El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) El portal #5
99%

El portal #5

Roy, ajeno a la conversación, mira el claro, ese en el que Carolina le había dicho que le esperaría, donde se supone que había una cabaña de madera.

Empieza a ponerse muy nervioso, imaginando que aparecerá en cualquier momento de entre la vegetación, con su largo pelo negro y esos increíbles ojos.

¿Cómo sería verse allí? ¿Qué pensaría ella al verle?

¿Se decepcionaría? ¿Se daría cuenta de su cuerpo delgaducho y su pelo encrespado?

¿Le repugnaría ver su extensa cicatriz a la luz del día?

Pero pasan los minutos y allí no aparece nadie.

Roy empieza a inquietarse al darse cuenta de que tampoco consigue ver ninguna cabaña.

¿Se habrían equivocado de portal? ¿Era posible que hubiera más de uno, más de una cascada?

Guille pasa a su lado braceando hacia la orilla que Roy escudriña.

—¡Ha sido alucinante! —exclama sin detenerse.

Fran pasa detrás de Guille y, finalmente, Marta, que se detiene al lado de Roy.

—¿Estás bien? —le pregunta.

Roy sale de su aturdimiento, asiente, mira a Marta y le sonríe.

—¿Una carrera? —le dice mientras se lanza de cabeza y empieza a nadar a toda velocidad.

Marta se lanza detrás riendo. Los dos nadan muy rápido y pronto alcanzan a Fran y luego a Guille, que se quejan por las salpicaduras.

Roy llega a la orilla unos segundos antes que Marta, corre el último tramo y se deja caer de espaldas en la tierra.

Marta se tira a su lado, golpeándole el hombro con el puño.

—¡Au!

—¡Has hecho trampa! —se queja.

—¡Qué mal perder!

Fran y Guille llegan y se tumban también sobre el suelo de arena.

Más alejados de la cascada, pueden escuchar los sonidos que vienen del bosque: cantos de pájaros lejanos, el zumbido de los insectos, el crujir de alguna rama…

El cielo sobre sus cabezas es el más limpio y azul que han visto en años; todo parece salvaje y puro en aquel lugar.

Roy se sienta y retoma el hilo de sus pensamientos. Empieza a mirar a su alrededor con preocupación. Los demás se sientan también y le observan.

—¿Qué pasa? —pregunta Guille al notar su desazón.

—Aquí debería haber una cabaña —explica Roy, mientras se pone en pie.

Sus amigos le imitan y empiezan a mirar alrededor también.

Entonces Roy se fija en lo que parece un montón de escombros junto a la linde del bosque.

Echa a andar hacia allí y conforme se acerca un oscuro presentimiento empieza a apoderarse de él.

Sus amigos también ven lo que parece un amasijo de maderas y objetos rotos y siguen a Roy.

Se detienen al pie de lo que, con total certeza, son los restos de una construcción de madera destrozada.

Algo pesado parece haberla aplastado, partiendo y astillando los tablones de madera que conformarían las paredes y la cubierta.

Bajo las maderas rotas se adivinan el mobiliario y los objetos que había en su interior, ahora desparramados y rotos por todos lados.

Roy recuerda la escalofriante imagen del águila cuando se encontró con Carolina en su antiguo poblado y el sonido desgarrador de su graznido cuando Laobán los descubrió en la aldea.

Un pensamiento terrible se apodera de él.

¿Y si había llegado tarde? ¿Y si Carolina yacía aplastada bajo aquellos escombros?

Con una urgencia asfixiante empieza a levantar tablones como loco, lanzándolos a su espalda.

Sus amigos le imitan, comprendiendo el temor que le atenaza.

Desentierran un par de colchones, los restos de una silla y una mesa y lo que parecen trozos de barro de algún recipiente.

—No está, Roy —asegura Guille.

—Sí, tranquilo, debió escapar a tiempo —confirma Marta.

Fran se agacha y recoge varios folios del suelo. Había por todas partes, algunos tenían dibujos, otros estaban escritos. Lee uno en voz baja:

«De los frondosos bosques a las altas montañas, veo la inmensidad del mundo que me rodea y me siento pequeña, siempre tan pequeña.

Imagino lugares que nunca visitaré. Veo el vuelo del jilguero y vuelvo a envidiar su libertad.

Y mientras, yo sigo aquí, siempre aquí, atrapada en esta cárcel sin barrotes.

Y me pregunto si no hay algo más, ahí fuera, esperando para mí.

Quizá alguien que me haga sentir cosas nuevas, que despierte en mí cosas que aún no sé que me habitan.

Quizá algún día pueda volar yo también, lejos, muy lejos de aquí. Vero.»

«Precioso… », piensa mientras lo dobla y se lo guarda en un bolsillo.

Deja el resto de los folios amontonados y les pone una piedra encima para que no se los lleve el viento.

Al agacharse ve una especie de cuaderno, lo ojea, está en blanco.

Junto a él desparramados varios carboncillos y unos lápices, los recoge y también se los guarda en el bolsillo.

Se levanta con la libreta en la mano. Si tiene algo donde poder dibujar podrá soportar cualquier cosa.

—¿Una araña? —pregunta Marta.

Roy se gira deprisa, los demás lo hacen más despacio.

—Tranquilo Roy, es un dibujo, pero es raro…

Marta señala un tablón de madera con una araña dibujada con carbón. Se agacha para verla mejor y pasa un dedo por encima que se lleva la mitad del dibujo.

—No lleva mucho tiempo dibujada, es carbón.

Marta coge el tablón y observa lo que queda de dibujo. Después le da la vuelta y lo escudriña, segura de que aquello quería decir algo. Los demás llegan a su lado y miran el tablón también.

—¡Mira, Roy! —dice Fran de pronto, señalando el suelo.

En el lugar donde antes estaba el tablón había un folio doblado sujetado por un canto redondeado. Roy se agacha y lo coge. Lo desdobla y lee en voz alta:

«Roy, hemos tenido que huir. El águila acecha en la aldea.

Atravesaremos el bosque hasta el antiguo poblado, te esperaré allí si decides ir.

Debes caminar siempre hacia el este, el sol puede guiarte, y no detenerte más de lo imprescindible, el bosque está plagado de peligros desconocidos.

Tuve que tirar tu flor al río, Ella puede encontrarnos en los sueños.

Espero volver a verte algún día y, si no lo hago, quiero que sepas que nunca te olvidaré.

Conseguiste sacarnos de la aldea y por ello te estaré siempre agradecida, pase lo pase. Carolina.»

Roy baja la hoja de papel visiblemente emocionado.

Mira hacia el bosque, a escasos metros de donde están.

La vegetación es tan densa que a duras penas deja pasar la luz del sol.

Después mira a sus amigos preguntándose qué pensarán de lo que acaba de leer.

Vuelve a mirar la hoja, respira hondo y, decidido, empieza a andar camino del bosque.

—Espera, Roy —le detiene Guille, cogiéndole del hombro.

—No tenéis por qué acompañarme…

—Calla, ya sabes que lo haremos —le interrumpe Guille.

—Claro, hemos empezado esto juntos y lo acabaremos juntos —confirma Marta con decisión.

—Tampoco tenemos donde ir —apunta Fran, y los cuatro ríen.

—Pero hagamos las cosas bien —continúa Guille—. ¿Sabemos la distancia hasta ese pueblo?

Roy reflexiona unos segundos antes de contestar.

—A ver, no sabría decirte, quizá diez kilómetros, tal vez más…

—¿Cómo lo sabes? —pregunta Marta intrigada.

—Vi un mapa.

—¡Un mapa! —exclama Guille—. Eso nos sería de gran utilidad… ¿Dónde está ese mapa?

—Había un libro. Estaba en la casa del jefe de la aldea. Lo sujeté con fuerza antes de despertar, pero no logré que viniera conmigo… —explica Roy, que aún no había contado nada del último sueño a sus amigos.

—Entonces seguirá en la casa de ese jefe —piensa Guille en voz alta.

—O en el salón de reuniones, allí lo consultamos.

—¿Esa aldea está cerca? —quiere saber Marta.

—Sí, siguiendo el curso del río hacia abajo, pero el águila está allí, aquí lo dice —Roy levanta la nota de Carolina.

—¿Un águila? ¿Eso es todo? —pregunta Guille escéptico.

—¡No, idiota! —le reprende Marta dándole una colleja—. El águila gigantesca de la que nos habló…

—Vale, vale, tranquila…

—Bueno, por las dudas, no es un águila normal. Es un pájaro gigante, de unos seis metros, con un pico… —Roy abre los brazos indicando el tamaño—, así. Y unas garras afiladas… Si hubierais vistos la marca que había en una pared de piedra lo entenderíais.

Los tres amigos se quedan mirando las manos de Roy, tratando de imaginar las proporciones de ese supuesto monstruo alado.

—Entonces no deberíamos ir a la aldea —claudica Fran.

—¿Y qué hacemos? —pregunta Marta— ¿Adentrarnos en un bosque con no sé qué peligros así…?

Marta abre los brazos con las palmas hacia arriba.

—Sin comida ni agua —añade Guille, mientras Marta asiente con la cabeza—. Sin nada para defendernos.

—Pero si es como Roy dice, no podemos enfrentarnos a él —claudica Fran derrotado.

Los cuatro amigos se miran agotados, sin saber qué decisión tomar. La falta de sueño y el peso por el estrés vivido hacen mella en su capacidad para decidir.

Finalmente, Guille se levanta y con una amplia sonrisa empieza a hablar.

—Propongo algo. ¿Os habéis fijado en esos colchones de ahí? ¿Y si los sacamos de debajo de los escombros y los llevamos a un lugar menos a la vista?

—¿Cómo que «menos a la vista»? —Marta señala alrededor con los brazos, escéptica.

—Los moveremos junto a la linde del bosque, bajo las ramas de esos sauces.

—Guille se vuelve y señala las largas ramas curvas de un grupo de sauces llorones que invaden el claro junto a la cabaña—.

Ahí no estaremos tan a la vista, pero tampoco dentro del bosque.

Si el bicho aparece nos dará tiempo a huir.

Nos echamos, recuperamos sueño y al despertar decidimos.