El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) El portal #6
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El portal #6

Una sonrisa resplandeciente empieza a aparecer en los rostros de Marta, Fran y Roy. La idea de poder descansar les colma de dicha. Tomando por un «sí» sus expresiones, Guille se vuelve y empieza a caminar hacia los restos de la cabaña.

—Es un tío listo —apunta Marta mientras se levanta y echa a andar detrás.

—Guapo y listo —añade Fran negando con la cabeza, sintiendo ese regusto de amarga envidia que a veces le genera, y camina detrás de Marta.

Roy se queda donde está, observando a sus amigos: el guaperas de Guille, todo carisma y confianza; el buenazo de Fran, la persona con menos trasfondo que nunca haya conocido; y la terremoto de Marta, que oculta bajo su coraza de fuerza sus miedos e inseguridades.

Aún no podía creer que de verdad estuvieran allí, acompañándolo en este viaje imposible.

Sus grandes amigos, su única familia. Roy siente que con ellos a su lado puede lograr cualquier cosa, como hacer que pesadas losas de diez centímetros de grosor se levanten como papel mojado.

Mira sus manos, recordando las sensaciones que invadieron su cuerpo al tocar la barra de hierro.

Una corriente lo atravesó, recorriendo despacio todo su cuerpo, circulando como una ola en expansión, viajando desde la palma de sus manos hasta llegar a su coronilla.

Era cálida y cosquilleante al mismo tiempo y lo envolvió de una calma tan placentera, que anestesió su recorrido por la gruta subterránea, alejando de su cuerpo cualquier atisbo de miedo o dolor.

Al impactar sobre el agua del río desapareció, pero el eco de las sensaciones vividas todavía perduraba y a ratos recordaba ese hormigueo delicioso en algún músculo, en alguna articulación…

y empezaba a nacer en él el deseo de volver a sentirlo, de descubrir hasta dónde podía llegar.

«Solo quiero ayudarte a que liberes todo tu potencial» había dicho Ella.

¿A qué se refería? ¿Había dentro de él alguna magia desconocida?

Carolina le había dicho que no debía viajar a Ikigai porque aquí Ella tenía más poder y podría destruirlo, pero entonces, ¿por qué había intentado impedírselo?

A la mente de Roy se asoma ahora el recuerdo de su abuela.

Se había llevado tantos secretos…  Mira al cielo.

«Ay, abuela —murmura— eras cabezota, pero yo más».

Sonríe al imaginarla con un mohín, maldiciendo al verlo allí.

«Tu colibrí me trajo, cúlpale a él», le contesta mentalmente.

«Ese pajarraco supo bien a quién entregar mi flor…

», piensa Roy de pronto, recordando a Carolina.

Roy mira al bosque preguntándose donde estará.

La imagina perdiendo la paciencia ante cualquier imprevisto; los animalillos del bosque huirían despavoridos al descubrir tan inesperado humor, en una figura con esa aparente fragilidad.

Carolina, la chica de los ojos de un azul imposible…

Roy anhela impaciente el momento de reencontrarse con ella.

Ya faltaba menos, pero Guille tenía razón.

No se había dado cuenta hasta ahora de cuánto necesitaba descansar.

Y en ese momento es consciente de que, por primera vez desde la muerte de su abuela, podría dormir sin temer despertar en un mundo mágico y desconocido, porque ya se encontraba en él.

Bajo la semioscuridad de las ramas del sauce, los cuatro amigos no tardan en dormirse, mecidos por una cálida brisa primaveral, sin saber que a menos de diez metros de donde están, en la espesura del bosque, cuatro amigas marchan con paso decidido, armadas de valor y confianza, en dirección al pueblo en el que han nacido, pero no son capaces de recordar.

Algo más lejos, un niño vaga perdido y asustado, rezando por encontrar a sus padres y a su hermana, y aún más lejos, una mujer con el corazón roto viaja al mismo pueblo, en busca de explicaciones, con un valor que nunca en su vida la había acompañado.

Mientras tanto, en algún punto entre el niño y la mujer, en un pequeño claro del bosque, un hombre con una palabra tatuada lucha contra el irrefrenable deseo de zambullirse en una laguna de oscuras aguas, que parece llamarlo con una magia que no es capaz de resistir.

Y hacia el norte, acampados en la ladera de la montaña, unos padres esperan nerviosos ver aparecer a sus hijas en cualquier momento, preguntándose por qué tardan tanto.

Los habitantes habituales del bosque se remueven nerviosos ante tanta visita inesperada: gruñendo, graznando, piando escandalosamente, hasta que un sonido fuerte y ensordecedor, los hace callar a todos y huir en busca de un lugar donde esconderse.

Es el graznido de un águila llamando a filas a sus soldados.

Desde la oscuridad del bosque, dos sombras oscuras de enormes dimensiones acuden a su llamada, rompiendo ramas y destrozando arbustos a su paso, gruñendo, mostrando sus afiladas garras y sus puntiagudos colmillos, olfateando el aire en busca del rastro de un joven de ojos negros como aceitunas y pelo encrespado de jabalí.

La paz ha terminado, la tregua ha llegado abruptamente a su fin, y tiempos oscuros se ciernen de nuevo sobre Ikigai, el País de los Sueños.

Continuará…