El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) El portal #4
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El portal #4

Roy, recuperado del susto, baja un par de escalones más, poniéndose de rodillas.

Esa es la última barra, la escalera acaba allí.

A su alrededor, las aguas siguen en su posición original; solo el ancho de la torre los mantiene a salvo.

Las paredes de la torre han dado paso a la nave de la ermita.

Todo cuánto les rodea es agua turbia, que no deja apreciar nada, salvo ramas de árboles arrastradas hasta allí por la corriente y algún pez que nada lejos, ajeno a sus cuatro visitantes inesperados.

—¿Veis algo? —pregunta Roy, que se mantiene cara a la pared, aferrado a la barra para no soltarla de nuevo.

—No —contesta Guille.

Mira arriba, al final de la elevada torre, donde estaban hacía solo unos segundos. Después mira abajo, sus piernas están cubiertas hasta las rodillas. Mueve los pies, dando golpes con ellos en el suelo.

—Tiene que ser aquí, Guille, no hay otro sitio —apunta Marta, señalando el suelo con la cabeza.

Se pone de rodillas y empieza a tocar el fondo con las manos, palpando, tratando de encontrar algo. Fran y Guille la imitan; los tres revisan el suelo, removiendo y enturbiando el agua sin ver nada. Roy mira arriba, preocupado: el rugido del motor se escucha cada vez más cerca.

—¡Aquí! —grita Fran, de pronto—. Hay algo, mirad.

Guille y Marta llevan sus manos donde les indica Fran. En el suelo de piedra notan un pequeño agujero redondeado.

—Es solo un agujero —se queja Guille con fastidio, apartando las manos.

Derrotado, se sienta sobre sus talones.

—No sé, Guille —dice Marta, que continúa tocando el orificio con los dedos—, es demasiado perfecto.

—¡Mira! —exclama Fran.

Coge la mano de Marta y la pone en otro punto en el suelo, a unos treinta centímetros de donde la tenía antes. Marta palpa donde Fran le ha indicado.

—Es otro agujero igual —anuncia Marta, mientras Fran asiente—, parece algo.

Guille vuelve a meter sus manos en el agua y palpa dónde le indica Marta.

—Tenéis razón, es como si estuvieran ahí para introducir algo…

—¡Mirad, chicos! —exclama Fran.

Guille y Marta sacan sus manos del agua. Fran señala dónde está Roy.

—Esas barras encajarían a la perfección en estos agujeros.

Los tres se levantan y se acercan a Roy. Observan las barras que hacen las veces de escalones mientras Roy, impaciente, espera un veredicto.

—Sí, no hay duda —concluye Guille—, una barra como esta encajaría a la perfección en esos agujeros.

Marta se tira al suelo de rodillas y empieza a buscar con las manos por toda la superficie del suelo, Guille y Fran la imitan. En unos minutos ya han repasado cada centímetro varias veces, sin éxito. En ese momento, Roy recuerda algo.

—Chicos, hay una barra medio suelta ahí arriba.

Fran, Guille y Marta se levantan deprisa.

—¿Dónde? —pregunta Marta.

—Pues no sé, como unos tres metros por arriba…

Roy va a soltar la barra para empezar a subir cuando Marta le coge la mano con fuerza impidiéndoselo.

—Ni se te ocurra —le dice muy seria—. Yo voy.

Y sin más, pone su pie entre las manos de Roy y, agarrándose a las barras de arriba, empieza a subir, tirando con fuerza de cada escalón, para comprobar si está suelto.

Por fin, tal como le ha dicho Roy, unos tres metros por encima de las cabezas de sus amigos, una barra cede, desprendiéndose de la pared.

Marta la sujeta con fuerza, mostrándola como un trofeo, mientras lanza un triunfal «¡yuju!

», inesperadamente seguido de un silencio absoluto.

El motor de la zodiac se ha detenido: la embarcación ha llegado a su destino.

Los cuatro amigos se miran alarmados, es ahora o nunca.

—¡Cuidado! —grita Marta, mientras deja caer la barra de hierro.

Fran y Guille dan un salto atrás para no recibir un severo golpe.

Guille se golpea contra la pared de la ermita.

Fran siente un golpe seco, provocado por la pared de agua que rodea su espacio seguro.

Se separa despacio, asustado, preguntándose qué habría pasado de haber caído dentro, en la zona abnegada.

Ambos se recomponen deprisa y se tiran de rodillas al suelo buscando la barra, mientras Marta baja a toda prisa.

Roy no quita la vista de la segunda hilera de ventanas de la torre, esa que queda unos diez metros por encima de sus cabezas, a ras de la superficie del agua del embalse, allí donde ellos mismos flotaban hacía escasos minutos.

Un reflejo dorado le confirma sus temores: es el sol haciendo brillar una larga melena rubia. Sus miradas se cruzan.

—¡Roy! —grita Annabelle.

Las paredes de la torre hacen eco y se escucha su voz, siniestramente cerca, a pesar de la distancia.

Marta, Guille y Fran miran arriba y la ven. Fran saca la barra del agua y se queda con ella en la mano, paralizado. Guille le da un codazo y le apremia. Entre los tres se afanan en introducir la barra en los agujeros, ignorando a su perseguidora.

—No quiero hacerte daño —continúa Annabelle—. Solo quiero que hablemos.

—¿Quién eres? —grita Roy—. ¿Qué quieres de mí?

—Roy, a estas alturas ya te habrás dado cuenta de que eres especial… Solo quiero ayudarte.

—¿Ayudarme a qué?

—A que liberes todo tu potencial. Roy, puedo ser tu guía. Juntos podríamos hacer grandes cosas, ni te imaginas lo…

—¿Qué hay de mis padres? ¿Qué sabes de ellos? —le interrumpe Roy, seguro de que sus palabras ocultan oscuras intenciones.

Ella se calla y Roy puede ver en su rostro la misma transformación que contempló el día que fue a su piso, cuando Roy le dijo que tenía intenciones de encontrar el pueblo de su abuela y visitarlo. El gesto encantador da paso en medio segundo a un rostro de fiera mirada que hiela la sangre.

—Ya está.

Oye murmurar a Fran a su espalda. Ella no deja de mirarlo con una inexplicable ira creciente.

—Chicos, ¡tirad! —apremia Guille.

Roy escucha los gemidos de esfuerzo de sus tres amigos, sin apartar la vista de Ella.

—No podemos, es imposible —escucha la exhausta voz de Marta.

—Tiene que ser él —concluye Guille. Y los cuatro comprenden que solo Roy podría abrir el portal.

—Ni se te ocurra «le amenaza Ella, adivinando sus intenciones.

—¿Por qué? —se aventura a preguntar Roy.

Sin esperar una respuesta, Roy suelta la barra y salta, justo a tiempo para ver por el rabillo del ojo el brazo de Ella levantado, dirigiendo con furia su palma hacia él, mientras un bramido de rabia rebota por las paredes de la torre en un eco ensordecedor.

Una avalancha de agua cubre en segundos la zona de la torre donde están, recuperando su lugar a una velocidad de vértigo. Roy recibe dos impactos que le dejan mareado y confuso, el del agua que sube y el de una onda invisible que baja con fuerza desde la mano de Ella.

El agua ha amortiguado el golpe que Ella le ha dirigido y, al mismo tiempo, Ella ha evitado, sin proponérselo, que el agua le arrastre hacia la superficie.

Dos brazos le agarran y zarandean con fuerza.

Roy abre los ojos, el agua turbia le causa escozor, pero puede distinguir las manos de Fran y Marta agarrándole.

Los tres se han aferrado con fuerza a la barra de hierro del suelo para no ser arrastrados por la corriente.

Roy dirige sus manos a la barra; con solo rozarla se ilumina, con más fuerza de lo que lo habían hecho las barras de la escalera.

Entonces tira con todas sus fuerzas y una enorme piedra de diez centímetros de grosor, que cubre el suelo bajo la torre, se levanta como una hoja de papel.

De pronto, como si hubieran quitado el tapón de una gigantesca bañera, las aguas son engullidas por el agujero, formando un fuerte remolino que arrastra a los cuatro amigos por el hueco en el suelo.

Minutos después, la enorme losa cae, volviendo a su lugar, deteniendo la salida de agua.

La barra que había servido de tirador se desprende de los agujeros y se pierde flotando entre las ramas del fondo de la ermita, hasta depositarse en algún lugar oscuro del antiguo suelo de piedra, donde antaño los creyentes se sentarían en bancos de madera a escuchar el sermón.

Pero ni Roy, ni Fran, ni Guille, ni Marta, ven nada de eso, porque sus cuerpos viajan arrastrados por litros de agua arremolinada, que los golpea contra las paredes de piedra de lo que parece ser una galería tallada en la roca.

Cuando ya creen que morirán ahogados en aquella gruta subterránea, una luz se les va acercando cada vez más, hasta dejarlos ciegos por unos segundos mientras sienten que sus cuerpos caen al vacío.

Se zambullen en más agua, un agua pura y cristalina esta vez, bracean hasta la superficie y llenan, al fin, sus pulmones, con una gran bocanada de aire.

El sol brilla con fuerza en el cielo, calentando sus rostros a pesar de estar empapados.

Los cuatro amigos flotan en el agua observando maravillados a su alrededor, intentando asimilar lo que acaba de ocurrir.

El aire que respiran es puro y el tiempo parece primaveral.

Flotan en el remanso de una cascada de unos seis metros de altura, por la que acaban de precipitarse.

A su alrededor todo es frondosa vegetación y altos árboles.

A su espalda, el río continúa su curso y, frente a ellos, a lo lejos, se aprecian los picos de una extensa cordillera.

A su derecha, un pequeño claro rodeado por un espeso bosque.

Marta abre la boca para decir algo, pero la cierra al darse cuenta de que no la escucharán; el ruido del agua de la cascada los envuelve.

Los cuatro se miran y ríen, descargando la tensión acumulada, con la absoluta certeza, ahora sí, de que han hecho un largo viaje en escasos minutos.

Guille alza los brazos y lanza un grito de victoria.

Marta y Fran le imitan. Roy los mira conteniendo a duras penas la emoción por haberlo logrado y porque sus amigos le hayan acompañado.

Marta, Guille y Fran se acercan y empiezan a comentar con excitación todo lo que acaban de vivir.