isla de Gran Canaria se las conoce como playeras.
—¿De verdad tienes que explicarle eso? —le preguntó el viejo, regañón.
—No te preocupes, abuelo. En poco tiempo me pondré al día con todo el vocabulario canario, sobre todo porque después del verano empezaré el curso aquí, en mi nuevo colegio —le aseguró con un acento peninsular muy marcado.
Martín torpedeó a su hijo con sus ojos marrones y carraspeó molesto antes de espetar:
—¿Mi nieta habla como una goda pija?
—No es una pija —la defendió Yeray—. Además, ha crecido en Madrid. Su madre era madrileña, así que es normal que tenga ese acento porque... es su acento.
—Pues no me gusta. Y tampoco me gusta que se te haya pegado ese soniquete. Tú eres gomero.
—No se me ha pegado nada.
—Sí que se te ha pegado. Lo que pasa es que no te das cuenta, pero hablas marcando las eses, y no me gusta —le recalcó molesto.