El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) El portal #3
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El portal #3

Rodean la torre, observando las paredes de piedra.

Roy escudriña cada grieta buscando una pista, tal vez algo que solo tuviera significado en las imágenes de sus sueños, pero no encuentra nada especial.

Pegan la piragua a la pared y Roy se asoma dentro de la torre; el fondo es tan turbio como en el resto del embalse.

Los tres amigos miran a Roy esperando un milagro, dispuestos a creer lo que sea en tal de escapar del peligro en el que se encuentran.

Un estrépito los sobresalta y, despacio, se vuelven hacia la orilla.

Allí está Ella, de nuevo con un brazo en alto.

Las puertas traseras del cobertizo han volado en mil pedazos, dinamitadas por su magia, y una zodiac se desplaza sola, a escasos centímetros del suelo, saliendo del cobertizo, acudiendo a su llamada como un perrito.

—Agárrate —le dice Roy a Marta, mientras salta de la piragua.

Se agarra a la repisa de la ventana, que está unos diez centímetros por debajo del agua y se impulsa dentro de la torre. Los tres amigos le miran y al tiempo vuelven la vista a la orilla, donde la zodiac se aproxima a la rampa de cemento, al encuentro de su dueña.

De pronto, una fuerte ráfaga de viento los sobresalta, tambaleando las piraguas con fuerza.

Ella ha levantado su otro brazo y, mientras con uno no deja de dirigir la zodiac, con el otro señala las aguas de la orilla que empiezan a levantarse frente a ella, hasta sobrepasarla, formando una pared de agua de unos tres metros, que la oculta.

Un grito inhumano les hiela la sangre y la pared de agua se transforma en una ola de tres metros que recorre toda la orilla del embalse y se dirige veloz hacia ellos.

—Mierda —murmura Fran.

Marta salta de la piragua y se agarra con todas sus fuerzas al vano de la ventana por la que Roy ha entrado.

Roy se asoma justo a tiempo para ver como la ola derriba la piragua de Guille y Fran, golpeándola contra el muro de piedra, mientras ellos desaparecen bajo las aguas.

Marta coge aire y, agarrada al muro, se sumerge antes de que la ola la alcance.

Roy, en el interior de la torre, hace lo mismo.

Algo duro golpea la espalda de Roy haciéndole soltar un alarido.

El agua entra por su garganta. Mareado y aturdido, abre los ojos que le arden con el moho oscuro que cubre todo, incapaz de saber dónde está la superficie del agua.

Permanece unos minutos confuso y, un segundo antes de que unos brazos lo saquen a la superficie, cree ver un destello.

—Roy, Roy, ¿estás bien? —Marta a duras penas puede sujetarlo.

Roy recupera al fin la vista y se sujeta a la pared. Marta, Guille y Fran lo miran con caras de preocupación, los tres han entrado en el interior de la torre. La frente de Fran luce una brecha de unos tres centímetros que le cubre la frente de sangre.

—Estoy bien —aclara Fran, ante el rostro perplejo de Roy.

Roy se retuerce de dolor, recordando el golpe en su espalda.

—¿Estás bien? —vuelve a preguntar Marta.

Roy asiente.

—¿Has visto algo?, Roy —pregunta Guille.

Roy niega con la cabeza, pero luego reflexiona.

Sí, había visto algo, una luz. ¿Lo habría imaginado?

Mira a su alrededor buscando algo; los tres le miran expectantes.

Fija su vista en la mano de Marta, agarrada con fuerza a una pequeña barra de hierro oxidado.

Roy se frota la espalda; debe ser lo que le ha golpeado.

Se fija bien. La barra es un escalón, el escalón de una escalera de gato que se introduce en las aguas.

¿Qué haría allí? ¿Sería la única forma que tendrían antiguamente para subir a lo alto de la torre?

Roy, guiado por un presentimiento, acerca su mano y toca el frío hierro.

Un tenue reflejo dorado recorre la barra y continúa reflejando, una por una, todas las barras de la escalera.

Los cuatro siguen con la vista su camino aguas abajo, hacia el fondo de la larga torre.

Después se miran con un brillo nuevo en el rostro, esperanzados, con la certeza de que ese resplandor misterioso les indica el camino al portal.

Fran, el más escéptico de todos hasta el momento, dice en voz alta lo que todos piensan:

—Roy, te ha mostrado el camino, a ti.

Roy reflexiona un segundo si hacer lo que está pensando. Mira abajo, son muchos metros hasta llegar al fondo, después mira a sus amigos; tiene que tomar una decisión.

—No, Roy, por favor —suplica Marta, mientras le coge del brazo—. Es un suicidio.

—Tengo que intentarlo…

Roy se agarra con fuerza con las dos manos en la primera de las barras de la escalera, el brillo repite su recorrido hacia el fondo.

Marta se aparta para dejarle paso, negando con la cabeza.

Los tres están angustiados, pero, al mismo tiempo, no saben si detenerlo.

Ese brillo había surgido solo al contacto de sus manos.

Empiezan a entender que Roy es especial.

Roy respira hondo varias veces, calmándose, después toma una última bocanada de aire con todas sus fuerzas, cierra los ojos y se zambulle.

Lo que ocurre después deja atónitos a los cuatro amigos.

La cabeza de Roy resurge de debajo de las aguas, a ras de las de los demás, tal como estaban hacía un segundo.

Roy abre los ojos contrariado; estaba seguro de haberse sumergido.

Mira sus manos, aferradas a la segunda barra de la escalera, mira arriba, donde hace un segundo sujetaba la barra que ahora lucía fuera del agua.

Los cuatro amigos miran alrededor perplejos, seguros de que el nivel de las aguas había descendido.

Roy recuerda, de pronto, unas imágenes de una playa, cuando un tsunami arrasó la costa de Filipinas.

Las aguas retrocedieron varios metros para después ser engullidas por una ola gigantesca.

¿Les estaría mandando Ella una ola mayor que la que acababa de mandarles, una ola que arrasara con la torre con ellos dentro?

La voz de Marta le saca de sus siniestros pensamientos.

—¡Mirad! —exclama, señalando el vano de la ventana.

Fran, Guille y Roy tienen que parpadear varias veces para entender lo que están viendo.

Las aguas del pantano que rodean la torre se mantienen al mismo nivel que antes y, tal como si se hubiera levantado una pared de cristal a ras del interior del muro, el agua fuera de la torre se mantiene estática, unos diez centímetros por encima de la superficie del agua en la que flotan.

Marta acerca su dedo al agua para tocarla.

—No la toques —susurra Fran.

Marta baja el dedo rápidamente.

—¿Por qué?

—No lo sé, no lo hagas.

—Vale.

—Roy —habla Guille—. ¿Qué pasa si te sueltas de la escalera?

Roy mira a Guille intrigado, se mira las manos y, despacio, suelta la barra. De inmediato, el agua los desplaza flotando hacia arriba, recuperando su posición original, a ras de las aguas fuera de la torre. Los cuatro amigos ríen entusiasmados con el descubrimiento de esa magia misteriosa.

—Vale, chicos, esto lo cambia todo —apunta Roy con entusiasmo—. Va a ser mucho más rápido. Salid y esconderse tras la torre. Estoy seguro de que, cuando me marche, os dejará en paz.

—De eso nada —le para Marta—. Yo me voy contigo. Estoy segura de que mi hermana está allí. Además, no pienso dejarte solo… Necesitarás mis puños, ya sabes.

Marta levanta sus brazos con los puños en posición de combate. Roy sonríe. Ya va a despedirse de Guille cuando éste le para.

—Ni lo sueñes. No os dejo solos en un mundo extraño ni de coña. Necesitáis mi astucia, mi inteligencia, mi encanto personal…

Marta le da con el puño en el hombro haciéndolo callar. Guille suelta un gemido y se lleva la mano allí dónde le ha golpeado.

—Eso era innecesario —murmura.

Los tres se vuelven hacia Fran, seguros de que tendrán que despedirse de su amigo.

—¡Ah, no! —exclama antes de que digan nada—. Tiene que haber alguien con cordura en este viaje de locos…

Roy mira a sus amigos emocionado, dando gracias una vez más por tenerlos en su vida. Después, mira una vez más al fondo y pone sus manos nuevamente sobre la barra, que los deleita con su recorrido de luz aguas abajo.

El rugido de un motor les sobresalta. Los cuatro saben de qué se trata sin necesidad de asomarse. La zodiac no tardará en llegar, el tiempo se les acaba.

—Vamos, Roy, deprisa —le anima Marta y, justo antes de que empiece a descender, le coge del hombro y le suplica—. No te sueltes, por favor.

Roy asiente y, con determinación, empieza a bajar por las escaleras a toda la velocidad que sus brazos le permiten, mientras sus amigos se dejan llevar flotando en el agua.

Marta, Fran y Guille miran con pavor el interior de las aguas fuera de la torre, que se mantienen al mismo nivel que el resto del pantano, siendo conscientes, a cada nuevo tramo de ventanas superadas, de la cantidad de metros de agua que tendrían que recorrer hasta la superficie, si algo sale mal.

El motor de la zodiac se escucha cada más cerca, a pesar de que la superficie está cada vez más lejos.

En el silencio de la torre, se oyen, como un eco, los jadeos de Roy, bajando a una velocidad increíble, y el chapoteo que sus brazos provocan en el agua.

Los tres amigos lo observan conteniendo la respiración, temiendo un traspiés, un resbalón o que el descenso de las aguas revelara algo que debía haber seguido oculto.

Están muy abajo ya, la luz del día apenas les alcanza cuando algo golpea fuertemente los pies de Roy haciéndole desestabilizarse y soltar la barra.

Marta, que no ha dejado de mirar sus manos ni un solo segundo, se lanza hacia ellas y, agarrándolas, las coloca de vuelta en una de las barras, parando abruptamente la subida de agua que casi había comenzado.

Se queda ahí, apretando fuertemente las manos de Roy y, entonces, nota ella misma algo en los pies.

Guille, Fran y Roy también lo notan. Se miran aliviados; los pies de Roy habían chocado con el suelo de la ermita: han llegado a la base de la torre.